sábado, 20 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus y 85


Aquí pongo punto final (“punto y final” escriben muchos tarugos, algunos hasta con título de periodista”) a esta serie de desahogos escritos durante el coronavirus. Sí, ya sé que el SARS-CoV-2, el coronavirus que nos atosiga, no se ha ido, ni se irá, tenemos que convivir con este y con muchos otros virus. La guerra no ha terminado, pero llegamos al final de una etapa. Tras muchas semanas de encierro domiciliario, y otras cuantas de desconfinamiento progresivo, mañana salimos del estado de alarma, entramos en el verano y recuperamos buena parte de la vida normal, la “nueva normalidad” le ha llamado el Gobierno, que es solo una normalidad parcial a la que le faltarán algunas cosas. Como escribió hace muchos años Gregorio Marañón, que ya utilizó la expresión “nueva normalidad” en su libro Climaterio de la mujer y el hombre (1937), una vez pasada la crisis menopáusica no siempre se restablece el equilibrio circulatorio, a menudo las arterias y el corazón quedan resentidos.

Nunca me he creído lo de que íbamos a salir mejores de esto. Vamos saliendo más o menos igual que entramos. Podemos parafrasear aquello de quod natura non dat, Salmantica non præstat. Tampoco salimos más unidos, sino igual de divididos y enfrentados que antes en este país que sigue siendo igual de cainita, sectario e intolerante. No sé si habremos aprendido algo. Yo más bien poco, aunque sí me ha servido la experiencia para recordar cosas de esas que todos sabemos pero que tendemos a olvidar o ignorar con las prisas cotidianas y con el ruido y la furia en que dejamos que se convierta la vida. Que todo es provisional y todos somos interinos en este mundo, que cada día tiene su afán y que carpe diem, que las cosas más importantes, como decía el principito de Saint-Exupéry, son invisibles a la vista, que mientras podamos hay que disfrutar de las cosas simples que dan sentido a la existencia, como poder charlar y reír tomando unas cañas con unos amigos en una terraza, o poder pasear sin temores por el campo un día de primavera, que nada sería soportable sin sentido del humor, aunque a veces haya que hacerlo negro, y sin música, y que All You Need is Love, que cuando te falta hay gente a la que echas de menos y otra gente a la que no echas nada de menos, que el dinero no siempre está mejor en tu bolsillo y que merece la pena poner fondo para pagar algunas cosas en común que no podríamos mantener de forma individual (sí, me refiero a los impuestos y a un sistema sanitario público y universal), que en las crisis salen a la luz lo mejor y lo peor de las personas, y hay mucho de ambas categorías, y que es mejor dedicar el tiempo a leer que a ver la televisión.

Feliz verano.


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