viernes, 27 de noviembre de 2020

Día menos uno

Trabajar dignifica al hombre, dicen que dijo Marx (aunque también dijo que el trabajo asalariado es “esclavitud a tiempo parcial”), pero otros dicen que antes lo dijo San Francisco de Asís, o también Benjamin Franklin. El papa Pío XI en su encíclica Quadragesimo Anno escribió: "El hombre ha nacido para el trabajo, como el ave para volar". Y dice el libro de los Salmos: "Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien". Pero, la verdad, creo más certera la visión del Génesis, el trabajo es un castigo por haber comido del fruto prohibido y haber sido expulsados del Paraíso. Felizmente, yo ya he expiado suficientemente mi participación en el pecado original de nuestros padres Adán y Eva y puedo dejar de volar.

Hoy es el primer día del resto de mi vida (frase que se atribuye al activista  hippie Abbie Hoffman y que queda genial en los libros de autoayuda) y el último día que trabajo. Que trabajo en el sentido de que me esclavizo a tiempo parcial por un salario con el que poder comer y darme a otros vicios similares. Tengo una última reunión del tribunal calificador que ha hecho la selección para, entre otras cosas, contratar a quien me va a suceder en mi sillón, mi despacho, mis expedientes y el castigo de madrugar los días laborables. Finalizado el procedimiento, como ya tengo todo recogido, no me quedará más que despedirme de mis ya casi excompañeros.

Sé que no me voy a aburrir porque seguiré muy ocupado, aunque en cosas en las que no me van a pagar así que no son trabajo, aunque me den trabajo. Tengo un montón de proyectos literarios, solo o en compañía de otros, he de atender mi cargo de secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as, algunas pequeñas obligaciones en algunas otras entidades sin ánimo de lucro de las que soy miembro, y, sobre todo, continuar con mis tareas de cuidador. Por circunstancias familiares, la única persona que actualmente me queda por cuidar soy yo mismo, que ya tengo una edad y algunas averías, y espero hacerlo con todo esmero. También tengo que atender a 4.953 amigos de Facebook y a unos cuantos menos amigos presenciales, y diversos compromisos sociales de esos que no hay forma de evitar.

He empezado a despreocuparme de las noticias sobre la subida del sueldo de los funcionarios y a interesarme por la actualización de las pensiones de los jubilados. Espero que durante las cinco próximas décadas en que voy a vivir de mi pensión se mantengan en un nivel que me permita comer casi todos los días. Si no es así, tengo un plan B, atracar bancos.


lunes, 16 de noviembre de 2020

Día menos dos

Siempre me ha gustado escribir, así que, en paralelo a mis otras actividades profesionales, siempre he escrito. En el colegio solía tener buena nota en redacción. Cuando estudiaba la carrera de derecho solía pasar los apuntes que tomaba en clase a máquina, y si algunos compañeros me los pedían para fotocopiarlos se los prestaba. En una ocasión toda la clase estudiaba con mis apuntes, y el profesor acabó pidiendo una copia. Algo parecido pasó con los apuntes que compuse, con otros colegas, para preparar la oposición, estuvieron en uso durante varios años.

Mi primer escrito serio fue mi tesis doctoral; para redactarla me compré mi primer ordenador, un aparato hoy ya prehistórico. Luego seguí escribiendo otras cosas, igualmente relacionadas con mis ocupaciones profesionales en el campo del derecho y la política, y que tuve la suerte de poder publicar: Hablando sobre la autodeterminación (1999), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Y también un puñado de artículos en revistas jurídicas, o capítulos en libros colectivos. Y muchos artículos de opinión en la prensa.

Mientras cultivaba el ensayo, siempre pensé en escribir también alguna novela. Hace unos veinte años comencé a escribir una. Solo llegué a la mitad antes de quedarme varado. Nunca la voy a terminar, pero no fue un fracaso, sino una experiencia. Aprendí que, yo al menos (hay escritores que no), necesito saber cómo va a acabar la historia antes de empezar a escribirla. Soy un escritor de mapa. Necesito planificar, como he hecho siempre al escribir ensayo. Tiempo después inicié otra novela, después de haberla tenido mucho tiempo en la cabeza, esta sí la terminé: El asesinato de Caravinagre (2014). Descubrí que es mucho más complicado publicar una novela que un ensayo, son mundos que apenas tienen nada que ver. Logré publicar una edición pequeña en una editorial muy modesta. Pero fue un inicio. A partir de que publiqué mi primera novela, empezaron a presentarme como escritor. Llevaba un cuarto de siglo escribiendo y publicando, tenía unos cuantos libros publicados, pero parece que hasta entonces no era escritor, solo un pesado que escribía sobre temas áridos, poco interesantes para la mayoría de la población, al que nadie leía. Se suele entender que ser escritor es escribir novelas, o poemas, cuando, en realidad, ha habido ilustres ensayistas que han recibido el Premio Nobel de Literatura: Mommsen, Eucken, Bergson, Churchill, Russell, Camus.

Mi segunda novela, El crimen del sistema métrico decimal (2017) fue finalista del Premio Fernando Lara de Novela. Ser finalista en un premio importante sirve para decir que has sido finalista en un premio importante. La editorial que lo convoca no te publica, ni te empiezan a llamar las agencias literarias ni las editoriales. Tocando unas cuantas puertas y recibiendo unos cuantos rechazos (consuela a todos los escritores saber que muchas obras que han triunfado y devenido clásicas también fueron inicialmente rechazadas) conseguí que me la publicara una editorial un poco menos modesta que la anterior. También me publicó mi tercera novela, El rey de Andorra (2018). De momento he aparcado el sueño de vender cientos de miles de ejemplares de mis obras, he aprendido que el mercado editorial está muy complicado y que publicar y vender unos cientos de ejemplares ya es un éxito. Vender unos pocos miles ya es un triunfo apoteósico. Mi último libro publicado ha sido de nuevo un ensayo, un ensayo histórico-festivo, así lo llamo para quitarle aridez, Hemingway en los sanfermines (2019). Esperaba que los guiris que vienen a los sanfermines compraran ejemplares masivamente, pero resulta que justo este año no ha habido fiestas a causa de la COVID-19. Habrá que esperar un poco más. La pandemia nos ha complicado mucho la vida, en general, y también en cuanto a la industria del libro. No hubo Día del Libro, no hubo ferias del libro, han caído las ventas... Muy mal año para publicar nada. Tengo dos novelas a la espera de poder publicar. Espero conseguirlo con ayuda de mi agente. Desde hace poquito tengo agente, gracias a que se ha instalado la primera agencia literaria en Navarra. Con ella espero llegar, ahora sí, a vender cientos de miles de libros. En cuanto logre dejar el vicio de trabajar, que me queda poco, me dedicaré más intensamente a la literatura.

Hoy es mi penúltimo día de trabajo. Mañana empiezo mis últimas vacaciones, me quedan días este año que no he tenido ocasión de disfrutar por la pandemia. Las pasaré en casa, claro, semiconfinado como todo el mundo, qué remedio. El 27 de noviembre será mi último día de trabajo, y en diciembre iniciaré un permiso sin sueldo de seis meses, antesala de mi jubilación. Ya falta menos.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Día menos tres

El año en que el transbordador espacial Columbia se desintegró al entrar en la atmósfera, inicié mi segunda incursión en la política institucional. Fui elegido miembro del Parlamento de Navarra y dediqué cuatro años a las tareas parlamentarias. Después, volví a ser candidato, pero los votantes decidieron que mejor que volviera a mi puesto de trabajo habitual.

La gente piensa que los parlamentarios, de cualquier Parlamento, básicamente se dedican a hacer el vago. Los ven por la tele sentados en sus hemiciclos, aparentemente, sin hacer nada útil. La realidad es un poco más compleja. El trabajo parlamentario no consiste solamente en ir a las sesiones plenarias; esa es una parte mínima. La mayor parte del trabajo se hace en el despacho y no se ve; hay que leer muchos documentos, redactar muchas iniciativas escritas, estar al tanto de todo lo que pasa, reunirse con ciudadanos y colectivos de lo más diverso que vienen a contar sus problemas y propuestas, ir a visitar a otros, coordinarse con el resto del grupo, negociar con los demás partidos... Por otro lado, en un Parlamento sucede lo mismo que en cualquier otro centro de trabajo, según me dice mi experiencia de unos cuantos años y en unos cuantos sitios. En todas partes (incluso en esa cámara tan inútil como es el Senado) hay gente que trabaja mucho, hay otra que trabaja lo mínimo, y hay otros que se dedican solamente a mirar, cuando no a molestar. Hay que desterrar esa idea de que los políticos son mejores (como dice la propaganda) o son peores (como dicen todos los populismos que en el mundo han sido) que el común de los mortales. Los políticos suelen ser gente bastante vulgar, con las mismas virtudes y los mismos defectos que la mayoría de la población. Así que, efectivamente, hay demasiados políticos vagos y con la cara de hormigón armado que se dedican a escaquearse y a disfrutar de los privilegios del escaño. Pero hay otros que con mucho esfuerzo y dedicación sacan adelante el trabajo. En particular, en los grupos pequeños no hay forma de escaquearse, se trabaja mucho. Habitualmente, al menos esa fue mi experiencia, eres el único miembro de tu grupo en todas las comisiones y ponencias de las que formas parte, así que forzosamente eres el portavoz, te tienes que estudiar todos los asuntos porque tienes que intervenir en todos los debates sin hacer demasiado el ridículo. En los grupos grandes el trabajo lo hacen unos pocos, los que actúan de portavoz en el Pleno o en las comisiones, y otros se pueden permitir el lujo de sestear o atender sus negocios.

Esta vez, al revés que en mi época de concejal, me tocó estar en la oposición, y además en la oposición a un Gobierno que disponía de mayoría absoluta, lo cual no es muy agradable porque tienes todas las votaciones perdidas. No solo eso, es que no te hacen ningún caso. Aunque Parlamento viene de hablar, se suele hablar principalmente a través de monólogos. Apenas se escucha a otros, lo importante es que la tele te recoja el discurso. Se me quedó grabada la contestación que recibí, en un debate de Presupuestos en comisión, del portavoz del grupo que gobernaba: "Esta enmienda no la entiendo, pero por si acaso vamos a votar en contra". No merecía la pena ni el esfuerzo de pedirme que se la explicara.

Pero vamos a quedarnos con lo positivo. Conoces gente (alguna estupenda, otra repulsiva) y conoces sitios. Y conoces Navarra en fiestas. Como parte de las funciones del cargo, los meses de agosto y septiembre tienes que ir a unos cuantos chupinazos, procesiones y comidas de confraternización, hay que hacer la ruta de las fiestas patronales y quedar bien con tus alcaldes, tus concejales y tus votantes, y no dejar que las fotos de políticos en fiestas las acaparen los demás partidos. En las fotos parece que te lo estás pasando en grande, pero, al menos yo, la mayor parte del tiempo miraba con disimulo el reloj calculando cuándo sería la hora de poder improvisar alguna cortés disculpa para despedirme de los anfitriones sin quedar muy mal. Y también ves cómo se hacen las leyes, lo cual para un jurista es muy interesante. Compruebas que es verdad esa frase que se atribuye a Bismarck (y que, como tantas frases célebres, es apócrifa, en realidad es de un abogado y escritor norteamericano, John Godfrey Saxe): los ciudadanos viven mucho más tranquilos si no saben como se hacen las leyes ni las salchichas.

Después de cuatro años de ver cómo se hacen las leyes, regresé a mi trabajo de aplicarlas. Y me he tenido que comer alguna salchicha que yo mismo contribuí a fabricar.


jueves, 12 de noviembre de 2020

Día menos cuatro

Mi último destino en la Administración, durante 14 años, ha sido el Tribunal Administrativo de Navarra, TAN para los amigos. Es un órgano singular, una peculiaridad foral que no existe fuera de Navarra, que se dedica a resolver recursos contra los actos de las entidades locales. Poco conocido por la población en general, cuando me preguntan que dónde trabajo sé que voy a tener que dedicar un rato a explicarlo. Los periodistas tampoco se aclaran mucho, lo confunden con un órgano judicial, cuando es un órgano administrativo dependiente del Gobierno de Navarra (pero independiente, sí, de verdad, los políticos no llaman para influir), o con otros órganos con nombres similares, el Tribunal Económico Administrativo Foral de Navarra (son vecinos, compartimos la misma entreplanta de oficinas, pared con pared) y el Tribunal Administrativo de Contratos Públicos de Navarra.

Llegué al TAN a través de un concurso de ascenso de categoría, se llama así pero en realidad es un concurso-oposición porque lleva un examen práctico escrito. Me pareció un buen destino porque, pasada la juventud, uno aprecia un lugar tranquilo para trabajar. Dejé de viajar a Beriáin, la sede del TAN está a menos de diez minutos de mi casa a pie. Tiene horarios regulares, casi nunca hay que hacer horas extras, ni trabajar en fines de semana, ni viajar. Hay pocas reuniones y uno se puede coger vacaciones cuando le venga bien, porque los expedientes quedan sobre la mesa sin quejarse y esperan a que uno vuelva. Hay un plazo de seis meses para resolver, que me parece excesivo para el ciudadano, pero resulta muy cómodo para quienes tenemos que resolver sin prisa. La mayor parte del trabajo se hace en la soledad y tranquilidad del despacho; desde marzo, en la comodidad de mi propia casa y en zapatillas gracias al teletrabajo.

Alguna pega tiene, aparte de que hay que trabajar. Dedicarse al control de legalidad de la actuación de las entidades locales resulta un poco frustrante en un país, el de la literatura picaresca, donde se aprecia tan poco la legalidad. Los ciudadanos en general, pero también los gobernantes y muchos funcionarios, ven la ley como una pejiguera, una molestia, un obstáculo a sortear como sea. Así que su infracción es frecuente y tolerada. Solo una pequeña parte de las infracciones son objeto de algún recurso, ante el TAN o ante los órganos judiciales, y muchas veces, para cuando se resuelve, el daño ya está hecho y tiene mal remedio.

Como ya llevo unos años, he visto un poco de todo. También una época, la primera que pasé en el TAN, donde había un número elevadísimo de recursos, tardábamos años en resolver. Afortunadamente, conseguimos hacer descender las montañas de expedientes, nos ayudó que bajaron el número de recursos por diversas razones jurídicas y económicas, y ahora se llevan más o menos al día.

Pese a haber desempeñado puestos, funcionariales y políticos, con mando en plaza, es el TAN donde más sensación de poder he tenido. Tenemos la facultad de anular acuerdos de un pleno municipal o resoluciones de un alcalde. Solo motivadamente y porque hay una infracción legal, claro, no porque nos dé la gana. Un gran poder lleva consigo una gran responsabilidad, como decía Spiderman. Y cualquier poder tiene que estar limitado y controlado, para evitar el abuso. El TAN controla a las entidades locales, pero luego los jueces de lo contencioso-administrativo controlan las resoluciones del TAN y pueden anularlas si no se ajustan a derecho; y a los jueces les controlan otros jueces que pueden corregir sus sentencias.

Cuando llegué al TAN quise saber dónde me había metido, así que busqué bibliografía. Descubrí que había muy poca, y me puse a escribir un libro sobre su historia, organización y funciones, fue publicado por el Gobierno de Navarra. Se puede consultar, gratis y al instante, aquí:

https://drive.google.com/file/d/1JSsfVjw-S54ctFQNtkVwoGhkwGK0EZWX/view?usp=sharing


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Día menos cinco

Mi carrera como funcionario se vio temporalmente interrumpida allá por 1995 cuando me propusieron ir en la candidatura de Izquierda Unida al Ayuntamiento de Pamplona con opciones de salir elegido. La verdad, yo no había pensado en ser concejal, me veía más como presidente del Gobierno de Navarra o como ministro de Administraciones Públicas, pero acepté y fui elegido. Aunque estaba preparado para hacer oposición al sistema, por carambolas del destino resulta que tocamos poder, gobernamos en coalición con CDN y PSOE. A mí me nombraron concejal delegado de Servicios Sociales. No tenía ni idea de qué eran los Servicios Sociales pero durante cuatro años fingí que sí. Afortunadamente, tuve al lado buenos profesionales que hicieron todo el trabajo, sobre todo la directora del área, Inés Sáenz de Pipaón, con la que no solo me llevé bien sino que hoy seguimos siendo amigos. Yo únicamente tenía que ponerme para las fotos.

Tomamos posesión un 7 de julio, vestidos de frac, y del salón de plenos salimos corriendo para la procesión de San Fermín. El inicio de nuestro mandato fue muy bonito, pero luego pasamos años duros. Fue aquella época en que ETA, aburrida de matar militares, policías y guardias civiles, se dedicó a asesinar también a concejales, y a jueces, y a fiscales, y a cualquiera que pasara por allí. Yo no era de los más amenazados ni tuve que llevar escolta, como muchos otros, pero también he visto mi nombre rodeado con una diana en algún cartel. Tuvimos que asistir a unos cuantos funerales, entre ellos el de Tomás Caballero, compañero de corporación durante tres años. Yo era miembro de Gesto por la Paz y pasé muchas horas detrás de una pancarta, a veces bajo una lluvia de insultos, piedras y tornillos que lanzaban unos sujetos que no estaban muy de acuerdo con nosotros. En fin, más vale que aquellas cosas quedaron atrás, aunque han emponzoñado nuestra convivencia y vida política para unas cuantas décadas.

La política municipal resulta agotadora aunque apasionante. Se aprende mucho, se patean barrios y calles que no sabías ni que existían, y conoces todo tipo de gente y de situaciones. También hay que aguantar mucha presión. Uno se tiene que defender permanentemente de la oposición, de la prensa, de ciudadanos cabreados, de votantes defraudados, de los socios de coalición, de los funcionarios municipales, de los sindicatos, del Gobierno, de los corruptores, de los arbitristas, y de los tuyos. Sobre todo resulta complicado con algunos de los tuyos, porque los navajazos traperos no los ves venir. Y se trabaja 24 horas al día, 7 días a la semana, porque aunque estés tomando un cubata un sábado por la noche viene algún vecino a hablarte de la baldosa que está suelta en la acera de su calle. Todo el mundo tiene alguna baldosa suelta en su calle y aprovecha cuando te ve para contártelo.

Un par de meses después de ser elegido concejal me cayó por sorpresa y de rebote la presidencia de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. Tampoco sabía nada de aguas o residuos, más allá de ser usuario de esos servicios, así que tuve que disimular e intentar aprender algo. Es un puesto de mucho relumbrón en el que se manda muy poco; hay que acordarlo todo con el Gobierno de Navarra, que aprueba los planes para los residuos, para el saneamiento, para el abastecimiento, luego también para el transporte comarcal (una de las pocas cosas de la que estoy un poco orgulloso, aunque el orgullo es pecado, es que conseguimos sacar adelante el transporte comarcal venciendo resistencias y dificultades que estuvieron a punto de hacerlo naufragar). Quien paga manda y la autonomía local tiene más de local que de autonomía. Al menos, pude decidir cómo quedaban distribuidos los colores de la pintura de las villavesas, imagen que se mantiene hoy.

Pasados cuatro años, fui de nuevo candidato, pero los vecinos de Pamplona, con su superior sabiduría, decidieron recompensar mi trabajo liberándome de seguir sirviéndoles y enviándome a casa a descansar. Una pequeña frustración política y un gran alivio personal.


martes, 10 de noviembre de 2020

Día menos seis

La Universidad no ha sido mi única experiencia docente; también he dado muchas clases en la Escuela de Seguridad de Navarra, donde se forma a policías (forales y municipales) y bomberos, y en cuya fundación tuve oportunidad de participar. Incluso durante un par de cursos impartí también clases en la Escuela de Policía de Cataluña, en Mollet del Vallès, haciendo todos los meses quinientos kilómetros de viaje de ida y otros tantos de vuelta. Tener como alumnos a aspirantes a policías o bomberos, o a quienes ya son funcionarios pero que compiten por un ascenso, resulta muy gratificante. Suele ser gente bien preparada, vienen con la motivación muy alta, siguen con mucho interés las clases, participan cuando se les anima a ello y se ponen en pie y se cuadran cuando el profesor entra en clase.

No solo participaba en la formación, durante algunos años también trabajé mucho en la preparación de las oposiciones, he sido miembro de los tribunales de selección muchas veces. Como me gustaban aquellas tareas, cuando, tras diez años en Interior, decidí que necesitaba un cambio, solicité el traslado a la Escuela de Seguridad, donde trabajé unos pocos años. Me encontré con dos pegas. Una, que cada mañana tenía que ir hasta Beriáin. Son solo diez minutos en coche, pero diez minutos muy desagradables, por una autovía atestada de tráfico a esas primeras horas del día, con demasiados conductores con prisa por llegar al lugar donde van a tener un accidente. En aquella época, mediados de los noventa, la salida de Pamplona hacia Zaragoza era un punto negro. Día sí, día no, veía coches accidentados. El Departamento de Obras Públicas decidió poner remedio, añadió algún carril, corrigió alguna curva, y la cosa mejoró, pero me tragué muchos meses de obras en mi camino diario de ida y vuelta a Beriáin. Aprendí a valorar lo que es tener el trabajo a diez minutos de casa, pero andando. La segunda pega es que existía una norma absurda en el Instituto Navarro de Administración Pública, del que dependía la Escuela de Seguridad, por la cual el personal de plantilla no podía dar más de cuarenta horas de clase al año. Así que, una vez destinado allí, daba muchas menos horas de clase que antes, y me tenía que dedicar a reclutar a otros profesores externos para que dieran clase en las materias en que yo ya no podía hacerlo. Profesores a los que había que pagar más, mientras que a mí me sobraba un tiempo por el que ya me habían pagado. Se elevó de forma repetida la solicitud de que se modificara la norma, pero sin resultado. En fin, cosas de la Administración.

Después de irme de la Escuela de Seguridad, y ya sin el límite de horas, me siguieron llamando de vez en cuando. Hace ya un tiempo que dejaron de hacerlo, no sé por qué, y llevo varios años sin dar clase. La verdad es que lo he agradecido, me estoy quitando de trabajar de más. Y pronto de trabajar en general.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Día menos siete

Una de las cosas que me ocupó bastante durante los años en que trabajé en la Dirección General de Interior del Gobierno de Navarra fue la Policía Foral. Por aquel entonces, contaba solo con unos 80 miembros, y se planteaba que había que potenciarla. Mi jefe, como yo, recién llegado al asunto, me pidió un informe sobre qué funciones tenía encomendadas. Me encontré con que la bibliografía al respecto era inexistente y que las normas eran escasas y obsoletas. Tuve que preguntar a los policías qué hacían. Aquella pequeña investigación me hizo pensar que aquel era un buen tema para mi tesis doctoral, que estaban iniciando. Y con la Policía Foral me doctoré cinco años más tarde; un trabajo que fue publicado por el Gobierno de Navarra, que ha quedado ya un poco desfasado pero, como nadie ha venido a continuarlo, sigue siendo el único estudio monográfico sobre la materia.

Una vez convertido en doctor, mi director de tesis, el profesor González Navarro, me contrató como profesor asociado de Derecho Administrativo. Estuve unos años en la Universidad de Navarra y luego unos cuantos más en la Universidad Pública de Navarra. Descubrí que los profesores asociados son el proletariado del profesorado universitario; mano de obra barata para dar clases a grupos demasiado grandes de alumnos, y a quienes apenas se permite tocar balón en tareas de investigación. Después de unos años constaté mi fracaso; una de las funciones del profesor es motivar a los alumnos, pero yo conseguí el efecto contrario, me acabé desmotivando como profesor. Así que abandoné y opté por emprender tareas de investigación, que me encantan, como francotirador, fuera de la Universidad y por mi cuenta. Con cierto éxito, ya que a lo largo de los años he podido publicar unas cuantas monografías en temas diversos y un puñado de artículos en revistas jurídicas.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Día menos ocho

 

Mi primer destino en la Administración, un 2 de mayo que coincidió con la firma por el Ayuntamiento de Móstoles de la declaración de paz con Francia, fue el Departamento de Interior y Administración Local del Gobierno de Navarra. Hasta poco antes era solo de Administración Local, y a eso me iba a dedicar yo inicialmente, pero me acabaron por adscribir a la parte de Interior, cuyo primer director general acababa de ser nombrado, y allí pasé diez años.

El lugar donde empecé a trabajar me lo conocía muy bien. El Palacio de la Diputación, y más concretamente las oficinas de la planta baja que dan a la avenida de Carlos III. Las había visitado varias ocasiones en mi infancia porque allí trabajaba mi padre. En aquellos tiempos, esa zona estaba ocupada por el Negociado de Utilidades de la Dirección de Hacienda. Más de una vez fui a  buscarle allí y me enseñó las modernidades de que disponían entonces: unos archivadores movidos por electricidad, máquinas de escribir, calculadoras. Unos pocos años más tarde, por desgracia él no vivió para verlo, acabé trabajando en el mismo lugar. Por los pasillos del Palacio me encontré con unos cuantos funcionarios que le habían conocido y que seguían en activo. Lo de las sagas familiares en la Administración es algo bastante normal, sobre todo en lugares pequeños como Navarra; tiene la pega de que mucha gente cree que has conseguido ser funcionario por enchufe paterno, y no por haber superado unas oposiciones nada fáciles. 


jueves, 5 de noviembre de 2020

Día menos nueve

Mi ejercicio de la abogacía no duró mucho. No la dejé por la fauna con la que uno se relaciona en ese trabajo, por mucho que no sea la más deseable: manguis, traficantes de drogas, maridos maltratadores, proxenetas, policías asesinos, magistrados de trabajo que te amenazaban para que conciliaras, fiscales que iban a degüello contra un abogado primerizo, estafadores, jueces demasiado ocupados para escuchar a las partes, etarras, otros abogados que te daban una puñalada por la espalda en cuanto te descuidabas, empresarios que no pagaban a sus trabajadores, y un largo etcétera sobre el que no te habían advertido nada en la Universidad.

Tampoco abandoné porque en aquella época el turno de oficio se encomendara a los colegiados más novatos, para que fueran aprendiendo, con lo cual te caían cosas que le venían muy grandes a tu escasa experiencia del derecho y de la vida en general, y que tenías que defender con grandes dosis de  audacia, esfuerzo y angustia. Ni siquiera porque el Ministerio de Justicia pagara tarde y mal (creo que la tradición se mantiene) a la mano de obra barata que tiene en los abogados para atender a los detenidos y a los ciudadanos sin recursos. Todo eso hubiera sido soportable teniendo para comer. El problema es que había demasiados abogados en Pamplona (creo que ahora hay todavía más) y no había pleitos suficientes para todos; al menos, pleitos con los que poder ganarse la vida. Así que, después de una temporada de intentar abrirme camino y de ver un futuro muy poco prometedor, decidí aprovechar la ocasión que pasaba por delante de la puerta y opositar a la Administración Pública. Eran buenos tiempos para ello; Navarra estaba recién amejorada, se estaba construyendo el Estado de las autonomías y el Estado de bienestar, poco después nos convertiríamos en europeos de pleno derecho, la Administración Foral crecía y se convocan muchas plazas. En el año 34 a. C. (antes del COVID-19) me presenté a unas pruebas de contratación temporal y obtuve un puesto que me permitió ganar experiencia y, tras unos meses de hincar los codos, sacar las oposiciones para convertirme en funcionario, en Técnico de Administración Pública (rama jurídica). Un trabajo fijo y para toda la vida, la ilusión de cualquier madre. Entre ellas, la mía, que tuvo la fortuna de ver a cuatro de sus siete hijos convertidos en funcionarios. A la Función Pública, a servir a los ciudadanos, aunque a veces los ciudadanos no se dejen servir de buen grado, he dedicado los casi treinta y cinco años cotizados que se exigen para la jubilación voluntaria, a la que me presentaré voluntario dentro de poco, después de disfrutar de un permiso sin sueldo durante los últimos seis meses de mi vida funcionarial. Con hoy, me quedan nueve días laborables para iniciarlo.
   

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Día menos diez

Cómo me hubiera podido imaginar, hace ahora 38 años, cuando comencé mi carrera profesional como abogado, que en mis últimos diez días de trabajo como funcionario iba a estar en casa, en teletrabajo a través de un ordenador, debido a una terrible pandemia. Por aquel entonces estaban a punto de irrumpir los ordenadores personales en nuestra vida, pero todavía el único ordenador que yo conocía era HAL 9000. Lo de la pandemia que nos obliga a todos a ir con mascarilla también me hubiera sonado a película de ciencia-ficción. Como era joven, ansiaba cambiar el mundo, pero no tenía ni idea de cuánto iba a cambiar en las siguientes décadas por su cuenta y no siempre en la buena dirección. Hablo de un pasado tan remoto que  en España todavía gobernaba la UCD, aunque le quedaban pocas semanas para ser sustituido por el PSOE, liderado por un tal Felipe González que entonces parecía progresista. El mundo estaba en aquella época muy bien ordenado, todos sabían a qué atenerse según a qué lado del Muro de Berlín les hubiera tocado vivir. La guerra de Vietnam era pasado, la de las Malvinas ya había acabado, la de Afganistán apenas estaba en sus inicios y las del Golfo ni se intuían. Todavía no conocíamos palabras o expresiones que ahora utilizamos casi a diario; internet, coronavirus, güifi, e-mail, PCR, talibán, redes sociales, AVE, zapping, buzón de voz, web, brexit, erasmus, emoticón, influencer, milenial, vegano, descargar una copia pirata, avatar, community manager. Un walkman era una cosa supermoderna. Estaba permitido fumar en todas partes, hospitales incluidos. Solo había una empresa de televisión con dos canales, Mayra acababa de debutar como presentadora del Un, dos tres... y Chanquete había muerto ese año en Verano azul. Faltaban unos meses para que se formara un grupo llamado Presuntos Implicados y unos años para que cantaran Cómo hemos cambiado.

lunes, 22 de junio de 2020

Cumpliendo años


Hace 60 años, a principios del verano de 1960, tuvieron lugar dos hechos trascendentales para la historia. Tal día como hoy, en la misma fecha aunque en miércoles, a eso de la una de la madrugada, nací yo en la Casa de Maternidad y Orfanato de Navarra, en Pamplona. Mi madre siempre recordaba que fue un día de mucho calor; este es el primer año en que no se lo oiré decir. Y según supe mucho después, por la misma época unos chicos de Liverpool que tenían un grupo de rock and roll que había ido variando de composición y de nombre (The Blackjacks, The Quarrymen, Johnny and the Moondogs, Beatals, The Silver Beetles, The Silver Beatles), decidieron bautizarlo definitivamente como The Beatles. En agosto ficharon un batería, Pete Best, por aquel entonces eran solo cuatro guitarristas (John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Stuart Sutcliffe), y con su nuevo nombre se fueron a tocar a un club de Hamburgo. Así empezó una meteórica carrera hacia la fama que duró diez años (por el camino Stuart Sutcliffe dejó el grupo y a Pete Best lo echaron y reemplazaron por Ringo Starr). Yo he durado algunos años más.

En fin, que ya puedo decir, como Serrat, que fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys.


sábado, 20 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus y 85


Aquí pongo punto final (“punto y final” escriben muchos tarugos, algunos hasta con título de periodista”) a esta serie de desahogos escritos durante el coronavirus. Sí, ya sé que el SARS-CoV-2, el coronavirus que nos atosiga, no se ha ido, ni se irá, tenemos que convivir con este y con muchos otros virus. La guerra no ha terminado, pero llegamos al final de una etapa. Tras muchas semanas de encierro domiciliario, y otras cuantas de desconfinamiento progresivo, mañana salimos del estado de alarma, entramos en el verano y recuperamos buena parte de la vida normal, la “nueva normalidad” le ha llamado el Gobierno, que es solo una normalidad parcial a la que le faltarán algunas cosas. Como escribió hace muchos años Gregorio Marañón, que ya utilizó la expresión “nueva normalidad” en su libro Climaterio de la mujer y el hombre (1937), una vez pasada la crisis menopáusica no siempre se restablece el equilibrio circulatorio, a menudo las arterias y el corazón quedan resentidos.

Nunca me he creído lo de que íbamos a salir mejores de esto. Vamos saliendo más o menos igual que entramos. Podemos parafrasear aquello de quod natura non dat, Salmantica non præstat. Tampoco salimos más unidos, sino igual de divididos y enfrentados que antes en este país que sigue siendo igual de cainita, sectario e intolerante. No sé si habremos aprendido algo. Yo más bien poco, aunque sí me ha servido la experiencia para recordar cosas de esas que todos sabemos pero que tendemos a olvidar o ignorar con las prisas cotidianas y con el ruido y la furia en que dejamos que se convierta la vida. Que todo es provisional y todos somos interinos en este mundo, que cada día tiene su afán y que carpe diem, que las cosas más importantes, como decía el principito de Saint-Exupéry, son invisibles a la vista, que mientras podamos hay que disfrutar de las cosas simples que dan sentido a la existencia, como poder charlar y reír tomando unas cañas con unos amigos en una terraza, o poder pasear sin temores por el campo un día de primavera, que nada sería soportable sin sentido del humor, aunque a veces haya que hacerlo negro, y sin música, y que All You Need is Love, que cuando te falta hay gente a la que echas de menos y otra gente a la que no echas nada de menos, que el dinero no siempre está mejor en tu bolsillo y que merece la pena poner fondo para pagar algunas cosas en común que no podríamos mantener de forma individual (sí, me refiero a los impuestos y a un sistema sanitario público y universal), que en las crisis salen a la luz lo mejor y lo peor de las personas, y hay mucho de ambas categorías, y que es mejor dedicar el tiempo a leer que a ver la televisión.

Feliz verano.


miércoles, 17 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 84


Pese a los agoreros, que siempre están de guardia, parece que la cosa va moderadamente bien. Cuando se permitió la vuelta al trabajo de los sectores económicos no imprescindibles, después del parón obligatorio de Semana Santa, ya dijeron que era una irresponsabilidad que nos llevaba a la catástrofe. Cuando se permitió que salieran a pasear los menores de edad acompañados, a finales de abril, se auguró que debido a la irresponsabilidad de padres e hijos aquello iba a degenerar en un repunte de la epidemia. Cuando nos dejaron salir a pasear al resto de la población, volvieron a vaticinar que aquello iba a acabar en desastre. Cuando permitieron la apertura controlada de la hostelería, primero en terrazas, y del comercio, volvimos a oír a los profetas del apocalipsis amenazar con una hecatombe. Cuando hemos ido pasando de la fase 0 a la fase 1, de la fase 1 a la fase 2, de la fase 2 a la fase 3, ha habido gente que ha pronosticado la marcha atrás de la desescalada y la vuelta al confinamiento duro en pocos días debido a lo irresponsable que es la mayoría de la población y a que pronto se multiplicarían los contagios.

Soy consciente de que la epidemia no ha pasado, el riesgo se mantiene, el coronavirus está al acecho y nos quedan meses o años de seguir aplicando estrictas medidas de seguridad e higiene para evitar la repetición de la situación que hemos vivido en las últimas semanas. No excluyo que haya repuntes, como sucede ahora mismo en China. Pero no soy alarmista, creo que las medidas que se han adoptado, en este y en la mayoría de los países tras el desconcierto inicial y los notorios errores cometidos, han sido razonables y eficaces. La mayoría de la población ha acatado disciplinadamente el confinamiento y el resto de medidas que nos han impuesto; ha habido una amplia minoría que se ha pasado las precauciones por el arco del triunfo y ha hecho de su capa un sayo, pero minoría al fin y al cabo, como sucede siempre con cualquier norma legal o social de convivencia.

En Navarra, la macabra contabilidad de muertos, contagiados e ingresados en la UCI que nos ha acompañado tantas semanas ha abandonado las portadas de los periódicos. Llevamos tres días sin ninguna muerte, dos días sin ningún nuevo caso y un tercer día con un solo caso nuevo. Esto no ha acabado, lo repito, habrá todavía nuevos contagios y algunos muertos más por coronavirus. Pero es obvio que las medidas han funcionado y la epidemia está, por el momento, controlada. No hay que relajarse, pero tampoco vivir en la angustia continua. Hay que mantener la prudencia, pero ya podemos respirar e intentar hacer la vida más normal posible dentro de las medidas de seguridad e higiene establecidas.

En Pamplona el debate ahora se centra en los no-sanfermines, en qué sucederá entre el 6 y el 14 de julio. Yo ya he anunciado aquí que soy de los irresponsables que piensan salir a comer, a cenar, a beber. Lo hago desde que reabrió la hostelería y espero hacerlo, no solo en sanfermines, sino durante todo el verano y más allá. Acatando las normas, guardando las distancias, con la mascarilla puesta cuando sea obligatorio (cuando no lo sea, no) y con las manos bien limpias. Quizás porque soy de esos irresponsables, los que me parecen irresponsables son otros. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Pamplona. No quiere organizar actividades esos días no-sanfermineros, pero ha tentado a asociaciones vecinales a que lo hagan ellas, no quiere permitir que se instalen mesas para comer en la calle, como es costumbre en fiestas, no quiere que salgamos a la calle, pero ha dado fiesta a sus empleados el 7 de julio (que oficialmente es laborable en Pamplona) y el alcalde ha anunciado que quiere asistir oficialmente a la misa de San Fermín. Me parece que está haciéndolo todo al revés. Ya que no hay sanfermines, debiera plantearse organizar actividades, no solo del 6 al 14 de julio, sino durante todo el verano, sin esperar a ver qué hacen otros, sino asumiendo el liderazgo. No estamos confinados y los vecinos vamos a salir a la calle, vamos a aprovechar el buen tiempo mientras podamos, no por vicio sino por salud mental, así que el Ayuntamiento debiera ser el primer interesado en darnos alternativas, en ofrecernos actividades bien organizadas y seguras, descentralizadas por toda la ciudad para que no formemos aglomeraciones, adecuadas a las circunstancias que vivimos. Como es más seguro estar al aire libre que en espacios cerrados, el Ayuntamiento no debiera prohibir sino promover que se instalen mesas para comer en la calle, y bares al aire libre, y todo tipo de actos al descubierto. Si no quiere gente por la calle, que no dé fiesta a sus empleados el 7 de julio (por cierto, el Gobierno de Navarra ha decidido no modificar el calendario laboral y mantenernos a sus empleados con destino en Pamplona de fiesta desde el 6 de julio a las 12:00 hasta el domingo 12 de julio; ¿no se les ha ocurrido ni al Gobierno ni al Ayuntamiento que esa es una medida que nos impulsa a los empleados públicos a salir esos días a la calle?). Si no quiere fiesta, que el alcalde no dé el mal ejemplo de ir a ningún acto festivo.

En fin, los augures locales ahora están en su salsa pronosticando que van a ser los no-sanfermines la causa de un violento rebrote de la epidemia en Pamplona. Pese a que parece que nuestras autoridades colaboran en darles la razón, yo confío en que, como con cada uno de los pasos que hemos ido dando en los últimos meses, se equivoquen.


lunes, 15 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 83


Última semana ya de estado de alarma, y la que viene llegamos al estado de nueva normalidad. Bueno, el que fuera normal antes, supongo que para los demás será la nueva anormalidad. Las noticias son buenas, ayer en Navarra fue el día cero, cero casos nuevos, cero ingresados y cero muertos por coronavirus.

Tengo un mensaje para Esteban. No tengo ni idea de quién es Esteban, pero el mensaje me ha aparecido en el correo electrónico, concretamente en la carpeta que se llama “correo no deseado” (alguna vez he mirado si se le puede cambiar el nombre por algo como “intentos de timo” o “mensajes del frenopático”, pero no). Lo habitual es que los mensajes que me aparecen estén dirigidos a mí, con mi nombre de pila, aunque sea de gente a la que no conozco de nada. Hoy mismo tengo otro mensaje, parecido al que recibo últimamente casi todos los días, cuyo asunto reza así: “Miguel, paquete retenido en terminal”. No sé en qué terminal retienen el paquete, que siempre es igual, un teléfono ganado en un concurso, a veces me lo envía Amazon, a veces Top Electronics April, y me invitan a pagar el porte haciendo clic en un enlace. Ya sé que es una increíble suerte ganar un teléfono todos los días en un concurso, pero como ya tengo teléfonos de sobra, un móvil, un móvil antiguo de repuesto, y un fijo, me da pereza y no lo recojo. Tampoco he respondido al mensaje que decía “Hola Miguel. Para mantener a las personas en el interior, estamos regalando 6 meses de transmisión a las primeras 500 personas”, y que me ofrecía una suscripción a Netflix. No he querido desengañarles de que no soy una de las primeras 500 personas que buscan. Más cariñosos son los de Coinmarket Traders Inc., que me escribían hace poco: “Querido Miguel: Este es un mensaje de servicio para informarle que su pago ha sido confirmado. El monto total está disponible en la billetera de su cuenta. Vaya a su cuenta para ver sus fondos disponibles. Monedero de cuenta: €8.941,01 (1.12 BTC)”. En cambio, los del Grupo Banipol que me escribieron para ofrecerme un inversor/financiero o un préstamo, empezaban con un “Estimado señor o señora”, no tenían muy claro mi sexo. En fin, hasta ahora estaba convencido de que todos esos mensajes eran para mí, pero el de hoy tiene como asunto “Esteban, Has sido aprobado para comerciar Bitcoin” y empieza con un cordial “Hola Esteban”. Está claro que este mensaje, y la oferta de hacerme rico, una vez más, invirtiendo en criptomonedas, no es para mí, sino para un tal Esteban, y me surge la duda de si otros mensajes que recibo no serán también fruto de un equívoco y, en realidad, dirigidos a otras personas. Por ejemplo, el que me envió Alexandre Denizot, que no llevaba nombre alguno de destinatario, y que tras informarme de que sufría “una Garganta Terminal de Cáncer” me ofrecía una donación de 3.700.000 € para ayudar a los pobres. Quizás el Grupo Banipol busque a un señor o señora que no soy yo (si buscan una señora, seguro que no). Pero incluso esos teléfonos que se quedan en la terminal pueden ser para otro Miguel que no soy yo, Miguel es un nombre muy usual. En fin, voy a comprobar si recibir mensajes para otra persona y no dar cuenta al remitente de su error, o a las autoridades, o a alguien, puede ser un delito o una infracción administrativa. A ver si la terminal va a quedar colapsada por mi culpa, por los paquetes que nadie recoge porque mi carpeta de correo no deseado está haciendo de tapón. Como si el comercio internacional no tuviera suficientes problemas ya.

Por favor,  si alguien sabe quién puede ser Esteban, que se ponga en contacto conmigo.


domingo, 14 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 82


Aunque ya hace semanas que nos permiten viajar por la provincia, no me había alejado de la cuenca de Pamplona hasta ayer. El paseo sabatino fue en el Baztan, en un lugar que no conocía, entre la Etxebertzeko Borda y el Infernuko Errota (molino del infierno). Se llega después de recorrer una veintena de kilómetros desde Oronoz hacia el norte por carreteras de montaña, que en realidad son antiguos caminos de herradura asfaltados u hormigonados que comunican los caseríos dispersos allá arriba. Hoy muchos de ellos se han reconvertido en casas rurales y restaurantes. Los paisajes son preciosos, el número de turistas no excesivo dado lo remoto del lugar y, tras el paseo, se puede comer estupendamente en la Etxebertzeko Borda. La tranquilidad está asegurada porque ni siquiera hay cobertura telefónica, así que nadie te puede molestar con llamadas o mensajes. Y más que palabras, mejor pongo unas imágenes…















viernes, 12 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 81


Volvemos a tener problemas con el cero. Pasó ya a lo grande cuando cambiamos de siglo y de milenio. Hay mucha gente ignorante de que no ha existido el año 0, porque los romanos no conocían el cero y tuvimos que esperar a que lo trajeran a Europa los árabes, que lo aprendieron de los indios, y de que el primer año de nuestra era fue el 1. Así que muchos creen que el primer año del milenio fue el 2000, cuando en realidad fue el 2001. Y también nos vuelven a dar la matraca con los cambios de década, hace unos meses hubo también muchos tarugos empeñados en decir que este año 2020 es el primero de la tercera década del siglo, cuando en realidad es el último de la década que va de 2011 a 2020, el primero de la tercera década, que irá de 2021 a 2030, será el próximo.

Y ahora tenemos montado el lío de cuándo acaba el estado de alarma. Y todo porque el Gobierno se ha empeñado en iniciar las prórrogas del estado de alarma a las 0:00 horas. Originalmente el estado de alarma,  mediante Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, se inició el mismo día 14 de marzo con la publicación en el BOE y por plazo de quince días, es decir, hasta el 28 de marzo. Por Real Decreto 476/2020, de 27 de marzo, se aprobó la primera prórroga hasta las 00:00 horas del día 12 de abril de 2020, y luego se ha seguido esta práctica cada catorce días, hasta llegar a la sexta y última prórroga desde las 0:00 horas del día 7 de junio hasta las 0:00 horas del día 21 de junio de 2020.

El caso es que mucha gente oye lo de que el estado de alarma acaba el 21 de junio y dice que el 22 de junio ya podremos viajar porque estaremos en la nueva normalidad. En realidad, estaremos sin estado de alarma desde el 21 de junio a las 0:00:01 horas. Pasado un segundo de la medianoche entre el sábado 20 y el domingo 21, ya no estaremos en estado de alarma y podremos empezar a viajar fuera de nuestra comunidad autónoma. Lo normal cuando se indican plazos es decir que acaban tal día, por ejemplo, el 21 de junio, y considerar que ese día es el último del plazo y que comprende sus 24 horas, con lo cual el plazo finaliza al acabar el día. En este caso se ha preferido señalar las 0:00 horas, y se ha generado la confusión.

En resumen, queridos conciudadanos navarros: el domingo 21 ya podemos ir a la playa. Aunque haga malo.



jueves, 11 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 80


Estoy muy preocupado, sobre todo como escritor, que lo soy a ratos. HBO Max, un servicio de vídeo por internet, ha retirado temporalmente de su catálogo Lo que el viento se llevó, y ha anunciado que volverá con un cartel que explique su contexto histórico y que representa algunos de los prejuicios étnicos y raciales que han sido habituales en la sociedad americana. Por lo visto, los clientes de ese servicio, entre los que no me encuentro, son tan incultos que hay que explicarles que cualquier película es fruto de su tiempo y refleja la mentalidad de su época y de sus creadores. Debe de ser gente que no ha pasado por la escuela o, si ha pasado, no ha aprendido nada. Supongo que tendrán que hacer lo mismo con todas las películas y series de televisión que emitan. Explicar que cuando se ve a Charlton Heston separar las aguas del Mar Rojo en Los diez mandamientos no se está narrando un hecho histórico sino una bonita alegoría sobre los orígenes del pueblo hebreo y su huida de Egipto. Explicar que Vito Corleone y los suyos no eran simples hombres de negocios, como repiten varias veces en El padrino, sino mafiosos, y que dejar cabezas de caballo cortadas en la cama de alguien a quien se quiere amenazar no es una práctica empresarial recomendable. O que las imágenes de Errol Flynn corriendo el encierro en Fiesta/The Sun Also Rises no están filmadas en Pamplona sino en Morelia, México, y que no es nada recomendable correr delante de los toros mientras se bebe vino de una bota. Hay que proteger a quienes ven HBO Max de su propia incultura y estupidez.

También cuentan que, a raíz de las protestas contra el racismo que han estallado estos días tras la alevosa muerte de George Floyd (protestas que comparto), los creadores de la serie Friends han pedido disculpas por no haber incluido mayor diversidad racial. Y que critican al difunto J. R. R. Tolkien por racista y machista, ya que en la saga de El señor de los anillos hay demasiados hombres blancos. Supongo que es cuestión de tiempo que a Tolstoi le reprochen que en sus novelas hay demasiados rusos.

Hago examen de conciencia y he de admitir que, quizás, yo también haya pecado. En las tres novelas que he publicado hasta ahora todos los personajes son blancos, no me he preocupado de introducir afrodescendientes o asiáticodescendientes. No se me ocurrió que pintaran nada en una novela ambientada en Pamplona hace pocos años cuyos protagonistas son gente adulta de Pamplona, nacida antes de que hubiera una emigración considerable de otros continentes. Tampoco puse diversidad racial en una novela ambientada en Madrid en 1849, me dejé llevar por la idea de que entonces por allí no habría apenas magrebíes ni subsaharianos. Y tampoco introduje diversidad racial en otra novela que salta entre los años treinta del siglo XX y la actualidad en Andorra y España. A ver si me corrijo en mis próximas novelas, si es que publico alguna, que la cosa está muy difícil, y equilibro un poco mis personajes, distribuyéndolos entre todas las razas y todos los continentes. También entre todas las orientaciones sexuales, ideologías políticas y lenguas maternas. Afortunadamente, sí que he puesto mujeres en mis novelas, incluso con algún papel relevante.

Pero lo que realmente me quita el sueño es pensar cómo juzgarán mis obras dentro de muchos años, o muchos siglos, caso de que no hayan acabado en la hoguera o en la planta de reciclaje de papel. Si las generaciones futuras son como los clientes de HBO Max, necesitarán que les expliquen que son libros escritos en una determinada época, con un determinado punto de vista y que reflejan unos determinados valores. Quizás, en el futuro, los valores cambien y mis futuros lectores no advertidos se horroricen con personajes que viajan en vehículos privados que utilizan combustibles de origen fósil; o que van a ver espectáculos taurinos; o que comen carne; o que no reciclan sus residuos orgánicos en su propio huerto urbano; o que es gente que nunca ha viajado al espacio; o que no llevan en su móvil una app de prevención del COVID-80. Quizás tenga que ir incluyendo ya en todo lo que escriba una petición de disculpas a todo lector del futuro que se sienta molesto por algo.

Estimado lector del futuro: esto está escrito en junio de 2020 con las limitaciones y los bárbaros valores de esta época. Disculpe las molestias.