martes, 31 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 19



La naturaleza nos castiga con los virus, pero hoy nos ofrece un pequeño alivio al confinamiento. Ha amanecido con frío y nieve, así que no apetece nada salir a la calle. La mejor noticia es que, parece, se va estabilizando el número de nuevos casos y de muertes por coronavirus, aunque todavía muy lejos quizás empecemos a vislumbrar la luz al final del túnel.

Gracias a la pandemia no solo surgen nuevos bulos que se expanden a toda velocidad por internet, sino que se reelaboran algunos ya clásicos. Hay uno muy difundido según el cual en España hay el doble o el triple de políticos que en otros países europeos, reiteradamente desmentido (aquí y aquí) y del que ya me he ocupado alguna vez (aquí). Esta semana he leído en un post en Facebook que, entre otras, una de las razones por las cuales en Alemania hay muchos menos muertos por coronavirus que en España es que allí tienen la mitad de políticos que en España y cuestan mucho menos dinero. Por supuesto, había un montón de comentarios de otros internautas igualmente indocumentados aprobando y apoyando semejante memez.

Como consuelo podemos decir que en Alemania, como en cualquier otro país, también hay gente que cree que tienen demasiados políticos y que salen muy caros, hay alemanes que aseguran que es el país del mundo con más políticos por metro cuadrado. En todas partes cuecen habas. Por dar algún dato para que cada uno saque sus propias conclusiones. En España, entre Congreso y Senado, tenemos 615 representantes, uno por cada 60.000 electores. En Alemania, entre Bundestag y Bundesrat tienen 778 representantes, uno por cada 80.000 electores. España tiene 59 eurodiputados, Alemania 96. En España hay 17 parlamentos autonómicos con 1.208 miembros, en Alemania hay 16 Bundesländer con 1.868 miembros en total. En España hay 8.131 municipios con 67.121 concejales, mientras que en Alemania hay 10.795 municipios con unos 280.000 miembros de los consejos locales, equivalentes a nuestros concejales. Para comparar, Paderborn, ciudad hermanada con Pamplona, tiene 150.000 habitantes y 64 miembros del consejo local; Pamplona 200.000 habitantes y 27 concejales. Podríamos seguir porque en Alemania también hay cosas equivalentes a comarcas, provincias, mancomunidades y, por supuesto, gobiernos, más o menos parecidos a los nuestros, pero para muestra basta un botón. En otro orden de cosas, los miembros del Bundestag están entre los mejores retribuidos de Europa, los diputados españoles en el furgón de cola (véase aquí).

Cuando alguno de mis “amigos” de Facebook comparte algún bulo, suelo responderle que es un bulo y le pongo el enlace con la página donde tiene la información correcta. Una vez realizada la doble obra de caridad de enseñar al que no sabe y de corregir al que yerra, seguidamente le borro de mi lista de “amigos”. La vida es breve y no hay que desperdiciarla leyendo en las redes sociales más idioteces de las imprescindibles.


lunes, 30 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 18


Por motivos profesionales soy de esos raros especímenes que lee los diarios oficiales, entre ellos, el Boletín Oficial del Estado. Y fui una de las muchas personas que, anoche, estuvo esperando a pie de la pantalla de ordenador (hace tiempo que todos los boletines oficiales son electrónicos y no en papel) a ver cuándo salía el número extraordinario que recogía el nuevo Real Decreto-ley aprobado en el Consejo de Ministros dominical que da otra vuelta de tuerca al confinamiento domiciliario. Faltaban apenas veinte minutos para la medianoche cuando, al fin, se publicó. Como suele ser habitual en estas disposiciones de emergencia, se establecía que entraba en vigor el mismo día de su publicación. Un poco difícil, porque para cuando uno acababa de leerlo ya estábamos en lunes.

En estos momentos no me quiero unir a los que van a degüello contra cualquier cosa que hace o dice el Gobierno. Pienso que todo Gobierno es un mal necesario al que hay que vigilar, controlar y criticar porque cualquiera que ejerza poder, como mínimo, a veces se equivoca y, con frecuencia, también abusa. Así que, aunque manden los tuyos, hay que estar siempre alerta. Pero también conviene ejercer la crítica con rigor, después de obtener y analizar la información precisa, en el momento adecuado y en términos constructivos. Con la que está cayendo, hay que ser muy prudentes y esperar un poco antes de criticar, ahora la prioridad es acabar con la pandemia. Claro que patrocinar esta conducta va en contra de nuestras más arraigadas costumbres de hooligans políticos. Como cantaba Loquillo, “para qué discutir, si puedes pelear”, o como escribió Patxi Irurzun, “¿Para qué vamos a perder el tiempo hablando si podemos arreglarlo a hostias?”.

Pero sobre esta publicación apresurada y a deshoras del BOE, que se va convirtiendo en costumbre, sí quiero hacer alguna pequeña reflexión. Entre las muchas cosas que tendremos que revisar en el futuro, en la nueva civilización que saldrá de las ruinas de la que hemos conocido antes de la pandemia, quizás esté el régimen de publicación de las normas y de su entrada en vigor. Hasta ahora hemos supuesto que los diarios oficiales tienen una fecha de publicación y que las normas entran en vigor un día determinado a las 0:00 horas. En el futuro, quizás debamos tener en cuenta la hora de publicación y la hora de entrada en vigor, porque el tiempo hoy no funciona igual que en el pasado, vivimos en un tiempo mucho más líquido.

En realidad, es lo mismo que sucede con los periódicos en general. En otros tiempos un periódico era una publicación impresa en papel que llevaba la fecha del día en que se imprimía. Recién impreso, se ponía a la venta. Algunos se publicaban todos los días y por eso se llamaban diarios (Diario de Mallorca, Daily Telegraph, Giornale di Sicilia). Durante siglos hubo periódicos de la mañana y periódicos de la tarde, el nombre de algunos de ellos todavía refleja esa costumbre: La Mañana, Corriere della Sera, Manchester Evening News. Algunos periódicos importantes tenían varias ediciones diarias, a la mañana, a la tarde, incluso a la noche.

Este orden al que estábamos acostumbrados los que tenemos ya cierta edad, en el que preguntábamos “¿Qué dice hoy el periódico?”, se ha roto completamente con internet y la digitalización de los periódicos. Las noticias aparecen en la web de cada medio en cualquier momento, según se van produciendo, a lo largo de todo el día. Aunque muchas de ellas se impriman, y el ejemplar en papel se ponga a la venta cada mañana (la prensa vespertina se ha extinguido), para entonces ya es una noticia antigua que hemos conocido a través de la web, de la radio o de la televisión. Si uno compara la edición digital con la de papel, comprueba que las noticias impresas aparecen en la web con fecha (y hora) del día anterior. En estos tiempos de noticias electrónicas también han surgido prácticas de piratería informativa como la de compartir en las redes sociales noticias antiguas como si fueran de ahora mismo. Hasta los cataplines me tienen los que esta semana han colgado repetidamente la noticia de la detención de Puigdemont en Alemania, sin advertir que es una noticia de hace dos años. Si una media verdad suele constituir la peor de las mentiras, una noticia antigua puede ser la más perversa de las fake news.

El BOE tiene su origen en la Gaceta de Madrid, un periódico impreso que originalmente daba noticias y que se empezó a publicar en 1661. Desde 2009 es una publicación electrónica, pero mantenemos ciertas prácticas que se han vuelto mera ficción, como su formato de periódico diario que aparece, de ordinario, por la mañana, y que podemos leer al inicio de la jornada de trabajo los que todavía tenemos ese vicio. A estas alturas de la historia, sería más práctico que hubiera una publicación continua donde cada disposición, resolución o anuncio llevara la fecha y la hora en la que se ha colgado de la web.

Sí, ya sé que mientras yo escribo sobre estas nimiedades otros se ocupan de servicios esenciales como salvar vidas o colocar banderas a media asta. Pero es que algunos no tenemos ninguna utilidad para cosas más importantes…

domingo, 29 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 17


Los más prescindibles ya nos habíamos encerrado en casa hace días, y a partir de mañana lunes se tienen que recluir también el resto de los prescindibles, de modo que trabajen solo los que prestan servicios esenciales. Me parece muy bien la medida (mi capitán A Posteriori interno me dice que debiera haber llegado antes), aunque el gran problema en estos casos es determinar qué es esencial y qué no. Desde que decretaron que los bares no eran esenciales y debían cerrar, me he quedado un poco descolocado al respecto.

Yo ya me he aclimatado perfectamente a esta vida eremita, claro que de ermitaño del siglo XXI, conectado con el resto del mundo y pudiendo mantener cierta actividad. Esta semana me han hecho dos entrevistas para hablar de un tema prescindible, pero que quizás ayude a entretener a otros ermitaños del desastre que nos toca vivir, de mi libro Hemingway en los sanfermines. Hoy se publica el artículo que ha redactado el periodista Rodrigo Saiz para eldiario.es sobre la entrevista que me hizo por teléfono. La otra tardará unos poquitos días. Y hoy también se publica en Diario de Noticias un artículo que he escrito en los primeros días de aislamiento, “Coronavirus y Protección Civil”, intentando contribuir muy modestamente, en la medida de mis conocimientos y experiencia, a salvar a la Humanidad de la próxima epidemia. Si añadimos algunos actos sociales de fin de semana, necesariamente virtuales, resulta que estoy de lo más ocupado. No sé de dónde voy a sacar tiempo para ir a trabajar cuando todo esto pase.

Y ya que hablamos de Hemingway, pese a que daba por finalizada mi investigación y por aparcada la promoción de mi libro, resulta que me ha tenido muy atareado esta semana. Aparte de las entrevistas que he mencionado, Tim Pinks me escribe esta mañana desde Inglaterra y me adjunta una fotografía donde se ve al escritor comiendo con Ava Gardner, Luis Miguel Dominguín y otra gente. Me dice que se la ha enviado un amigo suyo afirmando que es en Pamplona en 1959 pero él, que ha leído mi libro, piensa que no puede ser, entre otras cosas porque, en contra de lo que afirma la leyenda, Ava Gardner nunca estuvo en Pamplona. Hago unas breves comprobaciones y le respondo que la foto es de mayo de 1954 en la finca que Dominguín tenía cerca de El Escorial, y que de esa reunión hay más fotografías, muy reproducidas en internet. Pero es arraigada costumbre que, en caso de duda, de cualquier fotografía de Hemingway en España se diga que está tomada en Pamplona. El otro día Eduardo Laporte también me envió una fotografía de Hemingway preguntándome dónde estaba tomada, había pensado que podría ser Pamplona. Como era una imagen que conozco, está incluida en mi libro, le contesté de inmediato que estaba hecha en Málaga en 1959. Ayer mismo Juan Iribas me enviaba por correo electrónico un artículo publicado en El Mundo, con ocasión de la epidemia que estamos disfrutando, sobre el verano de 1926 que Hemingway supuestamente pasó recluido en Antibes debido a la tosferina de su primogénito. Le respondí, y lo puse en Facebook, que Hemingway no pasó aquel verano en Antibes, solo el mes de junio, apenas iniciado el verano se vino a los sanfermines y, luego, estuvo en San Sebastián, Madrid y Valencia antes de volver a París. Si el periodista hubiese leído con más atención el libro que citaba, o si se hubiese leído mi libro o me hubiera consultado, no habría dado una información errónea.

Estoy pensando en que a lo mejor puedo hacer una pasta si empiezo a cobrar por las consultas sobre Hemingway (con los derechos de autor ya estoy resignado a que poca). “Ernesto Consulting Ltd” podría ser un buen nombre para el negocio.

sábado, 28 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 16


Vamos a creer que el estado de alarma acabará el 12 de abril, que no habrá otra prórroga, y que entonces cesará nuestra reclusión domiciliaria porque la epidemia estará, al menos, controlada. Así que confiemos en que ya estamos a mitad de la cuarentena obligada, solo queda la otra mitad, y nos coge entrenados. La esperanza es lo último que se pierde.

Entre los muchos destrozos que está produciendo la epidemia, se encuentran los que está sufriendo el sector de la cultura en general, y el del libro en particular, que a mí me toca más de cerca. Se da la paradoja de que se está leyendo mucho, pero se están vendiendo pocos libros. Yo mismo estoy aprovechando para reducir un poco la pila de libros pendientes que tengo en casa. Hoy leo en la prensa sobre la preocupación que existe en las librerías, obligadas a un mes de cierre, que esperan alguna actuación por parte de los poderes públicos para evitar su hundimiento. Ojalá fueran solo las librerías, o el sector editorial. Aunque muchos han criticado la definición de la lucha contra la pandemia de coronavirus como una guerra, por su matiz militarista, creo que tomada como metáfora resulta afortunada. Vamos a necesitar una economía de guerra, y una economía de postguerra, para salir, aunque sea maltrechos, de esta. Habrá que reeditar el berlanguiano “¡Bienvenido, míster Marshall!”, aunque en esta época quizás necesitemos decir “Willkommen, Herr Marschall!” (o “Frau Merkel”).

Una economía de guerra exige variar las prioridades y aceptar sacrificios. Sacrificios, no en uno de los sentidos del diccionario de la RAE, como “matanza de personas, especialmente en una guerra o por una determinada causa”, que tipejos como Trump o Bolsonaro parecen aceptar sin problemas, que mueran masivamente viejos y pobres para salvar el orden capitalista y las cuentas de resultados, sino como “peligro o trabajo graves a que se somete una persona” o “acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor”. En ninguno de sus sentidos, los sacrificios debieran implicar dejar hundirse al sector cultural, en nuestro país o en cualquier otro país, suponiendo que resulta perfectamente prescindible y que su supervivencia no está entre las prioridades vitales.

Cuentan que durante la II Guerra Mundial le propusieron a Winston Churchill recortar el presupuesto de cultura para incrementar los gastos bélicos, a lo cual él respondió: “¿Quitarle el presupuesto a la cultura? Entonces, ¿para qué luchamos?”. Como tantas otras célebres y archirrepetidas frases, es perfectamente apócrifa (descubrir falsas citas y falsas anécdotas es un deporte que me entretiene mucho). Lo tiene comprobado y publicado Richard M. Langworth, expresidente de la International Churchill Society y especialista en la vida del político británico. Churchill nunca dijo eso. No obstante, como reza el refrán italiano, se non è vero, è molto ben trovato. Churchill podría haberlo dicho, recordemos que fue Premio Nobel de Literatura en 1953 (las malas lenguas dicen que parte del mérito es de sus negros), y se sabe que creía en la importancia de la política cultural, como se desprende de esta frase que sí es suya: “Las artes son esenciales para una vida nacional plena. El Estado se debe a sí mismo sostenerlas y alentarlas”.

Estos días a mucha gente le ayuda pasar las horas de encierro leyendo (los que dedican el tiempo a ver mucha televisión quizás sobrevivan a la epidemia, pero su deterioro intelectual probablemente sea irreparable). A ver si después mantenemos la costumbre e invadimos masivamente las librerías para reponer las existencias de nuestras bibliotecas…

viernes, 27 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 15


La Constitución española, y perdón por irme al terreno jurídico, nos está envejeciendo de forma similar a como lo hacen los cuerpos humanos, es decir, que hay algunas partes que aguantan bien el desgaste, y en cambio otros órganos dejan de funcionar correctamente. Hay quien tiene el aparato circulatorio en perfecto estado, pero el digestivo hecho unos zorros; o quien tiene hecho cisco el sistema nervioso, pero sus riñones filtran igual de bien que el primer día.

Con ocasión de la pandemia de coronavirus que estamos sufriendo, se han hecho más notorias todavía algunas deficiencias tanto de nuestro sistema económico como de nuestro texto constitucional. Dice el art. 130.1 que “los poderes públicos atenderán a la modernización y desarrollo de todos los sectores económicos y, en particular, de la agricultura, de la ganadería, de la pesca y de la artesanía”. Al legislador constituyente le preocupaba más el futuro de la artesanía, de las figuritas de Lladró y del encaje de bolillos de Almagro, que el futuro de la industria, a la que no menciona. Ni se le pasó por la imaginación que pudiéramos desmantelar buena parte de nuestra producción industrial para llevarla a China o Bangladés. El art. 128 dice que “mediante ley se podrá reservar al sector público recursos o servicios esenciales, especialmente en caso de monopolio y asimismo acordar la intervención de empresas cuando así lo exigiere el interés general”. Los constituyentes estarían pensando en recursos esenciales como la energía, las materias primas, las comunicaciones, los transportes. Cosas que durante las últimas décadas se han ido considerando esenciales, pero para hacer pingües negocios, casi todo ha sido privatizado. Al sector público le ha ido quedando más bien poco. Hoy descubrimos que hay otros recursos esenciales para nuestra supervivencia en los que los padres de la patria, tampoco los hijos de la patria, habían pensado. Las mascarillas y las batas sanitarias, por ejemplo, que tenemos que importar precipitadamente, cuando no improvisar en casa artesanalmente (mira, quizás los constituyentes no andaban tan descaminados), o los test rápidos de coronavirus, que nos los envían de China tarde y defectuosos, cuando no se pierden por el camino como le ha sucedido al Gobierno de la Comunidad de Madrid. El papel higiénico parece que no hace falta importarlo, pero también habría que ir considerándolo como recurso estratégico a la vista del pánico que surgió ante su posible escasez en los primeros compases de la epidemia.

En la civilización que surgirá después de la pandemia, que ya nos dicen los expertos que será distinta de la que conocimos hasta el día en que nos confinamos en casa, también habrá que tomar medidas para proteger los balcones, otro recurso esencial. Hay que prohibir rigurosamente esa arquitectura falsamente moderna de fachadas lisas y acristaladas. ¿Cómo podríamos sobrevivir a la próxima pandemia sin balcones?

jueves, 26 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 14


El Congreso de los Diputados ha autorizado la prórroga del estado de alarma hasta las 00:00 horas del domingo 12 abril. Domingo de Resurrección, una fecha simbólicamente muy indicada para poner fin al confinamiento domiciliario y poder salir a la calle. Sería una buena noticia doble, porque significaría que la situación sanitaria empezaba a mejorar. Pero, de momento, el acuerdo nos sitúa en la incertidumbre de, si llegada la fecha, no se prorrogarán de nuevo las medidas contra la epidemia, se mantendrán algunas de ellas o, incluso, si habrá que adoptar medidas más restrictivas. Mientras tanto, seguiremos viviendo en este peculiar Día de la Marmota, donde las noticias de cada día son prácticamente idénticas a las del día anterior.

Menos mal que, hasta que llegue ese esperado momento de la liberación, en que podamos volver a morir por las causas a las que estamos acostumbrados, accidentes de tráfico, accidentes de trabajo, violencia de género, gripe común, hay disponible una gran cantidad de artículos con recomendaciones para pasar la cuarentena en casa. Gracias a los expertos sabemos que hay que tener pensamientos positivos, centrarse en que estamos haciendo lo correcto como buenos ciudadanos, no agobiarnos pensando en lo que falta de reclusión sino intentar ir día a día, planificando las actividades cotidianas, estar ocupado, fijar unas rutinas, estar informado, pero no sobreinformarse, que eso genera ansiedad, y hablar con las personas que queremos y que nos hacen sentirnos bien. Nunca se nos hubieran ocurrido esas cosas, menos mal que ha llegado el coronavirus y que contamos con expertos para todo.

Quizás convenga añadir, a esos buenos consejos, el amor a la patria y el ser justos y benéficos, como establecieron los constituyentes gaditanos, y puede que proceda también aconsejar no apedrear las ambulancias que transportan a los enfermos de coronavirus a las residencias de ancianos. Habrá quien piense que esta última recomendación no es necesaria, pero leo que tal comportamiento tan poco benéfico ha sucedido, precisamente, cerca de Cádiz, en La Línea de la Concepción. También puede convenir aconsejar no denunciar, mediante escrito colocado en el portal, a los vecinos que no salen a su balcón a aplaudir, como ha sucedido en Oviedo, ya que el aplauso todavía no es obligatorio. Ni procede fugarse del hospital, si estás internado por coronavirus, e irte a casa, como ha sucedido en varios lugares, o salir a pasear con una cabra como animal de compañía, como sucedió en Barcelona, o con un perro de peluche, como hizo un vecino de Valladolid. Y aunque el Gobierno ha autorizado, en ciertos casos, que pueda viajar más de una persona en un automóvil, de ningún modo puede circularse con ocho personas, la ITV caducada, una rueda pinchada y los faros rotos, como sucedió hace poco en Sevilla. A veces la sabiduría consiste en señalar lo que es obvio, siempre habrá alguien empeñado en ignorarlo…


miércoles, 25 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 13


Ayer por la tarde, después de varios días encerrado, salí de casa. Para ser responsable y solidario con el resto del mundo, acumulé en una sola salida un montón de actividades permitidas: bajé la basura, fui a la farmacia a reponer mis drogas legales, hice compra para mi tía y aproveché para verla un ratico breve y a dos metros de distancia, e hice la compra para aguantar otra semana recluido en mi casa. Por lo que voy leyendo en la pantalla de mi ordenador, la principal ventana al mundo que tengo estos días, iba preparado para cualquier cosa. Pero, para mi tranquilidad, en mi breve incursión al exterior no sufrí ningún incidente.

Por la calle andaba poquísima gente, tanto a pie como en vehículos. Paseantes de perros, los justos. Me ratifiqué en la impresión que me da mirar por la ventana, por la otra, la de madera y cristal, que en mi barrio la gente acata con total disciplina las restricciones de movilidad. No vi patrullas policiales o militares exigiendo a los pocos usuarios de la vía pública justificación de sus desplazamientos, ni parece que haga ninguna falta. Tampoco me reprochó nadie desde su balcón que anduviera por la calle, parece que aquí nos libramos de esos vigilantes aficionados y rencorosos que han brotado en otros lugares para controlar a sus vecinos. En la farmacia, que da un poco de cosa que te atiendan con una mascarilla interpuesta y a través de la verja echada, como si temieran que fueras a atracarla, yo era el único cliente. En los dos supermercados que visité había muy poquitos clientes, ni cola había que hacer en la caja, y tenían de todo, incluido papel higiénico y cerveza. Así que por aquí tampoco padecemos esos vicios que denuncian por otros lares, gente que sale de casa constantemente con la excusa de comprar, y compra un par de cosas cada vez, o gente que acapara productos como si el confinamiento fuera a ser eterno. En fin, que además de ser un privilegiado por poder pasar la cuarentena en casa y sabiendo que mi puesto de trabajo no peligra cuando acabe la epidemia, ojalá todo el mundo pudiera decir lo mismo, vivo en uno de los ojos del huracán, o sea, en una zona de calma.

Aparte de estas breves crónicas, me da pereza escribir. Me estoy limitando a corregir cosas que ya tenía escritas y cuyo futuro editorial es más que dudoso. Por lo que leo en las redes, parece que hay muchos escritores en las mismas, poca inspiración y pocas ganas de escribir. Y eso que todos los días surgen en los medios de comunicación temas que darían para muchos libros, algunos avispados ya estarán firmando contratos para publicar la gran novela del coronavirus. Dicen que Churchill dijo que los Balcanes producen mucha más historia de la que pueden digerir (como sucede a menudo con las citas célebres, la atribución es incorrecta, la cita original es del escritor escocés H. H. Munro, alias “Saki”, en 1911, y en referencia a Creta). Quizás sucede ahora que, pese a la exorbitante cantidad de gente que escribe, la realidad nos está proporcionando muchas más historias de las que somos capaces de escribir.

Y entre las muchas malas noticias de estos días, Astérix se ha quedado completamente huérfano, ha muerto Uderzo. Astérix es de mi misma edad, he comprobado que nació solo ocho meses antes que yo, ya lo sospechaba porque lo conocí en el colegio, en la biblioteca de los Maristas. Además, en 1969 vino a los sanfermines, aprovechando su gira por Hispania. En contra de lo que dice la leyenda, no se hospedó en un famoso hotel de la plaza del Castillo sino en una fonda llamada El Turista Satisfecho. Tengo las pruebas…



martes, 24 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 12


Esta mañana, nada más levantarme, he recibido de mi amigo de Facebook Manolito Sol, de Louisville, Kentucky, un mensaje de audio que me ha animado para todo el día. Es obvio que la epidemia de coronavirus va a desaparecer en muy pocos días ya que se ha encontrado el método para acabar con la enfermedad. El mensaje dice así: “Rosi, mira una información muy buena de un médico argentino que acabo de ver, pero no puedo pasar de WhatsApp a Messenger. Pon un cazo a hervir de agua, cuando esté bien hirviendo te tapas la cabeza y respiras el vapor caliente. Ese vapor caliente que está a más de cincuenta grados se respira por la nariz y el virus muere con ese calor, incluso llega el vapor, el calor, hasta el pulmón. Tres o cuatro veces al día lo más rato posible que podáis. Pasa esta información a toda la gente que puedas, un beso, cariño, un beso, que Dios te bendiga”.

Lo único que me produce un poco de perplejidad de esta magnífica noticia es que haya enfermos de coronavirus en Finlandia (unos 700, leo), con lo aficionados a la sauna que son allí y lo acostumbrados que están a aspirar vapor, o en Turquía (más de 1.500), que hacen lo propio en los baños turcos. Quizás no estén respirando la suficiente cantidad.

Por si este método fallara, no solo entre los fineses y turcos, he de contar que han descubierto otro tratamiento infalible, corre por las redes un mensaje de Laila Ahmadi, estudiante de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Zanjan, en China, según el cual para prevenir el contagio hay que tomar mucha vitamina C natural y “usar más madera amarilla”. Cita al profesor Chen Horin, CEO del Hospital Militar de Beijing, para recomendar que se beba todos los días agua caliente vertida sobre un limón cortado en tres partes. He leído otras variantes según las cuales hay que hacer gárgaras con agua caliente a la que se añade sal, vinagre o ajos. Personalmente, prefiero el sabor a limón. Otra receta contra el coronavirus recomienda tomar sorbos de agua cada 15 minutos ya que el líquido hace que el virus que podamos tener alojado en las vías respiratorias llegue rápidamente al estómago y sea destruido por los ácidos digestivos. Hay quien recomienda tomar infusiones calientes con el mismo objetivo. Está claro que la clave de todo es el agua.

También he leído el consejo de una otorrinolaringóloga de tomar una tableta de vitamina C y omega de la marca GNC para fortalecer el sistema inmunológico y hacer frente al coronavirus, y el de científicos del Instituto Tecnológico de Monterrey de mantener el cuerpo en estado alcalino, porque un cuerpo con el pH alcalino no enferma. Por lo visto, también existe un suero que ha presentado hace poco el doctor Hala, ministro de Salud de Egipto, cuya eficacia al 100 % se ha demostrado “en más de 7 casos” (quizás hayan sido 8), y que se va a exportar en breve a todos los países del mundo.

En fin, a la espera de que llegue el suero, yo voy a mantenerme lo más alcalino posible mientras aspiro vapor haciendo gárgaras con agua caliente, limón, omega, sal y ajos, cada 15 minutos, sobre una tabla de madera amarilla. Por prevenir, porque ya sé que no estoy infectado, he utilizado el método de autodiagnóstico que he visto en internet: inhalar profundamente y sostener la respiración durante más de 10 segundos, si no te da la tos es que no estás contagiado.

Pásalo.

lunes, 23 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 11


Otro día sin moverme de casa colaborando contra la pandemia en la forma en que lo hemos de hacer las personas prescindibles, no molestando. Creía que ya me iba haciendo a la rutina de la cuarentena, pero he descubierto que los lunes siguen siendo lunes aunque no haya que ir a trabajar. He dormido peor y me he levantado más tarde. Habrá que seguir peleando, como recomiendan los expertos en estas cosas, por mantener una cierta disciplina en casa.

Estoy convencido de que saldremos de esta emergencia mucho más sabios. Yo, por ejemplo, estoy adquiriendo nuevas habilidades informáticas. Como nunca me habían gustado las videoconferencias ni los videochats, no me había preocupado por saber cómo funcionaban, pero la necesidad me ha llevado a aprender. El sábado, ya lo conté, participé en un evento poético a través de Zoom. Por la tarde me tomé una caña con unos colegas en una videoquedada por Messenger y, ya puestos, el domingo tomé el aperitivo con otros amigos también por Messenger. Y he quedado en repetir con todos los grupos mientras dure el arresto domiciliario.

Este confinamiento me ha servido también para aprender a bloquear gente en Twitter. Una técnica muy útil. Hasta ahora no lo había hecho, no lo había necesitado, probablemente porque muy pocos tuiteros prestaban atención a las tonterías que pongo. Pero, igual que me ha sucedido en Facebook, he tenido un pequeño éxito, uno de mis tuits, en lugar de la media docena habitual de “me gusta”, ha tenido varios cientos. Supongo que no todo el mérito es mío, estos días hay varios millones de personas aburridas merodeando por las redes. Total, que algunos de los que han hecho aprecio de mi tuit eran de la muy habitual categoría de odiadores, esos que necesitan expresar su rencor por el resto de la humanidad y solo se dedican a descalificar e insultar al prójimo, con frecuencia amparados en el anonimato. Me parece bien tener espíritu crítico, expresar los desacuerdos y objetar los fallos o contradicciones de las opiniones ajenas, pero “subnormal”, “lacayo” o “lameculos” no me han parecido argumentos de recibo en un debate civilizado. Así que me he puesto a bloquear, y le he cogido gustico. Desaparecen los insultos y desaparecen los insultadores. Sí, ya sé que siguen habitando en otras zonas de Twitter y seguirán insultando, pero ojos que no ven (los míos), corazón que no sufre (el mío).

No todo es malo en las redes sociales. Uno recibe mucho cariño, sobre todo en forma de grupos a los que te añaden, no sabes ni quién, ni para qué, y que tienes que abandonar porque la vida no da para todo. También estoy recibiendo muchos abrazos virtuales. Y muchas recomendaciones de libros. Demasiadas. Que si novedades, que si clásicos, que si obras especialmente apropiadas para una epidemia. Incluso sin cuarentena ya tenía complicado atender todas las lecturas que tengo pendientes, encima hay una conspiración mundial en los medios de comunicación y en las redes sociales para recomendar libros. Gracias pero, por favor, no más recomendaciones.

domingo, 22 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 10


Ocho días de confinamiento en casa, salvo las breves salidas autorizadas que, en mi caso, son pocas porque no tengo perro que sacar a pasear. Nunca he tenido animales en casa, salvo los inevitables ácaros, que no creo que sirvan de coartada ante las autoridades como animales de compañía paseables.

Hoy nos anuncian que la cuarentena probablemente durará un mes en total, que el Gobierno está pensando en prorrogar el estado de alarma otros quince días. Hasta pasada la Semana Santa no se empezará a restablecer la normalidad. Tampoco es para tanto. Me siento muy bien de ánimo, no me está afectando en absoluto el estar encerrado. La soledad y el aislamiento no son un problema para mí, puedo aprovechar el tiempo para escribir.

No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.
No por mucho madrugar amanece más temprano.

sábado, 21 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 9

Las noticias que no he podido evitar leer hoy no son buenas. Parece ser que ni los expertos, ni los políticos, ni nadie, sabe cómo va a evolucionar la epidemia y todas las previsiones que se han hecho van fallando. Pero no tenemos más remedio que seguir las instrucciones que nos dan para combatir la propagación del coronavirus y seguir recluidos, porque nosotros tampoco sabemos más que quienes dan las instrucciones.

Para animarnos un poco vamos a recordar que hoy es el Día Mundial de la Poesía. Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera, y podrán morir todos los poetas de coronavirus, pero no podrán matar la poesía. Con tal motivo, y porque no tenía cosa mejor que hacer, he participado en una de las muchas quedadas poéticas, obligadamente virtuales, que ha habido hoy. Como no soy poeta he leído un poema ajeno, aunque me he atrevido a hacer mi propia versión en castellano del original en inglés. Es de una escritora norteamericana, Kitty O’Meara, lo escribió hace cinco días inspirada por la pandemia, y se ha vuelto viral en las redes sociales. A alguien se le ocurrió decir que es un poema escrito en 1800 durante una epidemia de peste y así se va difundiendo. Como siempre, la leyenda es más hermosa que la realidad. En estos días florecen mil patrañas, fake news les dicen ahora, sobre el coronavirus.

El poema se titula En tiempo de pandemia y dice así:

“Y la gente se quedó en casa. Y leyeron libros, y escucharon, y descansaron, hicieron ejercicio, crearon arte, y jugaron, y aprendieron nuevas formas de ser y de estar. Y escucharon más profundamente. Algunos meditaron, algunos rezaron, otros bailaron. Algunos se encontraron con sus fantasmas. Y comenzaron a pensar de diferente manera.
Y la gente sanó. Y sin gente viviendo de forma inconsciente, peligrosa, sin sentido y sin corazón, la tierra comenzó a sanar.
Y cuando pasó el peligro y todos se volvieron a reunir, lloraron sus pérdidas, emprendieron nuevos caminos, soñaron con nuevos horizontes, crearon nuevas formas de vivir y curaron la tierra por completo, igual que ellos se habían curado”.

Y ya que hablamos de las cosas que pasan en internet. Alucinado me tienen los cientos de “me gusta” que está recibiendo un video que colgué en Facebook con la siguiente leyenda: “Rampa mecánica entre Abejeras y Río Ega. La mitad de los días del año averiada. Ahora que estamos encerrados en casa funcionando sin parar”. Lo grabé al pasar por delante en una de mis escasas salidas autorizadas de casa, me llamó la atención el contraste de las calles desiertas y la rampa en funcionamiento. A veces uno trabaja mucho un texto con una idea que le parece brillantísima y, cuando lo pone en las redes, casi nadie le hace caso. Y otras veces uno cuelga cualquier ocurrencia sin pensarlo mucho y obtiene unos efímeros momentos de gloria. Imposible desentrañar las claves del éxito.



viernes, 20 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 8


La primavera está ahí fuera, pero en casa sigue siendo cuarentena. Creo que he llegado a mi nivel de saturación máxima de noticias sobre el coronavirus, esta mañana no he soportado más de unos pocos minutos el oír a periodistas y tertulianos pontificar sobre el monotema y me he pasado a la música de Radio 3. Casi mejor estar desinformado hasta que acabe el estado de alarma, ya me enteraré por el Boletín Oficial del Estado, y pensar en otras cosas.

Dando por perdidas las próximas semanas, incluyendo el plan que tenía para Semana Santa, hay que empezar a reajustar la agenda a largo plazo. La UEFA se ha empeñado en descuadrar la mía. Habitualmente, para organizar mi cena de cumpleaños, el último o penúltimo sábado de junio, tengo que estar atento, año sí, año no, al calendario del Mundial o de la Eurocopa, por si coincide que hay partido de la selección española. A mí no me interesa el fútbol, pero tengo amigos a los que sí, nadie es perfecto. Un año tuve que convocar la cena en un local con televisión porque coincidía día y hora. Este año (estas cosas yo las preveo desde enero) estaba todo bajo control. Tocaba Eurocopa, pero el sábado 27 de junio a las 21:00 estaba programado un partido de octavos entre el primero del grupo A y el segundo del grupo C. España está en el grupo E, así que no había riesgo. Resulta que la Eurocopa se ha retrasado a 2021 y el 27 de junio han puesto la final de la Champions, que iba a ser el 30 de mayo. Así que deseo fervientemente que en los partidos que quedan, si es que se llegan a celebrar, sean eliminados el Real Madrid, el Barcelona y el Atlético de Madrid para que no me compliquen la vida. Una final Lyon-Nápoles estaría bien, pero no las tengo todas conmigo que, con el retraso de la liga de fútbol española, coincida también con el último partido de Osasuna y se esté jugando algo. Para el año que viene, 2021, la Eurocopa vuelve a amenazar mi cumpleaños; y confiemos en que empiece el 11 de junio, como han anunciado, y no me altere mi fiesta de jubilación el 5 de junio, pero como el mundo está loco ya no te puedes fiar de nada ni nadie.

Mi carrera literaria también ha quedado descuadrada. Está en el aire qué pasará el Día del Libro, que iba a ir a firmar a Tudela, y qué sucederá con la Feria del Libro de Pamplona, que suele coincidir con la de Madrid que ya ha sido trasladada a octubre, en la que esperaba promocionar mi último libro. Me han clausurado el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca para el que ya tenía preparada una magnífica comunicación, ahora no sé si será publicada o no, y no quiero ni pensar en el futuro de la novela cuya publicación estoy negociando con varios grupos editoriales (o sea, esperando a ver si alguno quiere publicarla). Si el panorama editorial ya estaba muy cuesta arriba, con el coronavirus la cosa se empina mucho más. Cuántas prometedoras carreras de escritores todavía no descubiertos por el gran público, como yo, pueden quedar en la cuneta.

Los sanfermines me preocupan menos, aunque haya voces alarmistas sobre si se podrán o no celebrar. Si no es en julio, ya los haremos en septiembre, por San Fermín Chiquito. Como en 1978. Y así estiramos la escalera tres peldaños más, siete de julio, ocho de agosto y nueve de septiembre. No hay mal que por bien no venga.

jueves, 19 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 7


Hoy, al ser festivo, voy a dedicar el día mayormente a la holganza. Como el estado de alarma permite salir de casa para atender a mayores y dependientes, voy a ir luego a ver a mi tía que, a sus 108 años, es ambas cosas. De normal me hubiera tocado ir más veces estos días ya que mis hermanos y yo nos vamos turnando para suplir en sus ausencias y descansos a Edith, la interna que la atiende, pero ya que ella tampoco puede salir de casa, y hay que evitar el contacto en lo posible, no ha sido necesario. Por cierto, que legalmente, a efectos de permisos y reducciones de jornada para atender a enfermos y dependientes, antes del coronavirus y ahora también, los tíos y tías no existen. Son parientes de tercer grado de consanguinidad y las normas solo llegan hasta el segundo. Como si en la mayoría de las familias no existiera algún tío soltero, más frecuentemente una tía soltera, sin hijos, que en su ancianidad han de ser atendidos por los sobrinos. Salvo que estos sean de esos desalmados que se desentienden de ellos abandonándolos en una siniestra residencia. Yo mismo soy un tío soltero que, llegado el caso de necesitar asistencia en mi ya próxima vejez, no existo para el legislador. Ni para venir a mi funeral mis sobrinos tendrían algún permiso. Voy a demorar lo más posible mi defunción a ver si cambia la ley.

Mi tía se ha librado del coronavirus que está diezmando a los ancianos, ha superado recientemente una neumonía que le obligó a un ingreso hospitalario y se ha recuperado también de un bajón que le dio tras la neumonía, no es la primera vez, y que durante un par de días pareció que iba a ser fatal. No tiene intención de morirse por ahora, dice que le daría rabia que la gente pensara que ha sido por el coronavirus. No puede salir al balcón para aplaudir, pero lo haré yo por ella con palabras. Quiero agradecer el trabajo del personal sanitario, tanto el que trabaja en el hospital como en los centros de salud, en la hospitalización domiciliaria y en las urgencias, que desde hace años vienen atendiendo a mi tía y lo hicieron también antes con mi madre. Son un enorme alivio para las familias con personas mayores y enfermas. Que no se nos olvide cuando pase esta emergencia, y que tampoco se nos olvide que hay que pagar impuestos para mantener el sistema sanitario.

Y ya puestos, acabemos con felicitaciones a los josés, maríasjosés, josefas, pepes y pepas, a los padres, y a la Constitución de 1812 cuyo artículo segundo decía que “la nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”. Viva la Pepa.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 6


La vibrante actualidad no me permite despegar la vista de las pantallas y apenas tengo tiempo para sentirme aislado y deprimido. Casi ni me queda tiempo para el teletrabajo, aunque he de confesar que como soy extremadamente ordenado y lo llevo todo muy al día, solo me pude traer a casa un expediente pendiente de resolución que me va a ocupar muy poquito. Eso sí, mantengo otras costumbres laborales como la lectura atenta y proactiva del Boletín Oficial de Navarra y del Boletín Oficial del Estado y la atención al correo electrónico.

La lectura de la prensa, oficial y no oficial, me lleva del coronavirus a la Corona y de la Corona al coronavirus. El rey Felipe VI ha demostrado que es tanto o más cauteloso que su antepasado y tocayo, el de los dos palitos, al que apodaron “el Prudente”. Un año entero ha tardado, desde que tuvo conocimiento de ello, en informar a sus súbditos de algunas turbias maniobras financieras de su padre. A lo mejor, que el tema estuviera en la prensa internacional le ha indicado que el asunto ya estaba suficientemente maduro como para comunicar algo, y hacer coincidir la noticia con la declaración del estado de alarma ha sido una muy sensata medida para minimizar el trauma y evitar inconvenientes algaradas. También revela una gran prudencia que haya dedicado cinco días a preparar el discurso a Todaspaña que televisan esta noche. Hay que agradecerle que amenice la cuarentena con un poco de intriga: ¿Hablará de lo de su padre, o solo del coronavirus? En estos momentos, sobre la epidemia está casi todo dicho, poco más va a poder añadir a los discursos que ya les hemos oído al presidente del Gobierno y a todos los líderes políticos. Sería más interesante que nos contara algo de su culebrón familiar. Del comunicado que sacó la Casa del Rey el otro día se deduce que las relaciones con su padre, parece que mayormente a través de sus abogados, deben de ser tan malas como las que tenían sus tatarabuelos Carlos IV y Fernando VII, o como las del rey Lear con sus hijas y yernos. Según un medio de comunicación de muy dudosa credibilidad, o sea, como casi todos, el rey emérito se siente traicionado por su hijo, que le ha castigado quitándole la paga, y planea desquitarse divulgando los trapos sucios de su nuera, la reina, que parece ser la mala de la película. Es muy posible que el entretenimiento nos dure mucho más que la cuarentena. Aunque, digo yo, que no sé cómo los adalides de la monarquía no lo previeron. Establecer un cargo vitalicio, irresponsable e inviolable, es tentar al destino. La ley de Murphy es inexorable, si algo puede salir mal, en algún momento acabará saliendo mal. Por otro lado, diseñar un cargo como ese y no poner en él a alguien sin escrúpulos que se aproveche hasta donde pueda es como desperdiciar las amplias posibilidades que ofrece la institución.

Total, que con motivo del discurso real de esta noche, aparte de quienes prevén comprar langostinos y cava para completar el ambiente tradicional de tal evento, está convocada una cacerolada en los balcones. Una convocatoria más, porque estos días se multiplican: que si salir a aplaudir a los sanitarios, que si a cantar el Riau-riau o el Resistiré, que si a pedir que el dinero del emérito se dedique a sanidad, que si a tomar el aperitivo… Por otro lado, se ha generado una enorme vida cultural online, la de cosas que se pueden hacer sin salir de casa, desde ver óperas hasta escuchar conferencias, hacer visitas virtuales a museos y galerías de arte, descargarse libros gratis o asistir a los conciertos que dan algunos músicos desde su casa. Algunos colegas escritores han puesto en marcha en las redes sociales iniciativas para escribir poemas o relatos compartidos. Empiezo a tener la sensación de que con quince días de estado de alarma no vamos a tener suficiente para atender a todo, vamos a necesitar una prórroga de varias semanas, incluso aunque el coronavirus se haya extinguido.

Pese a lo apretado de mi agenda, he sacado un poco de tiempo para airearme y estirar las piernas haciendo una excursión al supermercado, había que reabastecer el frigorífico y la despensa. Menos mal que mañana es fiesta y estaremos algo más relajados. Bueno, en casa de la familia Borbón quizás el Día del Padre resulte un poco tenso.

martes, 17 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 5

Hoy sin poder ni tener que moverme de casa. Menos mal que setenta metros cuadrados dan para mucho si los tienes bien organizados. He pasado parte de la mañana haciendo el seguimiento de la epidemia desde mi centro de telecomunicaciones (cuarto de estar dotado de internet, telefonía fija y móvil, radio, televisión y papel de cartas). He procurado contribuir modestamente a mantener alta la moral de la población con algunos ocurrentes comentarios en las redes sociales. Luego, en mi despacho (mesa del ordenador en el cuarto de estar), he dedicado un buen rato a escribir un esclarecedor artículo sobre la falta de planificación de los riesgos epidemiológicos, espero que lo publique algún destacado medio de comunicación, y después me he dirigido a mi gimnasio (terracita cerrada donde tengo instalada la bicicleta estática) para iniciar el exigente programa de ejercicio físico que mantendré durante la cuarentena (no me gusta mucho la bicicleta estática, que es a la bicicleta lo que la justicia militar a la justicia, pero la tengo para situaciones de emergencia como esta).

También he pasado algún tiempo en el puesto de observación (terracita cerrada, junto a la bicicleta estática) vigilando lo que pasaba en el exterior. Total anormalidad. No anda casi nadie por la calle y los pocos que lo hacen van en grupos de uno, como está mandado. Lo más interesante ha sido una ambulancia, sin prioritarios, que ha estado aparcada un rato en doble fila pero sin recoger a ningún enfermo, y un tipo que ha cargado un paquete de latas de cerveza en su coche. Me da la impresión de que la mayoría de la población hemos acatado muy disciplinadamente el confinamiento domiciliario, hay gente que se encerró ya el viernes o el sábado, antes de que fuera obligatorio, y en algunos centros de trabajo los empleados se amotinan para poder recluirse en casa. Si nos lo dicen hace una semana, no nos lo creemos. Es como cuando la prohibición de fumar en los bares, que la gente pronosticaba un incumplimiento masivo y fue al contrario, desde el primer día se observó la ley y los fumadores se conformaron con salir a la calle.

Aunque no soy nada cocinillas, me gusta más comer que cocinar, también he estado trajinando en mi área de restauración gastronómica (cocina) preparando una de mis especialidades, macarrones integrales de cultivo biológico al estilo de la casa con atún claro y sofrito de tomate y ajo morado. Los he acompañado con un poco de la empanada que me traen desde Galicia (a mí y a todos los clientes de Eroski). La tarde la he iniciado en la zona de descanso (sofá del cuarto de estar) con una reparadora siesta, antes de trasladarme de nuevo al despacho para redactar esta crónica. Lo que queda del día probablemente lo dedique a actividades culturales (leer).

¿Quién dijo que estar en casa se hace monótono? Se me está pasando el día volando.

lunes, 16 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 4


Desafiando al frío, la lluvia y al coronavirus esta mañana he ido a trabajar. Hoy tampoco me he afeitado. Por un pequeño problema dermatológico no lo hago todos los días, sino de cuando en cuando, pero he pensado espaciar todavía más los rasurados porque lucir barba de unos días ofrece un aspecto muy apropiado para el estado de alarma. La imagen es importante. A la temprana hora en que acudo a mi puesto de trabajo normalmente hay todavía muy poca gente por la calle, así que hoy no he notado ninguna diferencia. Iba preparado para ser interceptado por la policía, incluso por la Unidad Militar de Emergencias que ha sido desplegada en algunas ciudades, y para explicarles en tono de complicidad que soy uno de los suyos, de los héroes a los que estos días el deber exigía salir de casa y arriesgar la salud y, quién sabe, puede que sacrificar la vida, para que los servicios esenciales no se paralicen. No ha sido el caso, no me he tropezado con ningún control. Quizás mejor, porque a diferencia de ellos yo soy de los héroes más anónimos, de los que nunca recibirán el aplauso que estos días se brinda a los sanitarios desde los balcones. No soy uno de los funcionarios a los que la sociedad admira y reconoce sus méritos: médicos, enfermeros, profesores, policías, bomberos, investigadores, astronautas. Soy de esos que los barómetros del CIS identifican solamente como “funcionarios” y valoran con una puntuación muy baja, los que trabajamos con papeles en un despacho y a los que nos imaginan todavía con manguitos y dedicados durante toda la jornada laboral a leer la prensa, tomar cafés y hacer la compra, salvo para atender puntualmente a algún ciudadano con un “vuelva usted mañana”. Sé que no contaremos con otra forma de gratitud que el magro pero puntual salario y que el ritual discurso de despedida que nos dedican cuando nos jubilamos. Nuestra labor es invisible. La mayoría de la gente cree que las nóminas de los policías son confeccionadas por un sistema informático que no precisa intervención humana, que los bomberos se llevan la manguera de casa, que no hace falta comprar las mascarillas del personal sanitario porque proceden de donaciones que hacen los ciudadanos de origen chino, que las oposiciones para el ingreso de maestros se convocan solas, que las instancias que los ciudadanos presentan a la Administración las leen los pajes que ayudan a los Reyes Magos, que los hospitales los equipa Amancio Ortega y que los impuestos necesarios para pagarlo todo se recaudan por arte de magia. Los que, entre bastidores, movemos toda la maquinaria precisa para que los servicios públicos funcionen, los burócratas, estamos condenados al menosprecio y al anonimato. No importa, nuestro sentido de la responsabilidad está mucho más allá de esas pequeñas miserias humanas.

En nuestro servicio hemos tenido una baja, un compañero está con fiebre… ya veremos si es coronavirus y si ha tenido la oportunidad de compartirlo con alguien más durante las pasadas semanas. Algún otro se ha encerrado en su despacho y ha comunicado que solo saldría de él para dirigirse al aseo provisto de guantes y mascarilla, y que aplicando las recomendaciones de las autoridades sanitarias no pensaba aproximarse a nadie ni tocar ningún expediente de papel. Yo, sin llegar a ese extremo, también he procurado limitar al máximo el contacto humano y apenas moverme de mi despacho. Aun estando separados solo por una pared, nos hemos ido comunicando por correo electrónico y hemos solicitado que nos envíen a teletrabajar, ya que en lugar del lema #EsteVirusLoParamosUnidos nos estaban aplicando el de #EsteVirusLoPasamosJuntos. Por fin, cuando llevábamos casi media jornada hecha, la superioridad nos ha comunicado que a partir de mañana podemos trabajar en casa. Las cosas de palacio…

Lo más duro de todo ha sido que, por el cierre de bares y cafeterías, no se podía tomar el acostumbrado café con pincho para el que tenemos concedidos treinta minutos de pausa en el trabajo. Después de casi cuatro décadas de experiencia laboral, a mi organismo le cuesta funcionar sin el adecuado nivel de cafeína en sangre, y lo de comer algo a media mañana lo hago por prescripción facultativa. Me he tenido que apañar comprando un café frío preelaborado, y algo de picar, en el supermercado de abajo, teniendo buen cuidado de mantener la distancia de seguridad, como reclamaban insistentemente por megafonía, y de no aglomerarme en la caja.

A partir de mañana, pues, estaré todavía más confinado en casa, salvo las salidas imprescindibles. Al menos, tendré café de verdad y, lo más importante, por fin he conseguido aprovisionarme de papel higiénico.

domingo, 15 de marzo de 2020

Escrito durante el coronavirus 3


Bueno, pues ya tenemos las normas un poco más claras, confinamiento domiciliario hasta nueva orden, con un limitado repertorio de casos en los que nos permiten salir a la calle de uno en uno. Se me despeja la duda, tengo que seguir yendo a trabajar porque, de momento, no cerramos y no hay novedades sobre la posibilidad de hacer teletrabajo. Me llena de orgullo y satisfacción que mi función sea socialmente tan importante como la de los estancos y las peluquerías, y más importante aún que la de los bares. Por cierto, lo de los estancos supongo que no es para echar la loto (¿seguirá habiendo loterías?), sino que se debe a que para los adictos a la nicotina el tabaco es producto de primera necesidad. Me inquieta pensar en lo mal que lo van a pasar los adictos a otras sustancias como la marihuana o la cocaína, en el real decreto del estado de alarma no se ha incluido una excepción para sus proveedores y los locales donde suelen ofrecer sus productos están cerrados. Se tendrán que dar al alcohol, aprovechando que lo pueden comprar en las tiendas de alimentación.

Así que el domingo lo dedico a estar en casa. Tengo la suerte de que esta crisis sanitaria me coge en una provecta edad en la que ya practicaba el confinamiento dominical muy a menudo y en que buena parte de mis aficiones son hogareñas: perder el tiempo en las redes sociales, leer, escribir, mirar las musarañas. Y tenemos internet, a Dios gracias. No quiero ni pensar qué hubiera pasado si en la epidemia de cólera del verano de 1971, además de vacunarnos, nos hubieran obligado a quedarnos en casa.

Mi mayor problema en este confinamiento obligado de, al menos, quince días, va a ser el papel higiénico. Quienes nos hemos acostumbrado a su uso regular tenemos una dependencia mucho mayor que la de los fumadores. No fui previsor y no corrí a aprovisionarme para todo el año, como parece que hicieron las personas prudentes hace ya una semana. He comprobado mis reservas y solo me alcanzan para unos pocos días más. Las últimas veces que he ido al supermercado he pensado en comprar, pero el estante del papel higiénico estaba siempre vacío. Mi única esperanza es que mañana, lunes, repongan el suministro y los imprudentes podamos abastecernos una vez que todas las personas precavidas ya tienen cubiertas sus necesidades para los próximos meses. Me sorprende que el real decreto del estado de alarma ni siquiera mencione el problema del papel higiénico, y que tampoco hayan hecho la más mínima mención de ello en sus discursos Pedro Sánchez o Pablo Casado. Muy mal.