lunes, 22 de junio de 2020

Cumpliendo años


Hace 60 años, a principios del verano de 1960, tuvieron lugar dos hechos trascendentales para la historia. Tal día como hoy, en la misma fecha aunque en miércoles, a eso de la una de la madrugada, nací yo en la Casa de Maternidad y Orfanato de Navarra, en Pamplona. Mi madre siempre recordaba que fue un día de mucho calor; este es el primer año en que no se lo oiré decir. Y según supe mucho después, por la misma época unos chicos de Liverpool que tenían un grupo de rock and roll que había ido variando de composición y de nombre (The Blackjacks, The Quarrymen, Johnny and the Moondogs, Beatals, The Silver Beetles, The Silver Beatles), decidieron bautizarlo definitivamente como The Beatles. En agosto ficharon un batería, Pete Best, por aquel entonces eran solo cuatro guitarristas (John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Stuart Sutcliffe), y con su nuevo nombre se fueron a tocar a un club de Hamburgo. Así empezó una meteórica carrera hacia la fama que duró diez años (por el camino Stuart Sutcliffe dejó el grupo y a Pete Best lo echaron y reemplazaron por Ringo Starr). Yo he durado algunos años más.

En fin, que ya puedo decir, como Serrat, que fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys.


sábado, 20 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus y 85


Aquí pongo punto final (“punto y final” escriben muchos tarugos, algunos hasta con título de periodista”) a esta serie de desahogos escritos durante el coronavirus. Sí, ya sé que el SARS-CoV-2, el coronavirus que nos atosiga, no se ha ido, ni se irá, tenemos que convivir con este y con muchos otros virus. La guerra no ha terminado, pero llegamos al final de una etapa. Tras muchas semanas de encierro domiciliario, y otras cuantas de desconfinamiento progresivo, mañana salimos del estado de alarma, entramos en el verano y recuperamos buena parte de la vida normal, la “nueva normalidad” le ha llamado el Gobierno, que es solo una normalidad parcial a la que le faltarán algunas cosas. Como escribió hace muchos años Gregorio Marañón, que ya utilizó la expresión “nueva normalidad” en su libro Climaterio de la mujer y el hombre (1937), una vez pasada la crisis menopáusica no siempre se restablece el equilibrio circulatorio, a menudo las arterias y el corazón quedan resentidos.

Nunca me he creído lo de que íbamos a salir mejores de esto. Vamos saliendo más o menos igual que entramos. Podemos parafrasear aquello de quod natura non dat, Salmantica non præstat. Tampoco salimos más unidos, sino igual de divididos y enfrentados que antes en este país que sigue siendo igual de cainita, sectario e intolerante. No sé si habremos aprendido algo. Yo más bien poco, aunque sí me ha servido la experiencia para recordar cosas de esas que todos sabemos pero que tendemos a olvidar o ignorar con las prisas cotidianas y con el ruido y la furia en que dejamos que se convierta la vida. Que todo es provisional y todos somos interinos en este mundo, que cada día tiene su afán y que carpe diem, que las cosas más importantes, como decía el principito de Saint-Exupéry, son invisibles a la vista, que mientras podamos hay que disfrutar de las cosas simples que dan sentido a la existencia, como poder charlar y reír tomando unas cañas con unos amigos en una terraza, o poder pasear sin temores por el campo un día de primavera, que nada sería soportable sin sentido del humor, aunque a veces haya que hacerlo negro, y sin música, y que All You Need is Love, que cuando te falta hay gente a la que echas de menos y otra gente a la que no echas nada de menos, que el dinero no siempre está mejor en tu bolsillo y que merece la pena poner fondo para pagar algunas cosas en común que no podríamos mantener de forma individual (sí, me refiero a los impuestos y a un sistema sanitario público y universal), que en las crisis salen a la luz lo mejor y lo peor de las personas, y hay mucho de ambas categorías, y que es mejor dedicar el tiempo a leer que a ver la televisión.

Feliz verano.


miércoles, 17 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 84


Pese a los agoreros, que siempre están de guardia, parece que la cosa va moderadamente bien. Cuando se permitió la vuelta al trabajo de los sectores económicos no imprescindibles, después del parón obligatorio de Semana Santa, ya dijeron que era una irresponsabilidad que nos llevaba a la catástrofe. Cuando se permitió que salieran a pasear los menores de edad acompañados, a finales de abril, se auguró que debido a la irresponsabilidad de padres e hijos aquello iba a degenerar en un repunte de la epidemia. Cuando nos dejaron salir a pasear al resto de la población, volvieron a vaticinar que aquello iba a acabar en desastre. Cuando permitieron la apertura controlada de la hostelería, primero en terrazas, y del comercio, volvimos a oír a los profetas del apocalipsis amenazar con una hecatombe. Cuando hemos ido pasando de la fase 0 a la fase 1, de la fase 1 a la fase 2, de la fase 2 a la fase 3, ha habido gente que ha pronosticado la marcha atrás de la desescalada y la vuelta al confinamiento duro en pocos días debido a lo irresponsable que es la mayoría de la población y a que pronto se multiplicarían los contagios.

Soy consciente de que la epidemia no ha pasado, el riesgo se mantiene, el coronavirus está al acecho y nos quedan meses o años de seguir aplicando estrictas medidas de seguridad e higiene para evitar la repetición de la situación que hemos vivido en las últimas semanas. No excluyo que haya repuntes, como sucede ahora mismo en China. Pero no soy alarmista, creo que las medidas que se han adoptado, en este y en la mayoría de los países tras el desconcierto inicial y los notorios errores cometidos, han sido razonables y eficaces. La mayoría de la población ha acatado disciplinadamente el confinamiento y el resto de medidas que nos han impuesto; ha habido una amplia minoría que se ha pasado las precauciones por el arco del triunfo y ha hecho de su capa un sayo, pero minoría al fin y al cabo, como sucede siempre con cualquier norma legal o social de convivencia.

En Navarra, la macabra contabilidad de muertos, contagiados e ingresados en la UCI que nos ha acompañado tantas semanas ha abandonado las portadas de los periódicos. Llevamos tres días sin ninguna muerte, dos días sin ningún nuevo caso y un tercer día con un solo caso nuevo. Esto no ha acabado, lo repito, habrá todavía nuevos contagios y algunos muertos más por coronavirus. Pero es obvio que las medidas han funcionado y la epidemia está, por el momento, controlada. No hay que relajarse, pero tampoco vivir en la angustia continua. Hay que mantener la prudencia, pero ya podemos respirar e intentar hacer la vida más normal posible dentro de las medidas de seguridad e higiene establecidas.

En Pamplona el debate ahora se centra en los no-sanfermines, en qué sucederá entre el 6 y el 14 de julio. Yo ya he anunciado aquí que soy de los irresponsables que piensan salir a comer, a cenar, a beber. Lo hago desde que reabrió la hostelería y espero hacerlo, no solo en sanfermines, sino durante todo el verano y más allá. Acatando las normas, guardando las distancias, con la mascarilla puesta cuando sea obligatorio (cuando no lo sea, no) y con las manos bien limpias. Quizás porque soy de esos irresponsables, los que me parecen irresponsables son otros. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Pamplona. No quiere organizar actividades esos días no-sanfermineros, pero ha tentado a asociaciones vecinales a que lo hagan ellas, no quiere permitir que se instalen mesas para comer en la calle, como es costumbre en fiestas, no quiere que salgamos a la calle, pero ha dado fiesta a sus empleados el 7 de julio (que oficialmente es laborable en Pamplona) y el alcalde ha anunciado que quiere asistir oficialmente a la misa de San Fermín. Me parece que está haciéndolo todo al revés. Ya que no hay sanfermines, debiera plantearse organizar actividades, no solo del 6 al 14 de julio, sino durante todo el verano, sin esperar a ver qué hacen otros, sino asumiendo el liderazgo. No estamos confinados y los vecinos vamos a salir a la calle, vamos a aprovechar el buen tiempo mientras podamos, no por vicio sino por salud mental, así que el Ayuntamiento debiera ser el primer interesado en darnos alternativas, en ofrecernos actividades bien organizadas y seguras, descentralizadas por toda la ciudad para que no formemos aglomeraciones, adecuadas a las circunstancias que vivimos. Como es más seguro estar al aire libre que en espacios cerrados, el Ayuntamiento no debiera prohibir sino promover que se instalen mesas para comer en la calle, y bares al aire libre, y todo tipo de actos al descubierto. Si no quiere gente por la calle, que no dé fiesta a sus empleados el 7 de julio (por cierto, el Gobierno de Navarra ha decidido no modificar el calendario laboral y mantenernos a sus empleados con destino en Pamplona de fiesta desde el 6 de julio a las 12:00 hasta el domingo 12 de julio; ¿no se les ha ocurrido ni al Gobierno ni al Ayuntamiento que esa es una medida que nos impulsa a los empleados públicos a salir esos días a la calle?). Si no quiere fiesta, que el alcalde no dé el mal ejemplo de ir a ningún acto festivo.

En fin, los augures locales ahora están en su salsa pronosticando que van a ser los no-sanfermines la causa de un violento rebrote de la epidemia en Pamplona. Pese a que parece que nuestras autoridades colaboran en darles la razón, yo confío en que, como con cada uno de los pasos que hemos ido dando en los últimos meses, se equivoquen.


lunes, 15 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 83


Última semana ya de estado de alarma, y la que viene llegamos al estado de nueva normalidad. Bueno, el que fuera normal antes, supongo que para los demás será la nueva anormalidad. Las noticias son buenas, ayer en Navarra fue el día cero, cero casos nuevos, cero ingresados y cero muertos por coronavirus.

Tengo un mensaje para Esteban. No tengo ni idea de quién es Esteban, pero el mensaje me ha aparecido en el correo electrónico, concretamente en la carpeta que se llama “correo no deseado” (alguna vez he mirado si se le puede cambiar el nombre por algo como “intentos de timo” o “mensajes del frenopático”, pero no). Lo habitual es que los mensajes que me aparecen estén dirigidos a mí, con mi nombre de pila, aunque sea de gente a la que no conozco de nada. Hoy mismo tengo otro mensaje, parecido al que recibo últimamente casi todos los días, cuyo asunto reza así: “Miguel, paquete retenido en terminal”. No sé en qué terminal retienen el paquete, que siempre es igual, un teléfono ganado en un concurso, a veces me lo envía Amazon, a veces Top Electronics April, y me invitan a pagar el porte haciendo clic en un enlace. Ya sé que es una increíble suerte ganar un teléfono todos los días en un concurso, pero como ya tengo teléfonos de sobra, un móvil, un móvil antiguo de repuesto, y un fijo, me da pereza y no lo recojo. Tampoco he respondido al mensaje que decía “Hola Miguel. Para mantener a las personas en el interior, estamos regalando 6 meses de transmisión a las primeras 500 personas”, y que me ofrecía una suscripción a Netflix. No he querido desengañarles de que no soy una de las primeras 500 personas que buscan. Más cariñosos son los de Coinmarket Traders Inc., que me escribían hace poco: “Querido Miguel: Este es un mensaje de servicio para informarle que su pago ha sido confirmado. El monto total está disponible en la billetera de su cuenta. Vaya a su cuenta para ver sus fondos disponibles. Monedero de cuenta: €8.941,01 (1.12 BTC)”. En cambio, los del Grupo Banipol que me escribieron para ofrecerme un inversor/financiero o un préstamo, empezaban con un “Estimado señor o señora”, no tenían muy claro mi sexo. En fin, hasta ahora estaba convencido de que todos esos mensajes eran para mí, pero el de hoy tiene como asunto “Esteban, Has sido aprobado para comerciar Bitcoin” y empieza con un cordial “Hola Esteban”. Está claro que este mensaje, y la oferta de hacerme rico, una vez más, invirtiendo en criptomonedas, no es para mí, sino para un tal Esteban, y me surge la duda de si otros mensajes que recibo no serán también fruto de un equívoco y, en realidad, dirigidos a otras personas. Por ejemplo, el que me envió Alexandre Denizot, que no llevaba nombre alguno de destinatario, y que tras informarme de que sufría “una Garganta Terminal de Cáncer” me ofrecía una donación de 3.700.000 € para ayudar a los pobres. Quizás el Grupo Banipol busque a un señor o señora que no soy yo (si buscan una señora, seguro que no). Pero incluso esos teléfonos que se quedan en la terminal pueden ser para otro Miguel que no soy yo, Miguel es un nombre muy usual. En fin, voy a comprobar si recibir mensajes para otra persona y no dar cuenta al remitente de su error, o a las autoridades, o a alguien, puede ser un delito o una infracción administrativa. A ver si la terminal va a quedar colapsada por mi culpa, por los paquetes que nadie recoge porque mi carpeta de correo no deseado está haciendo de tapón. Como si el comercio internacional no tuviera suficientes problemas ya.

Por favor,  si alguien sabe quién puede ser Esteban, que se ponga en contacto conmigo.


domingo, 14 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 82


Aunque ya hace semanas que nos permiten viajar por la provincia, no me había alejado de la cuenca de Pamplona hasta ayer. El paseo sabatino fue en el Baztan, en un lugar que no conocía, entre la Etxebertzeko Borda y el Infernuko Errota (molino del infierno). Se llega después de recorrer una veintena de kilómetros desde Oronoz hacia el norte por carreteras de montaña, que en realidad son antiguos caminos de herradura asfaltados u hormigonados que comunican los caseríos dispersos allá arriba. Hoy muchos de ellos se han reconvertido en casas rurales y restaurantes. Los paisajes son preciosos, el número de turistas no excesivo dado lo remoto del lugar y, tras el paseo, se puede comer estupendamente en la Etxebertzeko Borda. La tranquilidad está asegurada porque ni siquiera hay cobertura telefónica, así que nadie te puede molestar con llamadas o mensajes. Y más que palabras, mejor pongo unas imágenes…















viernes, 12 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 81


Volvemos a tener problemas con el cero. Pasó ya a lo grande cuando cambiamos de siglo y de milenio. Hay mucha gente ignorante de que no ha existido el año 0, porque los romanos no conocían el cero y tuvimos que esperar a que lo trajeran a Europa los árabes, que lo aprendieron de los indios, y de que el primer año de nuestra era fue el 1. Así que muchos creen que el primer año del milenio fue el 2000, cuando en realidad fue el 2001. Y también nos vuelven a dar la matraca con los cambios de década, hace unos meses hubo también muchos tarugos empeñados en decir que este año 2020 es el primero de la tercera década del siglo, cuando en realidad es el último de la década que va de 2011 a 2020, el primero de la tercera década, que irá de 2021 a 2030, será el próximo.

Y ahora tenemos montado el lío de cuándo acaba el estado de alarma. Y todo porque el Gobierno se ha empeñado en iniciar las prórrogas del estado de alarma a las 0:00 horas. Originalmente el estado de alarma,  mediante Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, se inició el mismo día 14 de marzo con la publicación en el BOE y por plazo de quince días, es decir, hasta el 28 de marzo. Por Real Decreto 476/2020, de 27 de marzo, se aprobó la primera prórroga hasta las 00:00 horas del día 12 de abril de 2020, y luego se ha seguido esta práctica cada catorce días, hasta llegar a la sexta y última prórroga desde las 0:00 horas del día 7 de junio hasta las 0:00 horas del día 21 de junio de 2020.

El caso es que mucha gente oye lo de que el estado de alarma acaba el 21 de junio y dice que el 22 de junio ya podremos viajar porque estaremos en la nueva normalidad. En realidad, estaremos sin estado de alarma desde el 21 de junio a las 0:00:01 horas. Pasado un segundo de la medianoche entre el sábado 20 y el domingo 21, ya no estaremos en estado de alarma y podremos empezar a viajar fuera de nuestra comunidad autónoma. Lo normal cuando se indican plazos es decir que acaban tal día, por ejemplo, el 21 de junio, y considerar que ese día es el último del plazo y que comprende sus 24 horas, con lo cual el plazo finaliza al acabar el día. En este caso se ha preferido señalar las 0:00 horas, y se ha generado la confusión.

En resumen, queridos conciudadanos navarros: el domingo 21 ya podemos ir a la playa. Aunque haga malo.



jueves, 11 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 80


Estoy muy preocupado, sobre todo como escritor, que lo soy a ratos. HBO Max, un servicio de vídeo por internet, ha retirado temporalmente de su catálogo Lo que el viento se llevó, y ha anunciado que volverá con un cartel que explique su contexto histórico y que representa algunos de los prejuicios étnicos y raciales que han sido habituales en la sociedad americana. Por lo visto, los clientes de ese servicio, entre los que no me encuentro, son tan incultos que hay que explicarles que cualquier película es fruto de su tiempo y refleja la mentalidad de su época y de sus creadores. Debe de ser gente que no ha pasado por la escuela o, si ha pasado, no ha aprendido nada. Supongo que tendrán que hacer lo mismo con todas las películas y series de televisión que emitan. Explicar que cuando se ve a Charlton Heston separar las aguas del Mar Rojo en Los diez mandamientos no se está narrando un hecho histórico sino una bonita alegoría sobre los orígenes del pueblo hebreo y su huida de Egipto. Explicar que Vito Corleone y los suyos no eran simples hombres de negocios, como repiten varias veces en El padrino, sino mafiosos, y que dejar cabezas de caballo cortadas en la cama de alguien a quien se quiere amenazar no es una práctica empresarial recomendable. O que las imágenes de Errol Flynn corriendo el encierro en Fiesta/The Sun Also Rises no están filmadas en Pamplona sino en Morelia, México, y que no es nada recomendable correr delante de los toros mientras se bebe vino de una bota. Hay que proteger a quienes ven HBO Max de su propia incultura y estupidez.

También cuentan que, a raíz de las protestas contra el racismo que han estallado estos días tras la alevosa muerte de George Floyd (protestas que comparto), los creadores de la serie Friends han pedido disculpas por no haber incluido mayor diversidad racial. Y que critican al difunto J. R. R. Tolkien por racista y machista, ya que en la saga de El señor de los anillos hay demasiados hombres blancos. Supongo que es cuestión de tiempo que a Tolstoi le reprochen que en sus novelas hay demasiados rusos.

Hago examen de conciencia y he de admitir que, quizás, yo también haya pecado. En las tres novelas que he publicado hasta ahora todos los personajes son blancos, no me he preocupado de introducir afrodescendientes o asiáticodescendientes. No se me ocurrió que pintaran nada en una novela ambientada en Pamplona hace pocos años cuyos protagonistas son gente adulta de Pamplona, nacida antes de que hubiera una emigración considerable de otros continentes. Tampoco puse diversidad racial en una novela ambientada en Madrid en 1849, me dejé llevar por la idea de que entonces por allí no habría apenas magrebíes ni subsaharianos. Y tampoco introduje diversidad racial en otra novela que salta entre los años treinta del siglo XX y la actualidad en Andorra y España. A ver si me corrijo en mis próximas novelas, si es que publico alguna, que la cosa está muy difícil, y equilibro un poco mis personajes, distribuyéndolos entre todas las razas y todos los continentes. También entre todas las orientaciones sexuales, ideologías políticas y lenguas maternas. Afortunadamente, sí que he puesto mujeres en mis novelas, incluso con algún papel relevante.

Pero lo que realmente me quita el sueño es pensar cómo juzgarán mis obras dentro de muchos años, o muchos siglos, caso de que no hayan acabado en la hoguera o en la planta de reciclaje de papel. Si las generaciones futuras son como los clientes de HBO Max, necesitarán que les expliquen que son libros escritos en una determinada época, con un determinado punto de vista y que reflejan unos determinados valores. Quizás, en el futuro, los valores cambien y mis futuros lectores no advertidos se horroricen con personajes que viajan en vehículos privados que utilizan combustibles de origen fósil; o que van a ver espectáculos taurinos; o que comen carne; o que no reciclan sus residuos orgánicos en su propio huerto urbano; o que es gente que nunca ha viajado al espacio; o que no llevan en su móvil una app de prevención del COVID-80. Quizás tenga que ir incluyendo ya en todo lo que escriba una petición de disculpas a todo lector del futuro que se sienta molesto por algo.

Estimado lector del futuro: esto está escrito en junio de 2020 con las limitaciones y los bárbaros valores de esta época. Disculpe las molestias.


miércoles, 10 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 79


Hoy viene en el BOE el Real Decreto-ley 21/2020, de 9 de junio, con las medidas contra la COVID-19 que regirán en los próximos meses, una vez finalizado el estado de alarma, en lo que se ha llamado oficialmente la “nueva normalidad”. Seguiremos con la mascarilla puesta cuando no sea posible mantener la distancia de seguridad interpersonal de, al menos, 1,5 metros. Ayer, nada más comunicarse que la distancia se reducía de dos metros a metro y medio, las redes sociales se llenaron de comentarios indignados por una medida que, decían los comentaristas, no obedecía a criterios científicos sino políticos, a un pacto del Gobierno con Ciudadanos.

A mí me parece bien el cambio. Y me parece normal que sea fruto de una decisión política. El conocimiento científico es una cosa muy importante y uno de los grandes logros de la humanidad, pero no caigamos en la superstición de la ciencia, como si fuera capaz de decidirlo y de resolverlo todo. La ciencia no ofrece un criterio único, fijo, indiscutible y fiable para establecer la distancia interpersonal de seguridad en una cifra determinada. Lo único que nos indican los científicos, y el sentido común, es que a mayor distancia interpersonal, menor posibilidad de contagio del coronavirus ya que su vehículo de transmisión son las gotitas que todos emitimos por la boca o la nariz al hablar, al toser, al estornudar. A dos metros, más improbable que nos lleguen gotitas ajenas que a un metro de distancia; a tres, todavía más, y así sucesivamente. Pero no hay una cifra mágica que garantice el 100 % de seguridad, como tampoco hay una que implique un 0 % porque, además de la distancia, hay muchos otros factores que contribuyen a aumentar o reducir el riesgo: estar en movimiento o no (algún estudio dice que las personas andando pueden proyectar sus gotitas hasta a cuatro metros de distancia), la carga vírica, el viento, las toses y estornudos, el volumen al que se habla, estar en un local cerrado o al aire libre (hay un estudio según el cual el riesgo de infección es 19 veces superior en local cerrado), la ventilación de un local cerrado, el tiempo de exposición.

La ciencia no ha fijado una distancia mínima, se limita a indicar que, cuanto más lejos, más seguridad. Y por ello se han establecido distintas cifras. La OMS y otras organizaciones internacionales (vgr. Organización Panamericana de la Salud) recomiendan la cifra mínima de un metro, que ha sido adoptada por diversos países: Dinamarca, China, Francia, Singapur. En Corea del Norte la fijan en 1,4 metros; la Agencia de Seguridad Aérea de la UE, Alemania, Italia, Países Bajos, Portugal, Bélgica o Australia en 1,5 metros; Estados Unidos en 1,8 metros (6 pies); Argentina, Canadá y Reino Unido en 2 metros. Hay que recalcar que se está hablando siempre de una distancia mínima que se recomienda o que, en muchos casos, se hace obligatoria.

Decidir cuál es esa distancia mínima obligatoria es una decisión política, en el buen sentido de la palabra, no en el sentido que a veces se le da de algo perverso e inconfesable. La política consiste en tomar decisiones intentando conciliar los diversos intereses que siempre están en juego y que, a menudo, resultan contradictorios. Casi siempre, una decisión política es una decisión de compromiso, ponderando diversos valores y diversos riesgos. En este caso, el criterio científico solo indica que, cuanto más lejos, mejor. Pero ese criterio no sirve para adoptar una distancia mínima obligatoria, hay que combinar la necesidad de mantener la distancia con la necesidad de mantener las actividades sociales y económicas. Fijar una distancia mínima obligatoria de veinte metros sería muy seguro pero irrealizable, supondría paralizar toda la vida social y nos abocaría a la extinción lenta pero segura del género humano. La experiencia común nos dice que esa distancia tiene que estar entre esos uno o dos metros en los que se mueven todos los países. Y hay que optar, más hacia el metro, más hacia los dos metros.

A mí, personalmente, me parece bien el metro y medio por razones prácticas. Llevamos ya muchas semanas con la regla de los dos metros. ¿La cumplimos? Me da la impresión de que no, y de que no la cumpliríamos en la “nueva normalidad” en la que las interacciones sociales se van a incrementar. Dos metros entre dos clientes en la misma barra del bar es una enormidad; dos metros en la cola para entrar al supermercado también. En esos casos no es razonable exigir que vayamos todos con un metro para medir constantemente la distancia. Solemos fijar esas distancias de forma intuitiva, colocándonos donde nos sentimos seguros, y creo que ya lo hacemos aproximándonos más al metro o metro y medio que a los dos metros.

Creo siempre preferible establecer una norma que sea posible cumplir a una norma teóricamente perfecta que no se cumpla, algo tan habitual en nuestro país, donde el respeto por la ley no es un valor muy asentado. Quizás haya países donde sean capaces de mantener los dos metros de distancia. Por razones culturales, geográficas y urbanísticas, creo que entre nosotros es más razonable el metro que los dos metros. Así que demos por bueno el metro y medio.


martes, 9 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 78

Qué difícil encontrar palabras que describan bien, con precisión, lo que queremos decir. La mayoría de las palabras que utilizamos son equívocas, ambiguas, pueden referirse a significados distintos, a veces se nos quedan cortas para nombrar todo lo que queremos nombrar, a veces van más allá de lo que queremos designar. Dependiendo de quiénes sean nuestros interlocutores, puede que comprendan lo que queremos decir, puede que entiendan otra cosa, puede que no entiendan nada, quizás tengamos que embarcarnos en largas explicaciones y quizás todo finalice en un enojoso debate semántico o filológico. 

Toda esta reflexión viene a cuento de una palabra que he descubierto en los últimos días a causa de las noticias sobre la muerte de George Floyd en Mineápolis a manos, o rodillas, de un policía, y de las movilizaciones antirracistas producidas en todo el mundo. Afrodescendiente. Me he enterado de que ese término, afrodescendiente, se adoptó en la Conferencia Regional de las Américas, celebrada en diciembre de 2000 en Santiago de Chile para preparar la III Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia que se celebró en Durban, Sudáfrica, en 2001, y que las Naciones Unidas han declarado la Década Internacional de los Afrodescendientes​ 2015-2025 bajo el lema "Reconocimiento, Justicia y Desarrollo". Inicialmente esta denominación se adoptó para reconocer a las personas descendientes de los pueblos africanos llegados al continente americano en la época colonial a través de la trata de esclavos, una ampliación del vocablo “afroamericano” al que estamos acostumbrados por las películas y series de televisión estadounidenses que lo utilizan para no decir “negro”, que se ha vuelto una palabra malsonante. Siempre me ha parecido hipócrita lo de afroamericano, se evita decir negro pero se sigue diciendo blanco, como si lo negro fuera malo y lo blanco no, y a los blancos no se les llama “euroamericanos”, que sería lo propio, sino simplemente “americanos”, sugiriendo que no necesitan mayor precisión porque son “normales”. En España veo que también hay asociaciones y colectivos que se reclaman como afroespañoles y afrodescendientes. En fin, me parece bien lo de afrodescendientes en cuanto que sirva para luchar contra la discriminación y la exclusión social de los descendientes de antiguos esclavos africanos, y también de los emigrantes y descendientes de emigrantes africanos que han llegado y llegan a otros continentes arrojados de sus países de origen por la pobreza, el hambre o las guerras. Pero me incomoda un poco lo nebuloso del concepto “afrodescendiente”. En realidad, todos los seres humanos somos afrodescendientes, parece ser que el homo surgió hace dos o tres millones de años en los alrededores de Etiopía y que nuestros antepasados salieron de África para extenderse por otros continentes. Pero sin irnos a la Prehistoria, es bastante posible que todos los habitantes de la península Ibérica tengamos, en mayor o menor proporción, algo de sangre árabe o beréber, que entre nuestros antepasados haya alguno de los moros que cruzaron el estrecho de Gibraltar con Táriq ibn Ziyad, con los almorávides de  Ibn Tašufín o con los almohades de Abd al-Mumin. Los africanos que hoy llegan a Europa son, simplemente, parientes nuestros que emigraron más tarde. Así que, al hablar de afrodescendientes, no pensemos que nosotros no lo somos, que somos distintos.

lunes, 8 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 77



Parece claro que este va a ser el año sin fiestas, sin toros, sin procesiones… Pero, gracias a Dios, no va a ser el año sin fútbol. Este jueves se reanuda la Liga. Han sido casi tres meses de síndrome de abstinencia y se nota. La sociedad está muy crispada, no hay más que darse una vuelta por los medios de comunicación y por las redes sociales. La gente se ha tranquilizado un poco cuando ha podido salir a pasear, y a beber cañas en una terraza, y cuando se han abierto los centros comerciales. Pero la droga de verdad, la droga dura, es el fútbol, y vuelve ya. Con el público confinado detrás de la pantalla del televisor, sí, con equipos que jugarán en estadios en obras, como Osasuna o el Real Madrid, con un calendario y unos horarios todavía más extraños que antes, de modo que ningún televidente se escape. Pero fútbol al fin. A mí no me entusiasma el fútbol, ni ningún deporte televisado, ni la televisión, así que poco me va a cambiar las costumbres, pero me alegro infinito de la vuelta del fútbol por el efecto terapéutico que puede tener sobre la salud mental de la población. No espero curación de sus males pero, al menos, que esté controlada y los síntomas más agudos mitigados. A falta de tratamiento efectivo contra el coronavirus, al menos cuidados paliativos a nuestro desquiciamiento colectivo.


domingo, 7 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 76


Esta semana me han acabado de extraer todas las muelas del juicio, puede que mi juicio haya quedado afectado y que mis opiniones resulten todavía menos juiciosas que antes. Disculpen, en su caso, las molestias. He consultado la posible existencia de literatura científica al respecto, pero lo único que he sacado en claro es que, según la teoría evolutiva, las muelas del juicio tienen tendencia a desaparecer en un futuro de la especie humana, no sirven más que para dar problemas y hay personas que carecen de ellas. Así que he dado un paso rápido para ser un ser humano más evolucionado que otros.

Faltan unas horas para entrar en la fase 3, y solo dos semanas para que finalice el estado de alarma y el confinamiento provincial, salvo que el Gobierno de Navarra lo adelante una semana, si las cosas van bien, y entonces desde la semana próxima ya podremos visitar a nuestros vecinos, sobre todo a los que nos hacen el favor de cuidar nuestras playas en el Cantábrico. Y falta un mes para los no-sanfermines de este año, que van a ser raros, aunque todavía no sabemos cómo van a ser exactamente. Sabemos que habrá Vísperas y Misa de San Fermín en la capilla del santo en la iglesia de San Lorenzo, con aforo limitado, y una “procesión inversa” en la cual la imagen del santo morenito no saldrá a la calle pero la gente podrá desfilar ante ella. No habrá “el Chupinazo” en la Casa Consistorial, pero no me sorprendería que haya muchos chupinazos por toda Pamplona cuando llegue el mediodía del día 6. Supongo que habrá gente por la calle, no sé si vestida de blanco y rojo, bebiendo y comiendo, la mayoría adoptando las medidas de seguridad e higiene de la “nueva normalidad” que todavía no están aprobadas, pero que seguramente esta semana próxima podremos leer en el BOE. Una minoría, como pasa ahora, ignorará olímpicamente toda precaución y hará lo que le dé la gana provocando una avalancha de agrias premoniciones por parte de los profetas de guardia sobre el inevitable rebrote de la epidemia y la vuelta al confinamiento general, premoniciones que ya se hicieron cuando nos dejaron salir de casa a pasear o a las terrazas y que parece que, de momento, no se han cumplido. Como a partir de mañana pueden reabrir peñas y sociedades gastronómicas, supongo que las que suelen tener una presencia activa en los sanfermines también harán cosas en los no-sanfermines de este año.

Hay un par de disposiciones de la fase 3 que me parecen completamente desacertadas. Lo de las discotecas, que se pueden abrir pero “cuando existiera en el local un espacio destinado a pista de baile o similar”, como si pudiera existir una discoteca sin pista de baile, no puede utilizarse como pista de baile y se pueden poner mesas. Yo he sido usuario muy esporádico de discotecas, solo en situaciones de necesidad, y además de los que ha hecho más uso de la barra que de la pista de baile, pero abrir una discoteca sin pista de baile es como abrir un cine sin proyector ni pantalla, o abrir un restaurante sin cocina. Me parece más acertada la intención que ha anunciado el Gobierno de Navarra de retrasar la apertura de discotecas en nuestra comunidad. También me parece una completa melonada lo de los espectáculos taurinos, se pueden abrir las plazas de toros pero siempre que “no se supere la mitad del aforo autorizado, y en todo caso, un máximo de ochocientas personas”. El Gobierno de Navarra anuncia que reducirá el aforo a cuatrocientas personas, como en la fase 2. Es obvio que no se va a abrir ninguna plaza porque ese aforo es ridículo, no va a compensar económicamente. Sería preferible que las autoridades digan que este año no va a haber temporada taurina y que los aficionados tenemos que esperar a la de 2021. Pero, bueno, a lo mejor personas con todas sus muelas del juicio tengan mejor criterio que yo.


viernes, 5 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 75


Cuando se concede un premio, sea artístico, científico, humanitario, profesional, se persigue honrar tanto a quien lo recibe como a quien lo concede. El empresario sueco Alfred Nobel hoy solo sería conocido en el sector de los explosivos si, además de inventar la dinamita, no hubiera establecido la fundación y los premios que llevan su nombre. Por eso hay que tener mucho cuidado con los destinatarios de los premios, porque una mala elección deshonra también a la persona o a la institución que lo concede. Es lo que sucede con el Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2020 concedido a los sanitarios españoles en primera línea contra la COVID-19. Estos premios, como la Fundación Princesa de Asturias (antes Príncipe de Asturias), se crearon para prestigiar a la monarquía española. Quizás a alguien se le ocurrió que era buena idea, con tal fin, premiar este año a los sanitarios. Que se merecen cualquier premio está fuera de toda duda. Pero teniendo en cuenta la situación que atraviesa la política española y, en particular, su monarquía, pienso que la ocurrencia supone pegarse un tiro en el pie. Nada más anunciarse la concesión, ya ha saltado la polémica. Algunos sanitarios han impulsado una iniciativa para rechazar el premio. Seguro que muchos otros estarán encantados de recibirlo, pero que haya discordia y división no beneficia al premio ni a sus patrocinadores ni, por supuesto, a la monarquía, que no pasa por su mejor momento. Dicen algunas encuestas que ahora mismo en España hay mayoría a favor de prescindir de ella e instaurar un régimen republicano. Es de suponer que entre los sanitarios españoles también habrá unos a favor de la monarquía y otros a favor de la república. En esas condiciones, es muy probable que fuera más prudente por parte de la Fundación Princesa de Asturias y de la Casa Real no hacer ruido y no dar premios que vayan a sembrar la trifulca. Resulta más adecuado otorgar galardones como el de las Artes recién anunciado, a Ennio Morricone y John Williams, más que merecido y que nadie va a criticar.

Ayer, en una reunión de escritores, en una terraza y con unas cañas de por medio, para resolver los problemas del mundo (¿han notado ya la mejoría?) comprobé que la mía no es una opinión aislada, que hay mucha gente que la comparte. En la Casa de su Majestad el Rey (Casa Real más popularmente) hay un topo republicano que conspira hace años para acabar con la monarquía desde dentro. Y lo hace con gran éxito. No puede tener otra explicación la cantidad de despropósitos que han tenido como protagonistas a los miembros de la real familia en las últimas décadas, desde las aventuras de los reales yernos hasta los manejos financieros y de alcoba del rey emérito. La popularidad de la monarquía ha caído tanto que hace años que el Centro de Investigaciones Sociológicas, CIS para los amigos, se cuida mucho de preguntar por ella. ¿Quién es el topo? Ayer señalamos a varios sospechosos. Puede ser alguno de esos altos funcionarios que, oficialmente, trabajan para el rey, el jefe de su Casa, el secretario general, el jefe del cuarto militar, el jefe de Protocolo, el director de Comunicación, todos ellos tan aparentemente fuera de sospecha como, en su día, Kim Philby, Günter Guillaume o Bill Haydon. Pero podría ser la mismísima reina Letizia, muy poco monárquica cuando era una simple periodista, y que muy hábilmente podría haber engañado a todo el mundo, empezando por el entonces príncipe y ahora rey, para infiltrarse dentro de la familia real y poder hacer una labor de zapa similar a la que hizo Maria Antonieta con la monarquía francesa. Incluso, hemos barajado esta posibilidad que no es irrazonable, el topo puede ser el propio rey Felipe, más que harto del papel que le ha tocado desempeñar solo por haber nacido en la familia que le cayó en suerte, y que quiere jubilarse mucho más joven que su padre y en mejores condiciones. Todo podría ser.


jueves, 4 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 74


Algunos conspiranoicos andan denunciando que el Gobierno está ocultando una parte de los muertos ocasionados por el coronavirus. Abona su teoría cierto caos estadístico en el cual las cifras suben, bajan, se revisan, se corrigen, y en el que no siempre coinciden las cifras del Ministerio con las de las comunidades autónomas. Siempre que alguien invoca una teoría de la conspiración, yo le suelo contraponer la teoría de la chapuza, que en mi opinión suele explicar mucho mejor las cosas que pasan. Los seres humanos no somos tan listos como para montar elaboradas conspiraciones donde todo está previsto y donde se pueden borrar todas las huellas. Tenemos tendencia a la estupidez, al error y a la improvisación. Por otro lado, la realidad suele ser algo muy complejo y que algo no nos cuadre no suele querer decir que hay alguien con oscuras intenciones detrás, simplemente que hay algo que se nos escapa.

Me temo que los conspiranoicos ven demasiada televisión, o se creen demasiado de lo que ven en las series televisivas. Piensan que los organismos públicos tienen unas enormes bases de datos donde está todo recogido, que es posible meter el nombre del sospechoso en el ordenador y que, ipso facto, aparezca en la pantalla su foto y sus antecedentes; o que pidamos una prueba de ADN y en cinco minutos una máquina nos dé el resultado, después de comparar la muestra con todos los perfiles de ADN del mundo; o que si vas al ayuntamiento puedes obtener los planos del edificio del banco que vas a atracar, donde tienes señaladas hasta las alcantarillas por la que entrarás y saldrás y el grosor del acero de la cámara de seguridad.

La vida real es diferente. Ni las administraciones públicas ni las empresas privadas tienen todos los datos, ni los tienen perfectamente ordenados. Con mucha frecuencia hay datos parciales, desorganizados, contradictorios. ¿Cuántos asesinatos cometió ETA? La respuesta correcta es: ochocientos y pico. Nadie lo sabe con certeza, según a qué fuente acudamos nos dará una cifra distinta. La más repetida es la de 829 víctimas, que proporcionó hace años el Ministerio del Interior, es la que nos da la Wikipedia. El Gobierno vasco recoge 849. La Oficina de Asistencia a las Víctimas del Terrorismo, que depende del Ministerio del Interior, revisa en 2017 los expedientes y cuenta 853. En el libro Vidas rotas de Rogelio Alonso y Florencio Domínguez se cuentan 857. El Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) dice que son 858. La Oficina de Asistencia a las Víctimas de la Audiencia Nacional contempla 864. ¿Alguien está ocultando asesinatos? ¿O alguien se los está inventando? No; simplemente utilizan criterios distintos. Hay asesinatos sobre los cuales no hay consenso sobre si se pueden atribuir o no a ETA. Algo parecido sucede si alguien pregunta por el número total de delitos que se cometen cada año en España. Hay estadísticas distintas elaboradas por organismos distintos que ofrecen cifras distintas. El Ministerio del Interior, el Instituto Nacional de Estadística, la Oficina Estadística de la Unión Europea (Eurostat), la Fiscalía General del Estado, el Consejo General del Poder Judicial, suelen ofrecer cifras no coincidentes porque las calculan con criterios dispares.

Hasta aquí estoy hablando de datos difíciles de organizar, datos en grandes cantidades y que provienen de múltiples fuentes. Pero contaré una anécdota personal que indica que, incluso en una escala mucho menor, se puede producir la misma confusión. En 2006 yo era miembro del Parlamento de Navarra y, a raíz de una noticia de prensa, se me ocurrió pedir una información al Gobierno de Navarra, simplemente para conocer datos dentro de la función de control que, se supone, hacen los parlamentarios. Pregunté por las reclamaciones de responsabilidad patrimonial que se hubieran formulado en los últimos diez años, indicando las indemnizaciones concedidas e incluyendo, si las hubiera, las acciones de responsabilidad seguidas contra autoridades y funcionarios. Supuse, ingenuamente, que esos datos estarían en posesión de algún órgano, probablemente Hacienda que es quien al final paga, perfectamente informatizados, y que no le costaría mucho hacerme un listado. Pasaron los meses y no recibí respuesta. Insistí para ser informado de forma oral en comisión, lo que provocó que el consejero competente para responderme presentara un escrito alegando la imposibilidad de obtener los datos en el plazo reglamentario y pidiendo un aplazamiento. Por fin, a los cuatro meses de admitirse mi solicitud, recibo la información, consistente en un montón de hojas perfectamente desorganizadas. Resulta que nadie tenía los datos ordenados y cada departamento me remitió lo que le pareció oportuno. Algunos, una breve comunicación indicando que no habían tramitado ninguna reclamación. Otros, que habían tramitado pocas, en un par de folios me daban los datos. Algunos me remitían un listado, pero lo más curioso fue lo del departamento que más reclamaciones había recibido y más indemnizaciones había pagado, el de Salud. Me enviaron un montón de fotocopias tamaño A3 con una larguísima lista, escrita a mano, de todas las reclamaciones, sin sumar las cantidades reclamadas o pagadas. Por ahorrarse esfuerzos, me obsequiaban con datos personales que no debían de haberme entregado y que yo no había pedido, como el nombre de los pacientes y las enfermedades de las que habían sido tratados. En conclusión, nunca jamás nadie se había preocupado de recopilar y organizar los datos de cuántos euros gastaba el Gobierno de Navarra en indemnizaciones a ciudadanos perjudicados por sus actuaciones. No soy muy optimista sobre que en la actualidad haya mejorado mucho la cosa. Para cuando recibí la información, la legislatura estaba casi concluida y mis conciudadanos tuvieron el buen criterio de no reelegirme en las siguientes elecciones, no tuve oportunidad de hacer nada más.

Así que a mí no me sorprende nada cierto desbarajuste sobre los datos de muertes por el coronavirus teniendo cuenta que hay veinte administraciones implicadas, el Estado, 17 comunidades y 2 ciudades autónomas. ¿Sería exigible una mayor eficacia? Sí, por supuesto. Pero ya he escrito antes que desde 1978 hemos llevado a cabo una descentralización que ha desembocado en la creación de 17 comunidades autónomas a base de transferir competencias que antes eran del Estado y en dejar al aparato del Estado anteriormente centralizado y unitario con unas cuantas menos de las que solía ejercer, pero hemos dejado siempre pendiente la tarea de organizar un sistema verdaderamente autonómico, con un Estado central que haga de coordinador y unas comunidades acostumbradas a la cooperación vertical y horizontal, algo a lo que suelen estar habituados los estados federales pero que a nosotros nos cuesta mucho organizar. Y ahí es donde, hace tiempo, se debería haber llegado a unas normas comunes sobre estadísticas sanitarias que resultaran útiles en una situación como la actual.

Esa es la conspiración que sí necesitaríamos y que tampoco existe: la de hacer las cosas bien.


martes, 2 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 73


Aunque ya nos han aliviado mucho el confinamiento domiciliario, entre el teletrabajo y los límites de desplazamiento uno pasa mucho tiempo en casa y demasiado tiempo atento a las redes sociales. Por algún extraño motivo, quizás tras un ERTE se hayan reincorporado los trabajadores y estén poniéndose al día en Facebook, entre ayer y hoy me están bombardeando con solicitudes de amistad desde todo el mundo. Sé que no solo me pasa a mí, también a otros usuarios. Yo suelo decir que sí a casi todas, porque sé que luego hay oportunidad de dar marcha atrás. Y con la misma facilidad que acepto “amistades” luego las borro de la lista por motivos varios que ya he mencionado alguna vez por aquí: por compartir bulos, por compartir tonterías, por compartir mensajes racistas, xenófobos, machistas, fascistas, por hacer comentarios que demuestran estupidez congénita, por ortografía espantosa, por ofrecerme préstamos que no he pedido ni me interesan, por ofrecer servicios sexuales que tampoco he solicitado, por llamarme mediante videoconferencia sin venir a cuento. Muchas se caen de la lista tras el primer mensaje de Messenger que me envían, son amistades de cinco minutos.

He de reconocer que hoy, al menos, he entablado algunas amistades originales. Una señora llamada Amerzada Khan (la foto que acompaña, al menos, es de una señora, aunque vete a saber), nada más aceptar la amistad, me escribe en Messenger y me dice: “Tienes un perfil interesante, tengo un secreto de mi vida que quiero compartir contigo confidencial, escríbeme a través de mi dirección de correo electrónico christy501k@hotmail.com”. He reprimido mi natural curiosidad por conocer ese secreto y la he borrado de la lista. En Facebook han sido tan amables de obsequiarme con una ventana emergente que me advertía de que, si no conocía a esa persona, es posible que fuera una estafa. Otra señora a la que prefiero no identificar, pero es de Pamplona, me ha dicho que, como ve que soy escritor, va a comprar y leer mis libros. A lo mejor también es mentira, pero solo por la ilusión que me hace voy a conservarla en mi lista de amigas de Facebook. Me saluda también otra señora llamada Ася Прокопенко, de Moscú, por las fotos que cuelga debe de trabajar como modelo. Deduzco que es un nombre muy corriente en Rusia, porque en Facebook hay un montón de páginas de señoras que se llaman igual que ella y, curiosamente, todas parecen trabajar de modelos. Con mucho sentimiento la he borrado de mi lista porque la comunicación iba a ser difícil, parece ser que solo escribe en ruso, idioma que no domino (solo sé decir спасибо y На здоровье). En las redes debo ofrecer una imagen de políglota, porque un tal Marc Fagbeji, de Cotonú (Benín) me escribe en dos idiomas: “Bonjour miguel aider moi à publier se texte parce qu'il m'a vraiment la banque de italie voilà le texte (UNICREDIT Con sede a Roma, UNICREDIT - originariamente chiamato BANCA CREDITO ITALIANO - è la principale banca italiana in termini di gestione patrimoniale. Con un fatturato di 31,5 miliardi di euro nel 2011, è presente in varie regioni d'Italia e le sue filiali si trovano in diversi paesi europei, vale a dire Polonia, Austria o Germania. Conduce anche il pacchetto nel mercato azionario dell'Eurozona. contatta la banca qui italiebanque39@gmail.com, verrai servito)”. También lo he borrado, para no hacerme un lío con tantas lenguas. Un señor llamado Jean Vildré, pese al nombre parece ser muy español y mucho español, me invita a dar un “me gusta” a un perfil llamado Llevamascarilla, por lo que veo venden “mascarillas de España”, de fabricación 100 % española, en colores azul, negro y verde y con la bandera rojigualda, las veo muy apropiadas para hacer juego con el uniforme de la Guardia Civil o de la Policía Nacional, pero no son muy de mi estilo, así que no le he dado al me gusta. A mí esto de las invitaciones a clicar un “me gusta” a veces me resultan un poco embarazosas, cuando te dicen “Fulanita te ha invitado a que indiques que te gusta Fulanita” me temo que puedan pensar que tengo algún tipo de intenciones sentimentales o sexuales.

En fin, no sé si es muy productivo el tiempo empleado en las redes, pero se conoce una fauna curiosa…


lunes, 1 de junio de 2020

Escrito durante el coronavirus 72


Ya estamos en junio, mi mes favorito, y si otra catástrofe que se superponga a la que ya vivimos no lo impide, en veinte días saldremos del estado de alarma y entraremos en la “nueva normalidad”. Supongo que todos ansiamos recuperar los elementos de la vieja normalidad que hubiéramos deseado llevarnos a la tradicional isla desierta del hipotético naufragio que se utiliza para poner a prueba qué cosas son importantes o imprescindibles. Ahora podríamos variar la pregunta: ¿Qué te llevarías a la nueva normalidad?

En la vieja normalidad, era tradicional que el último viernes de mayo se inaugurara la Feria del Libro de Pamplona (también la de Madrid), que se extendía hasta el primer domingo de junio. Así que, si no se hubiera cruzado el coronavirus en nuestro camino, estaríamos estos días con los puestos de los libreros montados en la plaza del Castillo, presentando libros, hablando de libros… También era tradicional que esta semana llegaran las primeras tormentas veraniegas a Pamplona. Parece ser que la Feria del Libro funciona como un imán para las nubes tormentosas cargadas de agua, electricidad, furia y, alguna que otra vez, pedrisco. Año ha habido en que en todos y cada uno de los días de la Feria ha caído una buena tormenta. Los libreros pamploneses están más que acostumbrados a echar el toldo o la persiana mientras cae el diluvio y volver a abrir cuando pasa la tempestad y sale otra vez el sol.

Este año, la ausencia de Feria ha sido mano de santo. Hace días que la AEMET nos viene avisando de la posibilidad de que caigan chuzos de punta. Hoy hemos estado todo el día en alerta amarilla por tormentas y lluvia. No ha caído una gota y hemos disfrutado de un agradable día veraniego, en este verano que se ha adelantado muchas semanas y que ha dejado sin sentido lo de dejarse el sayo hasta el cuarenta de mayo. Se ha rumoreado que allá por octubre puede que haya algo parecido a la Feria del Libro suspendida. Supongo que ahí arriba están guardando los cumulonimbos, los cirros, los rayos y los relámpagos para entonces.