viernes, 27 de noviembre de 2020

Día menos uno

Trabajar dignifica al hombre, dicen que dijo Marx (aunque también dijo que el trabajo asalariado es “esclavitud a tiempo parcial”), pero otros dicen que antes lo dijo San Francisco de Asís, o también Benjamin Franklin. El papa Pío XI en su encíclica Quadragesimo Anno escribió: "El hombre ha nacido para el trabajo, como el ave para volar". Y dice el libro de los Salmos: "Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien". Pero, la verdad, creo más certera la visión del Génesis, el trabajo es un castigo por haber comido del fruto prohibido y haber sido expulsados del Paraíso. Felizmente, yo ya he expiado suficientemente mi participación en el pecado original de nuestros padres Adán y Eva y puedo dejar de volar.

Hoy es el primer día del resto de mi vida (frase que se atribuye al activista  hippie Abbie Hoffman y que queda genial en los libros de autoayuda) y el último día que trabajo. Que trabajo en el sentido de que me esclavizo a tiempo parcial por un salario con el que poder comer y darme a otros vicios similares. Tengo una última reunión del tribunal calificador que ha hecho la selección para, entre otras cosas, contratar a quien me va a suceder en mi sillón, mi despacho, mis expedientes y el castigo de madrugar los días laborables. Finalizado el procedimiento, como ya tengo todo recogido, no me quedará más que despedirme de mis ya casi excompañeros.

Sé que no me voy a aburrir porque seguiré muy ocupado, aunque en cosas en las que no me van a pagar así que no son trabajo, aunque me den trabajo. Tengo un montón de proyectos literarios, solo o en compañía de otros, he de atender mi cargo de secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as, algunas pequeñas obligaciones en algunas otras entidades sin ánimo de lucro de las que soy miembro, y, sobre todo, continuar con mis tareas de cuidador. Por circunstancias familiares, la única persona que actualmente me queda por cuidar soy yo mismo, que ya tengo una edad y algunas averías, y espero hacerlo con todo esmero. También tengo que atender a 4.953 amigos de Facebook y a unos cuantos menos amigos presenciales, y diversos compromisos sociales de esos que no hay forma de evitar.

He empezado a despreocuparme de las noticias sobre la subida del sueldo de los funcionarios y a interesarme por la actualización de las pensiones de los jubilados. Espero que durante las cinco próximas décadas en que voy a vivir de mi pensión se mantengan en un nivel que me permita comer casi todos los días. Si no es así, tengo un plan B, atracar bancos.


lunes, 16 de noviembre de 2020

Día menos dos

Siempre me ha gustado escribir, así que, en paralelo a mis otras actividades profesionales, siempre he escrito. En el colegio solía tener buena nota en redacción. Cuando estudiaba la carrera de derecho solía pasar los apuntes que tomaba en clase a máquina, y si algunos compañeros me los pedían para fotocopiarlos se los prestaba. En una ocasión toda la clase estudiaba con mis apuntes, y el profesor acabó pidiendo una copia. Algo parecido pasó con los apuntes que compuse, con otros colegas, para preparar la oposición, estuvieron en uso durante varios años.

Mi primer escrito serio fue mi tesis doctoral; para redactarla me compré mi primer ordenador, un aparato hoy ya prehistórico. Luego seguí escribiendo otras cosas, igualmente relacionadas con mis ocupaciones profesionales en el campo del derecho y la política, y que tuve la suerte de poder publicar: Hablando sobre la autodeterminación (1999), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Y también un puñado de artículos en revistas jurídicas, o capítulos en libros colectivos. Y muchos artículos de opinión en la prensa.

Mientras cultivaba el ensayo, siempre pensé en escribir también alguna novela. Hace unos veinte años comencé a escribir una. Solo llegué a la mitad antes de quedarme varado. Nunca la voy a terminar, pero no fue un fracaso, sino una experiencia. Aprendí que, yo al menos (hay escritores que no), necesito saber cómo va a acabar la historia antes de empezar a escribirla. Soy un escritor de mapa. Necesito planificar, como he hecho siempre al escribir ensayo. Tiempo después inicié otra novela, después de haberla tenido mucho tiempo en la cabeza, esta sí la terminé: El asesinato de Caravinagre (2014). Descubrí que es mucho más complicado publicar una novela que un ensayo, son mundos que apenas tienen nada que ver. Logré publicar una edición pequeña en una editorial muy modesta. Pero fue un inicio. A partir de que publiqué mi primera novela, empezaron a presentarme como escritor. Llevaba un cuarto de siglo escribiendo y publicando, tenía unos cuantos libros publicados, pero parece que hasta entonces no era escritor, solo un pesado que escribía sobre temas áridos, poco interesantes para la mayoría de la población, al que nadie leía. Se suele entender que ser escritor es escribir novelas, o poemas, cuando, en realidad, ha habido ilustres ensayistas que han recibido el Premio Nobel de Literatura: Mommsen, Eucken, Bergson, Churchill, Russell, Camus.

Mi segunda novela, El crimen del sistema métrico decimal (2017) fue finalista del Premio Fernando Lara de Novela. Ser finalista en un premio importante sirve para decir que has sido finalista en un premio importante. La editorial que lo convoca no te publica, ni te empiezan a llamar las agencias literarias ni las editoriales. Tocando unas cuantas puertas y recibiendo unos cuantos rechazos (consuela a todos los escritores saber que muchas obras que han triunfado y devenido clásicas también fueron inicialmente rechazadas) conseguí que me la publicara una editorial un poco menos modesta que la anterior. También me publicó mi tercera novela, El rey de Andorra (2018). De momento he aparcado el sueño de vender cientos de miles de ejemplares de mis obras, he aprendido que el mercado editorial está muy complicado y que publicar y vender unos cientos de ejemplares ya es un éxito. Vender unos pocos miles ya es un triunfo apoteósico. Mi último libro publicado ha sido de nuevo un ensayo, un ensayo histórico-festivo, así lo llamo para quitarle aridez, Hemingway en los sanfermines (2019). Esperaba que los guiris que vienen a los sanfermines compraran ejemplares masivamente, pero resulta que justo este año no ha habido fiestas a causa de la COVID-19. Habrá que esperar un poco más. La pandemia nos ha complicado mucho la vida, en general, y también en cuanto a la industria del libro. No hubo Día del Libro, no hubo ferias del libro, han caído las ventas... Muy mal año para publicar nada. Tengo dos novelas a la espera de poder publicar. Espero conseguirlo con ayuda de mi agente. Desde hace poquito tengo agente, gracias a que se ha instalado la primera agencia literaria en Navarra. Con ella espero llegar, ahora sí, a vender cientos de miles de libros. En cuanto logre dejar el vicio de trabajar, que me queda poco, me dedicaré más intensamente a la literatura.

Hoy es mi penúltimo día de trabajo. Mañana empiezo mis últimas vacaciones, me quedan días este año que no he tenido ocasión de disfrutar por la pandemia. Las pasaré en casa, claro, semiconfinado como todo el mundo, qué remedio. El 27 de noviembre será mi último día de trabajo, y en diciembre iniciaré un permiso sin sueldo de seis meses, antesala de mi jubilación. Ya falta menos.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Día menos tres

El año en que el transbordador espacial Columbia se desintegró al entrar en la atmósfera, inicié mi segunda incursión en la política institucional. Fui elegido miembro del Parlamento de Navarra y dediqué cuatro años a las tareas parlamentarias. Después, volví a ser candidato, pero los votantes decidieron que mejor que volviera a mi puesto de trabajo habitual.

La gente piensa que los parlamentarios, de cualquier Parlamento, básicamente se dedican a hacer el vago. Los ven por la tele sentados en sus hemiciclos, aparentemente, sin hacer nada útil. La realidad es un poco más compleja. El trabajo parlamentario no consiste solamente en ir a las sesiones plenarias; esa es una parte mínima. La mayor parte del trabajo se hace en el despacho y no se ve; hay que leer muchos documentos, redactar muchas iniciativas escritas, estar al tanto de todo lo que pasa, reunirse con ciudadanos y colectivos de lo más diverso que vienen a contar sus problemas y propuestas, ir a visitar a otros, coordinarse con el resto del grupo, negociar con los demás partidos... Por otro lado, en un Parlamento sucede lo mismo que en cualquier otro centro de trabajo, según me dice mi experiencia de unos cuantos años y en unos cuantos sitios. En todas partes (incluso en esa cámara tan inútil como es el Senado) hay gente que trabaja mucho, hay otra que trabaja lo mínimo, y hay otros que se dedican solamente a mirar, cuando no a molestar. Hay que desterrar esa idea de que los políticos son mejores (como dice la propaganda) o son peores (como dicen todos los populismos que en el mundo han sido) que el común de los mortales. Los políticos suelen ser gente bastante vulgar, con las mismas virtudes y los mismos defectos que la mayoría de la población. Así que, efectivamente, hay demasiados políticos vagos y con la cara de hormigón armado que se dedican a escaquearse y a disfrutar de los privilegios del escaño. Pero hay otros que con mucho esfuerzo y dedicación sacan adelante el trabajo. En particular, en los grupos pequeños no hay forma de escaquearse, se trabaja mucho. Habitualmente, al menos esa fue mi experiencia, eres el único miembro de tu grupo en todas las comisiones y ponencias de las que formas parte, así que forzosamente eres el portavoz, te tienes que estudiar todos los asuntos porque tienes que intervenir en todos los debates sin hacer demasiado el ridículo. En los grupos grandes el trabajo lo hacen unos pocos, los que actúan de portavoz en el Pleno o en las comisiones, y otros se pueden permitir el lujo de sestear o atender sus negocios.

Esta vez, al revés que en mi época de concejal, me tocó estar en la oposición, y además en la oposición a un Gobierno que disponía de mayoría absoluta, lo cual no es muy agradable porque tienes todas las votaciones perdidas. No solo eso, es que no te hacen ningún caso. Aunque Parlamento viene de hablar, se suele hablar principalmente a través de monólogos. Apenas se escucha a otros, lo importante es que la tele te recoja el discurso. Se me quedó grabada la contestación que recibí, en un debate de Presupuestos en comisión, del portavoz del grupo que gobernaba: "Esta enmienda no la entiendo, pero por si acaso vamos a votar en contra". No merecía la pena ni el esfuerzo de pedirme que se la explicara.

Pero vamos a quedarnos con lo positivo. Conoces gente (alguna estupenda, otra repulsiva) y conoces sitios. Y conoces Navarra en fiestas. Como parte de las funciones del cargo, los meses de agosto y septiembre tienes que ir a unos cuantos chupinazos, procesiones y comidas de confraternización, hay que hacer la ruta de las fiestas patronales y quedar bien con tus alcaldes, tus concejales y tus votantes, y no dejar que las fotos de políticos en fiestas las acaparen los demás partidos. En las fotos parece que te lo estás pasando en grande, pero, al menos yo, la mayor parte del tiempo miraba con disimulo el reloj calculando cuándo sería la hora de poder improvisar alguna cortés disculpa para despedirme de los anfitriones sin quedar muy mal. Y también ves cómo se hacen las leyes, lo cual para un jurista es muy interesante. Compruebas que es verdad esa frase que se atribuye a Bismarck (y que, como tantas frases célebres, es apócrifa, en realidad es de un abogado y escritor norteamericano, John Godfrey Saxe): los ciudadanos viven mucho más tranquilos si no saben como se hacen las leyes ni las salchichas.

Después de cuatro años de ver cómo se hacen las leyes, regresé a mi trabajo de aplicarlas. Y me he tenido que comer alguna salchicha que yo mismo contribuí a fabricar.


jueves, 12 de noviembre de 2020

Día menos cuatro

Mi último destino en la Administración, durante 14 años, ha sido el Tribunal Administrativo de Navarra, TAN para los amigos. Es un órgano singular, una peculiaridad foral que no existe fuera de Navarra, que se dedica a resolver recursos contra los actos de las entidades locales. Poco conocido por la población en general, cuando me preguntan que dónde trabajo sé que voy a tener que dedicar un rato a explicarlo. Los periodistas tampoco se aclaran mucho, lo confunden con un órgano judicial, cuando es un órgano administrativo dependiente del Gobierno de Navarra (pero independiente, sí, de verdad, los políticos no llaman para influir), o con otros órganos con nombres similares, el Tribunal Económico Administrativo Foral de Navarra (son vecinos, compartimos la misma entreplanta de oficinas, pared con pared) y el Tribunal Administrativo de Contratos Públicos de Navarra.

Llegué al TAN a través de un concurso de ascenso de categoría, se llama así pero en realidad es un concurso-oposición porque lleva un examen práctico escrito. Me pareció un buen destino porque, pasada la juventud, uno aprecia un lugar tranquilo para trabajar. Dejé de viajar a Beriáin, la sede del TAN está a menos de diez minutos de mi casa a pie. Tiene horarios regulares, casi nunca hay que hacer horas extras, ni trabajar en fines de semana, ni viajar. Hay pocas reuniones y uno se puede coger vacaciones cuando le venga bien, porque los expedientes quedan sobre la mesa sin quejarse y esperan a que uno vuelva. Hay un plazo de seis meses para resolver, que me parece excesivo para el ciudadano, pero resulta muy cómodo para quienes tenemos que resolver sin prisa. La mayor parte del trabajo se hace en la soledad y tranquilidad del despacho; desde marzo, en la comodidad de mi propia casa y en zapatillas gracias al teletrabajo.

Alguna pega tiene, aparte de que hay que trabajar. Dedicarse al control de legalidad de la actuación de las entidades locales resulta un poco frustrante en un país, el de la literatura picaresca, donde se aprecia tan poco la legalidad. Los ciudadanos en general, pero también los gobernantes y muchos funcionarios, ven la ley como una pejiguera, una molestia, un obstáculo a sortear como sea. Así que su infracción es frecuente y tolerada. Solo una pequeña parte de las infracciones son objeto de algún recurso, ante el TAN o ante los órganos judiciales, y muchas veces, para cuando se resuelve, el daño ya está hecho y tiene mal remedio.

Como ya llevo unos años, he visto un poco de todo. También una época, la primera que pasé en el TAN, donde había un número elevadísimo de recursos, tardábamos años en resolver. Afortunadamente, conseguimos hacer descender las montañas de expedientes, nos ayudó que bajaron el número de recursos por diversas razones jurídicas y económicas, y ahora se llevan más o menos al día.

Pese a haber desempeñado puestos, funcionariales y políticos, con mando en plaza, es el TAN donde más sensación de poder he tenido. Tenemos la facultad de anular acuerdos de un pleno municipal o resoluciones de un alcalde. Solo motivadamente y porque hay una infracción legal, claro, no porque nos dé la gana. Un gran poder lleva consigo una gran responsabilidad, como decía Spiderman. Y cualquier poder tiene que estar limitado y controlado, para evitar el abuso. El TAN controla a las entidades locales, pero luego los jueces de lo contencioso-administrativo controlan las resoluciones del TAN y pueden anularlas si no se ajustan a derecho; y a los jueces les controlan otros jueces que pueden corregir sus sentencias.

Cuando llegué al TAN quise saber dónde me había metido, así que busqué bibliografía. Descubrí que había muy poca, y me puse a escribir un libro sobre su historia, organización y funciones, fue publicado por el Gobierno de Navarra. Se puede consultar, gratis y al instante, aquí:

https://drive.google.com/file/d/1JSsfVjw-S54ctFQNtkVwoGhkwGK0EZWX/view?usp=sharing


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Día menos cinco

Mi carrera como funcionario se vio temporalmente interrumpida allá por 1995 cuando me propusieron ir en la candidatura de Izquierda Unida al Ayuntamiento de Pamplona con opciones de salir elegido. La verdad, yo no había pensado en ser concejal, me veía más como presidente del Gobierno de Navarra o como ministro de Administraciones Públicas, pero acepté y fui elegido. Aunque estaba preparado para hacer oposición al sistema, por carambolas del destino resulta que tocamos poder, gobernamos en coalición con CDN y PSOE. A mí me nombraron concejal delegado de Servicios Sociales. No tenía ni idea de qué eran los Servicios Sociales pero durante cuatro años fingí que sí. Afortunadamente, tuve al lado buenos profesionales que hicieron todo el trabajo, sobre todo la directora del área, Inés Sáenz de Pipaón, con la que no solo me llevé bien sino que hoy seguimos siendo amigos. Yo únicamente tenía que ponerme para las fotos.

Tomamos posesión un 7 de julio, vestidos de frac, y del salón de plenos salimos corriendo para la procesión de San Fermín. El inicio de nuestro mandato fue muy bonito, pero luego pasamos años duros. Fue aquella época en que ETA, aburrida de matar militares, policías y guardias civiles, se dedicó a asesinar también a concejales, y a jueces, y a fiscales, y a cualquiera que pasara por allí. Yo no era de los más amenazados ni tuve que llevar escolta, como muchos otros, pero también he visto mi nombre rodeado con una diana en algún cartel. Tuvimos que asistir a unos cuantos funerales, entre ellos el de Tomás Caballero, compañero de corporación durante tres años. Yo era miembro de Gesto por la Paz y pasé muchas horas detrás de una pancarta, a veces bajo una lluvia de insultos, piedras y tornillos que lanzaban unos sujetos que no estaban muy de acuerdo con nosotros. En fin, más vale que aquellas cosas quedaron atrás, aunque han emponzoñado nuestra convivencia y vida política para unas cuantas décadas.

La política municipal resulta agotadora aunque apasionante. Se aprende mucho, se patean barrios y calles que no sabías ni que existían, y conoces todo tipo de gente y de situaciones. También hay que aguantar mucha presión. Uno se tiene que defender permanentemente de la oposición, de la prensa, de ciudadanos cabreados, de votantes defraudados, de los socios de coalición, de los funcionarios municipales, de los sindicatos, del Gobierno, de los corruptores, de los arbitristas, y de los tuyos. Sobre todo resulta complicado con algunos de los tuyos, porque los navajazos traperos no los ves venir. Y se trabaja 24 horas al día, 7 días a la semana, porque aunque estés tomando un cubata un sábado por la noche viene algún vecino a hablarte de la baldosa que está suelta en la acera de su calle. Todo el mundo tiene alguna baldosa suelta en su calle y aprovecha cuando te ve para contártelo.

Un par de meses después de ser elegido concejal me cayó por sorpresa y de rebote la presidencia de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. Tampoco sabía nada de aguas o residuos, más allá de ser usuario de esos servicios, así que tuve que disimular e intentar aprender algo. Es un puesto de mucho relumbrón en el que se manda muy poco; hay que acordarlo todo con el Gobierno de Navarra, que aprueba los planes para los residuos, para el saneamiento, para el abastecimiento, luego también para el transporte comarcal (una de las pocas cosas de la que estoy un poco orgulloso, aunque el orgullo es pecado, es que conseguimos sacar adelante el transporte comarcal venciendo resistencias y dificultades que estuvieron a punto de hacerlo naufragar). Quien paga manda y la autonomía local tiene más de local que de autonomía. Al menos, pude decidir cómo quedaban distribuidos los colores de la pintura de las villavesas, imagen que se mantiene hoy.

Pasados cuatro años, fui de nuevo candidato, pero los vecinos de Pamplona, con su superior sabiduría, decidieron recompensar mi trabajo liberándome de seguir sirviéndoles y enviándome a casa a descansar. Una pequeña frustración política y un gran alivio personal.


martes, 10 de noviembre de 2020

Día menos seis

La Universidad no ha sido mi única experiencia docente; también he dado muchas clases en la Escuela de Seguridad de Navarra, donde se forma a policías (forales y municipales) y bomberos, y en cuya fundación tuve oportunidad de participar. Incluso durante un par de cursos impartí también clases en la Escuela de Policía de Cataluña, en Mollet del Vallès, haciendo todos los meses quinientos kilómetros de viaje de ida y otros tantos de vuelta. Tener como alumnos a aspirantes a policías o bomberos, o a quienes ya son funcionarios pero que compiten por un ascenso, resulta muy gratificante. Suele ser gente bien preparada, vienen con la motivación muy alta, siguen con mucho interés las clases, participan cuando se les anima a ello y se ponen en pie y se cuadran cuando el profesor entra en clase.

No solo participaba en la formación, durante algunos años también trabajé mucho en la preparación de las oposiciones, he sido miembro de los tribunales de selección muchas veces. Como me gustaban aquellas tareas, cuando, tras diez años en Interior, decidí que necesitaba un cambio, solicité el traslado a la Escuela de Seguridad, donde trabajé unos pocos años. Me encontré con dos pegas. Una, que cada mañana tenía que ir hasta Beriáin. Son solo diez minutos en coche, pero diez minutos muy desagradables, por una autovía atestada de tráfico a esas primeras horas del día, con demasiados conductores con prisa por llegar al lugar donde van a tener un accidente. En aquella época, mediados de los noventa, la salida de Pamplona hacia Zaragoza era un punto negro. Día sí, día no, veía coches accidentados. El Departamento de Obras Públicas decidió poner remedio, añadió algún carril, corrigió alguna curva, y la cosa mejoró, pero me tragué muchos meses de obras en mi camino diario de ida y vuelta a Beriáin. Aprendí a valorar lo que es tener el trabajo a diez minutos de casa, pero andando. La segunda pega es que existía una norma absurda en el Instituto Navarro de Administración Pública, del que dependía la Escuela de Seguridad, por la cual el personal de plantilla no podía dar más de cuarenta horas de clase al año. Así que, una vez destinado allí, daba muchas menos horas de clase que antes, y me tenía que dedicar a reclutar a otros profesores externos para que dieran clase en las materias en que yo ya no podía hacerlo. Profesores a los que había que pagar más, mientras que a mí me sobraba un tiempo por el que ya me habían pagado. Se elevó de forma repetida la solicitud de que se modificara la norma, pero sin resultado. En fin, cosas de la Administración.

Después de irme de la Escuela de Seguridad, y ya sin el límite de horas, me siguieron llamando de vez en cuando. Hace ya un tiempo que dejaron de hacerlo, no sé por qué, y llevo varios años sin dar clase. La verdad es que lo he agradecido, me estoy quitando de trabajar de más. Y pronto de trabajar en general.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Día menos siete

Una de las cosas que me ocupó bastante durante los años en que trabajé en la Dirección General de Interior del Gobierno de Navarra fue la Policía Foral. Por aquel entonces, contaba solo con unos 80 miembros, y se planteaba que había que potenciarla. Mi jefe, como yo, recién llegado al asunto, me pidió un informe sobre qué funciones tenía encomendadas. Me encontré con que la bibliografía al respecto era inexistente y que las normas eran escasas y obsoletas. Tuve que preguntar a los policías qué hacían. Aquella pequeña investigación me hizo pensar que aquel era un buen tema para mi tesis doctoral, que estaban iniciando. Y con la Policía Foral me doctoré cinco años más tarde; un trabajo que fue publicado por el Gobierno de Navarra, que ha quedado ya un poco desfasado pero, como nadie ha venido a continuarlo, sigue siendo el único estudio monográfico sobre la materia.

Una vez convertido en doctor, mi director de tesis, el profesor González Navarro, me contrató como profesor asociado de Derecho Administrativo. Estuve unos años en la Universidad de Navarra y luego unos cuantos más en la Universidad Pública de Navarra. Descubrí que los profesores asociados son el proletariado del profesorado universitario; mano de obra barata para dar clases a grupos demasiado grandes de alumnos, y a quienes apenas se permite tocar balón en tareas de investigación. Después de unos años constaté mi fracaso; una de las funciones del profesor es motivar a los alumnos, pero yo conseguí el efecto contrario, me acabé desmotivando como profesor. Así que abandoné y opté por emprender tareas de investigación, que me encantan, como francotirador, fuera de la Universidad y por mi cuenta. Con cierto éxito, ya que a lo largo de los años he podido publicar unas cuantas monografías en temas diversos y un puñado de artículos en revistas jurídicas.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Día menos ocho

 

Mi primer destino en la Administración, un 2 de mayo que coincidió con la firma por el Ayuntamiento de Móstoles de la declaración de paz con Francia, fue el Departamento de Interior y Administración Local del Gobierno de Navarra. Hasta poco antes era solo de Administración Local, y a eso me iba a dedicar yo inicialmente, pero me acabaron por adscribir a la parte de Interior, cuyo primer director general acababa de ser nombrado, y allí pasé diez años.

El lugar donde empecé a trabajar me lo conocía muy bien. El Palacio de la Diputación, y más concretamente las oficinas de la planta baja que dan a la avenida de Carlos III. Las había visitado varias ocasiones en mi infancia porque allí trabajaba mi padre. En aquellos tiempos, esa zona estaba ocupada por el Negociado de Utilidades de la Dirección de Hacienda. Más de una vez fui a  buscarle allí y me enseñó las modernidades de que disponían entonces: unos archivadores movidos por electricidad, máquinas de escribir, calculadoras. Unos pocos años más tarde, por desgracia él no vivió para verlo, acabé trabajando en el mismo lugar. Por los pasillos del Palacio me encontré con unos cuantos funcionarios que le habían conocido y que seguían en activo. Lo de las sagas familiares en la Administración es algo bastante normal, sobre todo en lugares pequeños como Navarra; tiene la pega de que mucha gente cree que has conseguido ser funcionario por enchufe paterno, y no por haber superado unas oposiciones nada fáciles. 


jueves, 5 de noviembre de 2020

Día menos nueve

Mi ejercicio de la abogacía no duró mucho. No la dejé por la fauna con la que uno se relaciona en ese trabajo, por mucho que no sea la más deseable: manguis, traficantes de drogas, maridos maltratadores, proxenetas, policías asesinos, magistrados de trabajo que te amenazaban para que conciliaras, fiscales que iban a degüello contra un abogado primerizo, estafadores, jueces demasiado ocupados para escuchar a las partes, etarras, otros abogados que te daban una puñalada por la espalda en cuanto te descuidabas, empresarios que no pagaban a sus trabajadores, y un largo etcétera sobre el que no te habían advertido nada en la Universidad.

Tampoco abandoné porque en aquella época el turno de oficio se encomendara a los colegiados más novatos, para que fueran aprendiendo, con lo cual te caían cosas que le venían muy grandes a tu escasa experiencia del derecho y de la vida en general, y que tenías que defender con grandes dosis de  audacia, esfuerzo y angustia. Ni siquiera porque el Ministerio de Justicia pagara tarde y mal (creo que la tradición se mantiene) a la mano de obra barata que tiene en los abogados para atender a los detenidos y a los ciudadanos sin recursos. Todo eso hubiera sido soportable teniendo para comer. El problema es que había demasiados abogados en Pamplona (creo que ahora hay todavía más) y no había pleitos suficientes para todos; al menos, pleitos con los que poder ganarse la vida. Así que, después de una temporada de intentar abrirme camino y de ver un futuro muy poco prometedor, decidí aprovechar la ocasión que pasaba por delante de la puerta y opositar a la Administración Pública. Eran buenos tiempos para ello; Navarra estaba recién amejorada, se estaba construyendo el Estado de las autonomías y el Estado de bienestar, poco después nos convertiríamos en europeos de pleno derecho, la Administración Foral crecía y se convocan muchas plazas. En el año 34 a. C. (antes del COVID-19) me presenté a unas pruebas de contratación temporal y obtuve un puesto que me permitió ganar experiencia y, tras unos meses de hincar los codos, sacar las oposiciones para convertirme en funcionario, en Técnico de Administración Pública (rama jurídica). Un trabajo fijo y para toda la vida, la ilusión de cualquier madre. Entre ellas, la mía, que tuvo la fortuna de ver a cuatro de sus siete hijos convertidos en funcionarios. A la Función Pública, a servir a los ciudadanos, aunque a veces los ciudadanos no se dejen servir de buen grado, he dedicado los casi treinta y cinco años cotizados que se exigen para la jubilación voluntaria, a la que me presentaré voluntario dentro de poco, después de disfrutar de un permiso sin sueldo durante los últimos seis meses de mi vida funcionarial. Con hoy, me quedan nueve días laborables para iniciarlo.
   

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Día menos diez

Cómo me hubiera podido imaginar, hace ahora 38 años, cuando comencé mi carrera profesional como abogado, que en mis últimos diez días de trabajo como funcionario iba a estar en casa, en teletrabajo a través de un ordenador, debido a una terrible pandemia. Por aquel entonces estaban a punto de irrumpir los ordenadores personales en nuestra vida, pero todavía el único ordenador que yo conocía era HAL 9000. Lo de la pandemia que nos obliga a todos a ir con mascarilla también me hubiera sonado a película de ciencia-ficción. Como era joven, ansiaba cambiar el mundo, pero no tenía ni idea de cuánto iba a cambiar en las siguientes décadas por su cuenta y no siempre en la buena dirección. Hablo de un pasado tan remoto que  en España todavía gobernaba la UCD, aunque le quedaban pocas semanas para ser sustituido por el PSOE, liderado por un tal Felipe González que entonces parecía progresista. El mundo estaba en aquella época muy bien ordenado, todos sabían a qué atenerse según a qué lado del Muro de Berlín les hubiera tocado vivir. La guerra de Vietnam era pasado, la de las Malvinas ya había acabado, la de Afganistán apenas estaba en sus inicios y las del Golfo ni se intuían. Todavía no conocíamos palabras o expresiones que ahora utilizamos casi a diario; internet, coronavirus, güifi, e-mail, PCR, talibán, redes sociales, AVE, zapping, buzón de voz, web, brexit, erasmus, emoticón, influencer, milenial, vegano, descargar una copia pirata, avatar, community manager. Un walkman era una cosa supermoderna. Estaba permitido fumar en todas partes, hospitales incluidos. Solo había una empresa de televisión con dos canales, Mayra acababa de debutar como presentadora del Un, dos tres... y Chanquete había muerto ese año en Verano azul. Faltaban unos meses para que se formara un grupo llamado Presuntos Implicados y unos años para que cantaran Cómo hemos cambiado.