lunes, 11 de junio de 2018

Monomarental



Vaya por delante que estoy a favor de un lenguaje no sexista, esto es, que nuestra forma de hablar no discrimine negativamente o sea poco respetuosa con las personas dependiendo de su sexo. Pero a veces se venden como supuesto lenguaje no sexista auténticos horrores lingüísticos que solo denotan el propósito de sus usuarios de presumir de ser más feminista o progresista que nadie y su ignorancia sobre el correcto uso de la lengua.

Un despropósito de este tipo es el que se recoge en una iniciativa presentada ante el Parlamento de Navarra: “Proposición de Ley Foral para la acreditación de las familias monomarentales-monoparentales en la Comunidad Foral de Navarra”. Esa expresión, “monomarentales”, viene planeando hace tiempo sobre el terreno de la barbarie lingüística y corre peligro de aterrizar en los boletines oficiales.

Sus promotores parecen creer que “monoparental” significa “con un solo padre”, y que para decir “con una sola madre” hay que decir “monomarental”. Craso error, porque “monoparental” no viene de “padre” (“pater”, en latín) sino que viene del latín “parentālis” y esta de “parens”, “progenitor”, sea padre o madre, y en última instancia proviene del verbo “părere”, parir o dar a luz, y de la misma raíz derivan otras palabras como pariente o parentesco.

Para crear “monomarental” los filólogos aficionados suponen, además de que “monoparental” viene de un inexistente vocablo latino “pare” que significaría “padre” (eso solo sucede en catalán), que para formar una palabra referida a la “madre” hay que utilizar “mare”. En latín madre no se dice “mare” sino “mater” (“mare” sí que es madre en catalán, quizás ahí esté el origen de la confusión). Si se atuvieran a la filología, los inventores de “monomarentales-monoparentales” dirían “monomaternales-monopaternales” para referirse a las familias donde hay solo una madre o donde hay solo un padre.

Pero la confusión no solo es lingüística sino también de lógica. Cuando se utiliza el palabro “monomarentales”, en realidad no se quiere hablar tanto de familias donde hay una sola madre, que son la inmensa mayoría y no necesitan de una acreditación legal, sino que se quiere destacar el hecho de que, en lugar de dos progenitores o “parens” (padre y madre, o también padre y padre, o madre y madre, en las actuales parejas del mismo sexo), hay solamente uno (con mayor frecuencia estadística, la madre), y eso es lo que requiere de atención, incluso, por el legislador. Con lo cual lo que queremos y debemos decir es, precisamente, que es una familia “monoparental”, con un solo “parens”. Que la familia monoparental sea, además, monopaternal o monomaternal resulta secundario. Espero que, si se aprueba una ley foral para acreditar a las familias donde hay un solo progenitor, se les denomine correctamente como monoparentales.

jueves, 7 de junio de 2018

Los ministros de la EGB






Del nuevo gobierno formado por Pedro Sánchez se puede decir, entre otras cosas, que supone la definitiva toma del poder por la generación de la EGB. La edad media de sus miembros es de 55 años y, salvo algunos históricos como Borrell, Robles o Celáa, la mayoría han nacido después de 1960, el año en que nací yo. Esa es la fecha de corte, porque quienes nacimos ese año hicimos todavía la primaria y el bachillerato instituidos por la Ley Moyano de 1857, aunque en la versión del bachillerato reformado por la Ley de Ruiz Giménez de 1953 según la cual “la  Enseñanza  Media  se  ajustará  a  las  normas del Dogma y  de  la Moral católicos  y  a  los principios  fundamentales  del  Movimiento  Nacional”. Los nacidos a partir de 1960 cursaron la EGB y el BUP establecidos por la Ley General de Educación, o Ley Villar Palasí, de 1970, todavía con “los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino” a cuestas, pero que hablaba también como fines de “la formación humana integral, el desarrollo armónico de la personalidad y la preparación para el ejercicio responsable de la libertad, inspirados en el concepto cristiano de la vida y en la tradición y cultura patrias; la integración y promoción social y el fomento del espíritu de convivencia”

Aunque esas leyes no establecían cuál era el “idioma moderno” que debía cursarse, la norma fue que los bachilleres de Moyano y Ruiz Giménez estudiáramos francés, y que los hijos de la Ley Villar Palasí estudiaran inglés, un idioma mucho más moderno. Las generaciones anteriores a la EGB estudiamos el francés poco y mal, en aulas de cuarenta alumnos donde el único medio audiovisual era la pizarra, a veces un reproductor de cassettes, los vídeos o los ordenadores eran todavía cosas de ciencia-ficción. Muy pocos se podían permitir ir a Francia a perfeccionar un idioma del que solo éramos capaces de hablar cuatro frases mal pronunciadas, y solo algunos elegidos tenían la posibilidad de aprender inglés. La generación de la EGB pudo aprender inglés un poco mejor, incluso practicarlo viajando por el mundo porque le tocaron tiempos mejores en cuanto a desarrollo económico. Los dinosaurios que hicimos el antiguo bachillerato nos tuvimos que apañar para aprender fuera del sistema educativo, tarde y de nuevo mal, algunos rudimentos de la lengua de Shakespeare.

En fin, del bachillerato de 1953 nos han salido políticos como Aznar o Rajoy, sin idiomas (Aznar aprendió inglés cuando dejó de ser presidente, de Rajoy todavía esperamos que algún día aprenda a hablar correctamente el castellano), y de la EGB nos han salido Pedro Sánchez y sus ministros, con el fluido inglés que ya es requisito indispensable para no pasar por un gañán a la hora de buscar trabajo.

¿Era mejor el bachillerato que la EGB? ¿Era mejor el BUP que la actual ESO? No faltan voces, desde Platón, que lamentan la falta de educación de las generaciones jóvenes y añoran tiempos pasados, incluidos sus planes de estudios. Mucha gente de mi edad hace la loa del antiguo bachillerato asegurando que proporcionaba una buena cultura general de la que carecen las siguientes generaciones. El prestigio del bachillerato viene de antiguo, cuando no todo el mundo podía acceder a él. Cuentan que a Manuel Jiménez Fernández, fervoroso católico y ministro de Agricultura en 1934 por la CEDA, de la que acabó defraudado al comprobar que no se tomaba en serio ni la Doctrina Social de la Iglesia ni la reforma agraria, le preguntaron sobre sus malas relaciones con la jerarquía eclesiástica y dijo: “No tengo nada contra los obispos españoles, salvo dos cosas: no creen en Dios y no han hecho el bachillerato”. Yo soy un poco más escéptico sobre las virtudes del antiguo bachillerato. He conocido condiscípulos míos perfectamente incultos y ágrafos. También conozco a muchos que superaron la EGB y el BUP bien preparados, y a otros que salieron casi con la misma ignorancia con la que ingresaron en el sistema educativo. Me temo que, más que los planes de estudios, influyen el carácter personal, la influencia familiar, la situación económica y las buenas o malas compañías.

En fin, bienvenidos los hijos de la EGB al poder, esperemos en que nos vayan jubilando a los hijos del antiguo bachillerato con una pensión digna.

lunes, 4 de junio de 2018

Una de Vodafone One

A mi pesar, soy cliente de Vodafone. Digo a mi pesar porque, en realidad, yo era cliente de Ono, pero una empresa absorbió a la otra y he acabado como cliente de Vodafone, de la cual me di de baja hace unos años nada contento del maltrato que recibía. Como cliente de Ono disponía de una página web donde publicaba mis cosas, alojada en el dominio webs.ono.com. Eso hasta hace unos días. Vodafone está llevando todos los servicios a su propia web, imagino que dentro de poco desaparecerá la web de Ono y cualquier referencia a la antigua empresa absorbida. De momento, han suprimido el alojamiento de webs y la propia dirección webs.ono.com. A la brava, sin avisar a los clientes. Simplemente, las webs se han evaporado. He llamado a Vodafone para asegurarme y me ha atendido un amable y confuso empleado que, por supuesto, no estaba al tanto de nada pero me ha dicho que supone que sí, que el servicio ha sido suprimido porque, supuestamente, ahora a través de Vodafone nos dan otros servicios.
La verdad es que el alojamiento de la web era el principal motivo por el que seguía siendo cliente de Ono/Vodafone, así que me han dejado sin ningún motivo para seguir con ellos. Me iré a otro lado, supongo que a otra empresa de telefonía que también maltrate a sus clientes, pero al menos que no me tomen el pelo siempre los mismos. No me voy a molestar en presentar una queja ya que sé que es prácticamente imposible hacerlo (no hay ni teléfono, ni dirección de e-mail ni apartado de la web donde hacerlo) y no sirve para nada. Mi queja será, simplemente, irme. Es el mercado, amigo, que dijo aquel.

Post data. He contratado con otra empresa, y enseguida me han llamado de Vodafone para interesarse por la razón por la cual les abandono. Le explico a la empleada que me atiende que el motivo principal es la supresión de mi página web. Está segura de que tiene que haber algún error y que el servicio se ha tenido que trasladar a la web de Vodafone; me pide que espere mientras lo consulta, luego me dice que sigue pensando que se puede solucionar pero que me tiene que pasar con los técnicos que me lo explicarán todo. Como estoy comiendo le digo que me hagan el favor de llamar media hora más tarde. En eso quedamos. Pasan las horas y no me han vuelto a llamar. Creo que la amable empleada ha descubierto que yo tenía razón y que simplemente me han suprimido el servicio sin ningún aviso previo.

Post data bis. Al día siguiente me llama otra empleada de Vodafone, que sabe que hablé con su compañera pero que no sabe de qué, para preguntarme de nuevo por qué quiero irme. Se lo explico; no me entiende; no sabe que los clientes de Ono teníamos una página web alojada en su servidor y que la han suprimido; después de un diálogo de besugos por fin entiende el motivo de mi enojo y me pide disculpas. Me ofrece como compensación reducirme la tarifa los dos próximos años a la mitad; le digo que no. Me dice que es posible que me vuelvan a llamar porque es el procedimiento normal de portabilidad...

Post data ter. Al día siguiente me llama una tercera empleada de Vodafone para confirmar mis datos de portabilidad. Se los confirmo y me vuelve a preguntar por la razón de que me voy a otra compañía. Se la explico, como ya estoy entrenado soy mucho más preciso y me entiende con mayor rapidez que sus compañeras anteriores que no se trata de que no me haya enterado de hay que ir a la web de Vodafone en lugar de a la web de Ono, que me han privado de mi web personal. Al rato me vuelve a llamar una cuarta empleada que, aunque sabe que he hablado con otras compañeras suyas, me vuelve a confirmar los datos de portabilidad y me vuelve a preguntar los motivos por los cuales me voy de Vodafone. Le respondo que ya se los he explicado tres veces a sus tres compañeras y que no tengo ganas de explicarlos más veces. Me desea un buen día y que regrese pronto a Vodafone. La verdad, no creo.

martes, 15 de mayo de 2018

Puigdemont, Girauta e Israel

A algunos ha provocado sorpresa y escándalo que Carles Puigdemont, líder de Junts per Catalunya, y Juan Carlos Girauta, portavoz de Ciudadanos en el Congreso, hayan coincidido en sendos tuits en alabar y celebrar el 70 aniversario de la proclamación del Estado de Israel. Aparentemente, no caben dos formaciones políticas más contrapuestas y enfrentadas que las dos que representan los susodichos.


Pero la cosa tiene bastante lógica. Todo nacionalismo necesita de otro u otros nacionalismos opuestos a los que combatir y con cuyo discurso se retroalimenta. Pero, en el fondo, nada más parecido a un nacionalismo que otro nacionalismo, aunque sea su enemigo. Comparten las creencias básicas: la nación (aunque no sea la misma y, por ello, o se impone una o se impone la otra), la soberanía, la unidad de destino, de cultura, de lengua. El nacionalismo catalán de JxCat y el nacionalismo español de Cs se necesitan y comparten más de lo que suponen. Incluyendo sus simpatías por el sionismo, en lo que coinciden con muchos otros nacionalismos.

El historiador británico Adrian Hastings (La construcción de las nacionalidades. Etnicidad, religión y nacionalismo, 2000) ya explicó que la teoría del nacionalismo se elabora en el Occidente cristiano tomando como ejemplo al pueblo israelita del Antiguo Testamento, "un modelo evolucionado de lo que significa ser una nación: una unidad de personas, idioma, religión, territorio y gobierno". El modelo de nación que ofrece la Biblia se difunde gracias a sus traducciones, ya que el cristianismo, careciendo de una lengua sagrada, vierte las Escrituras primero del hebreo y arameo al griego, luego al latín, y después, sobre todo tras la Reforma protestante, a todas las lenguas vernáculas. Cada nación -a quien Dios, como en el suceso de Pentecostés, habla en su propia lengua- se identifica a sí misma como el pueblo elegido e interpreta su pasado como una historia de salvación. Las iglesias estatales autocefálicas y el clero, depositario de la cultura y difusor de las traducciones de la Biblia, son factores decisivos en la Edad Moderna para la creación de las identidades colectivas que desembocarán en los diversos nacionalismos de los siglos XIX y XX.

Curiosamente, esas ideas nacionalistas inspiradas por el pueblo judío de la Antiguedad bíblica son recogidas también por la comunidad judía de fines del siglo XIX, una comunidad que presenta la particularidad de no estar asentada en un país determinado sino enormemente dispersa por todo el mundo y, por eso, una de sus principales preocupaciones será disponer de un territorio propio sobre el que edificar su nación soberana. No extraña que optara por la reconquista de la misma Tierra Prometida del Antiguo Testamento, Palestina... pasando por alto el pequeño detalle de que esa tierra había tenido durante siglos –además de una pequeña minoría judía- otros habitantes: los palestinos.

El sionismo tiene como fin último constituir una comunidad política ligada por lazos de sangre –los descendientes de las doce tribus de Israel-, religión y lengua, pura, exclusiva y excluyente, un "nosotros" que oponer a los "otros", los árabes, los gentiles, los extraños, los filisteos; un "nosotros" poseedor de la verdad y de la razón al ser el pueblo elegido. Un grupo humano que por haber sido víctima de innumerables abusos a lo largo de la historia hace del victimismo –derivar de su sufrimiento pasado supuestos derechos que esgrimir en contra del resto del mundo- una de sus armas preferidas, hasta el punto de poder convertirse también en verdugo y opresor sin el más mínimo remordimiento. El sionismo aprovechó la coyuntura favorable que se presenta al finalizar la IIª Guerra Mundial, los horrores del Holocausto y el deseo de los vencedores de deshacerse del problema de los refugiados judíos, para realizar su proyecto.

Algunos nacionalismos del siglo XXI ya no necesitan inspirarse en el pueblo judío de tiempos bíblicos; se inspiran en el nacionalismo sionista, un nacionalismo moderno y triunfante. Y que muestra la peor cara de los nacionalismos.

 Fotografía: AFP. Manifestación de palestinos en la frontera de Gaza, reprimida por las tropas israelíes.






jueves, 10 de mayo de 2018

Unamuno



No sé si es bueno que la historia sea objeto de titulares en la prensa. La historia, como ciencia, debe acercarnos al conocimiento de los hechos sucedidos en el pasado y ayudarnos a su interpretación. La prensa, en teoría, nos debe acercar al conocimiento de los hechos del presente, pero con frecuencia a lo que se dedica es a la propaganda política, en un sentido o en otro, o a fabricar titulares cuanto más escandalosos y llamativos, mejor, al margen de su ajuste a la realidad.

Digo esto por el debate que ha montado estos días el otrora prestigioso periódico El País a cuenta de los hechos protagonizados por Miguel de Unamuno el 12 de octubre de 1936, donde se enfrentó al general Millán Astray y que supuso su ruptura con el recién instaurado régimen franquista y su ostracismo. La polémica se inicia con un titular muy llamativo: “Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray”. Sergio Molina, un historiador salmantino, considera que los hechos de aquel día se han exagerado, que se trató de “un acto brutalmente banal, donde se dieron cuatro voces y se despidieron a la salida”. Otros historiadores consideran que, aunque no se conozcan las palabras exactas de los discursos pronunciados ese día y se hayan difundidos versiones muy literarias de ellos, el enfrentamiento existió y tuvo bastante calado, lo que da lugar a otro titular igualmente altisonante: “Miguel de Unamuno vence: el mito se mantiene en pie”.

Por lo que he visto, nadie cita lo que hoy llamamos Boletín Oficial del Estado, que en aquellos azarosos días tenía dos ediciones bien distintas, una impresa en Madrid  por el Gobierno de la República (Gaceta de Madrid) y la otra en Burgos por los sublevados (Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España). Creo que da algunas pistas sobre esta historia de cómo el republicano Miguel de Unamuno pasó de apoyar el alzamiento militar de julio de 1936 a enfrentarse a sus promotores y a ser proscrito de la vida oficial.

El 23 de agosto de 1936 se publica en la Gaceta de Madrid el cese de Unamuno como rector vitalicio de la Universidad de Salamanca. Se trasluce en la exposición de motivos del decreto el dolor de los gobernantes ante lo que interpretan como una traición a la República. El 4 de septiembre siguiente se publica en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España otro decreto en sentido opuesto, confirmando a Unamuno como rector. De su texto se deduce el alborozo de los sublevados por haber conseguido el apoyo de tan prestigioso intelectual. El 28 de octubre un nuevo decreto firmado por Franco le destituye definitivamente como rector. La ausencia de motivación expresa, mejor que cualquier texto, indica la afrenta que provocaron las palabras de Unamuno en el acto del 12 de octubre.




jueves, 3 de mayo de 2018

Desarrollo sostenible




El próximo 26 de mayo se disputará la final de la Liga de Campeones de la UEFA, más conocida como la Champions, entre el Liverpool y el Real Madrid. El partido se jugará en Kiev, capital de Ucrania, que está, a vuelo de pájaro, a más de 2.000 kilómetros de Liverpool y a casi 3.000 de Madrid. Quiere decir eso que más de 50.000 personas (el estadio tiene 63.000 localidades) viajarán varios miles de kilómetros para presenciar la final, lo que obviamente supondrá un gasto de energía en los medios de transporte que utilicen y un impacto en las emisiones de contaminantes a la atmósfera.

A uno se le ocurre que se ahorraría bastante en tiempo, dinero, energía y contaminantes si, en lugar de irse hasta Kiev, los dos equipos y las dos aficiones se dieran cita, bien en una de las dos ciudades cuyo equipo juega la final, bien por mor de disponer de campo neutral en una ciudad más o menos equidistante y a medio camino de los 1.500 kilómetros que hay entre esas dos ciudades. Qué sé yo, París, Nantes, Tours...

Este despilfarro se repite cada doce meses. El año pasado el Real Madrid y la Juventus se fueron a Cardiff, como si Toulouse no estuviera a medio camino de Turín y Madrid; hace dos años fue peor, Real Madrid y Atlético de Madrid, que como todo el mundo sabe residen en la misma ciudad, se fueron hasta Milán (hace cuatro años los mismos dos equipos viajaron sin ninguna necesidad hasta Lisboa). Y así siempre, y no quiero ni pensar cuántos acontecimientos similares a la Champions se celebran por todo el mundo.

Vale, ya sabemos que la Champions es un negocio, que la UEFA es una empresa que fabrica espectáculo y quiere ganar dinero y que tiene que contentar a los accionistas repartiendo el espectáculo y el dinero un año en un país, otro año en otro. Pero digo yo que las autoridades, tanto de la Unión Europea como de los países miembros de la UEFA, algo tendrían que decir ante esta prescindible peregrinación anual de miles de aficionados y el despilfarro de recursos económicos que supone. Ya sabemos que el mercado, dejado en libertad, no atiende a criterios de desarrollo sostenible sino de beneficio a corto plazo y si se hunde el mundo, que se hunda (a ello vamos de forma acelerada). Pero dada la matraca que nos dan nuestros gobernantes con lo de la sostenibilidad y la ecología, deberían tomar cartas en el asunto.

jueves, 26 de abril de 2018

Necesitamos jueces bizantinos

Confieso que no soy especialista en derecho penal, así que no me gusta opinar sobre esos casos que conmocionan a la opinión pública y en los que es difícil saber donde se hallan los límites de la justicia, la ley y la venganza. Todo el mundo clama justicia, pero unos suelen entender por tal la aplicación de la ley (no es lo mismo) y otros que se imponga el máximo castigo (que tampoco es lo mismo). Me resulta muy difícil decidir si en un caso de homicidio o asesinato, en el que obviamente nunca se hará justicia porque no se puede devolver la vida injustamente arrebatada ni eliminar el dolor que se ha causado a los familiares y amigos de la víctima, es más justo que el culpable esté quince, veinte o veinticinco años en la cárcel. Entiendo que quien esté afectado directamente por el delito pida cuanto más, mejor, pero dudo que eso sea siempre justicia. Entiendo que el condenado y sus familiares crean que cualquier condena es excesiva y, por ello, injusta y cruel.

Pero, en fin, llevado por la curiosidad hoy me he leído algunos artículos del Código Penal. Lo he hecho, claro, ante la Sentencia de la Audiencia Provincial de Navarra en el juicio a "la Manada". En este caso, tampoco sé si los nueve años que les han caído son justos y si serían más justos los veintitantos que pedían las acusaciones. Prefiero dejar en manos de los jueces una decisión tan difícil.

Pero lo que si me ha llamado la atención, y me ha alarmado mucho, es leer los artículos 178 y 181 del Código Penal. Llueve sobre mojado, porque hace poco también me he alarmado mucho con el artículo 573, el que permite castigar cualquier cosa como terrorismo (sí, fue a consecuencia del juicio de Alsasua que estos días se celebra en la Audiencia Nacional). A falta de justicia, uno se consuela pensando que al menos se aplica la ley. Pero cuando la ley resulta tan deficiente que abre el camino a la arbitrariedad, uno se teme lo peor, aplicar la ley puede no ser una torpe aproximación a la justicia sino entronizar directamente la injusticia.

Dice el art. 178 del CP: "El que atentare contra la libertad sexual de otra persona, utilizando violencia o intimidación, será castigado como responsable de agresión sexual con la pena de prisión de uno a cinco años". Clarito. Violencia o intimidación = agresión sexual.

Y dice el art. 181.1: "El que, sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento, realizare actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona, será castigado, como responsable de abuso sexual, con la pena de prisión de uno a tres años o multa de dieciocho a veinticuatro meses". También queda claro. Sin violencia o intimidación = abuso sexual. 

El art. 182.2 también nos deja claro cuándo hay abuso sexual, es decir, no hay consentimiento, pero tampoco violencia o intimidación: "A los efectos del apartado anterior, se consideran abusos sexuales no consentidos los que se ejecuten sobre personas que se hallen privadas de sentido o de cuyo trastorno mental se abusare, así como los que se cometan anulando la voluntad de la víctima mediante el uso de fármacos, drogas o cualquier otra sustancia natural o química idónea a tal efecto".

Pero entonces llegamos al art. 183.3 (sí, el que ha aplicado la Audiencia Provincial de Navarra): "La misma pena se impondrá cuando el consentimiento se obtenga prevaliéndose el responsable de una situación de superioridad manifiesta que coarte la libertad de la víctima". Es decir, que hay "consentimiento", pero logrado coartando la libertad de la víctima. A esto yo lo llamo ausencia de consentimiento, porque el consentimiento o es libre o no existe; o lo llamo un consentimiento aparente logrado con algún tipo de intimidación. Quizás esté equivocado, pero un consentimiento sin libertad es un consentimiento viciado que no puede tener efectos jurídicos, o así sucede en otras ramas del derecho.

En fin, quizás el Tribunal Supremo, que tiene la última palabra,  nos explique por dónde transcurre esa delgada línea que separa la intimidación a la víctima del consentimiento obtenido coartando la libertad de la víctima, y en qué lado de la línea y por qué hay que situar a "la Manada" y a su víctima. Pero me da que una cuestión así necesitaría de jueces bizantinos, con experiencia en diferencias tan sutiles que se nos escapan al común de los mortales.